Foto Lola Montalvo (C)
«Todavía recuerdo, como si hubiera
sido ayer, mi primer día de trabajo como enfermera.
Atrás
habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en
hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar trabajar
duro sin cobrar nada; irremediablemente atrás quedaron también las
interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad
docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los
profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y
letargo en las bibliotecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la
ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda… Todo eso había
pasado con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una
vocación que me escocía en la piel desde mi más tierna infancia.
Ya
han pasado casi veinte años y aún sigo sintiendo el miedo de la nueva
responsabilidad pellizcándome el estómago. Me veo acercarme al hospital aquella
primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo y apretar un botón de llamada
con dedo temblón. Sigo viéndome subir a mi planta por el ascensor de servicio
con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo cambiarme de ropa y
colocarme el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalando por mi
espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la
escasez de lavados. Aún sigo sintiendo ese deseo loco que me embargó, que me
poseyó aquella mañana de estar en otro sitio, en un lugar lejano y cálido
mientras trago saliva e intento hacer desaparecer esa bola que me atenaza la
garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesa
de retumbar en mi cerebro y que me explica con palabras nerviosas,
atropelladas, que me he equivocado de trabajo, que me he obcecado en una
vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera
o dependienta en una tienda –sin deseo de hacer de menos a estas ocupaciones,
por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me
llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de que esté lejos
de ese hospital que ha cometido la torpeza de contratarme. Me imagino que algo
así debe sentir el soldado a punto de entrar en combate o el reo condenado a
horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de
las orejas.
No
hay nada peor, creo yo, que acercarse con paso corto, en un intento vano de no
llegar jamás al control de enfermería, haciendo titánicos esfuerzos para no
caer de los fastidiosos zuecos que ya me han hecho una rozadura en el dedo
gordo. “¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mi madre!”
La
enfermera del turno anterior, el de noche, me recibe distante, desconfiada,
carpeta en ristre, apreciando en todo momento a quién tiene delante gracias a
la fría mirada de evaluación que me ha dirigido y a quien, a juzgar por el
rictus desagradable de su boca, no le produce ningún goce en los albores de la
mañana y tras algo más de diez horas de intenso trabajo tener como relevo de su
turno a una novata, que va a ocuparse de sus enfermos en las próximas siete
horas. El latido loco del corazón me restalla en los oídos y no me deja
entender bien qué es lo que me está contando esta mujer, que ¡por Dios, cómo
puede hablar tan rápido! Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre
profesional, recojo los datos, apunto los sueros, las fiebres que ha habido,
las muestras de sangre que debo tomar. El estruendoso carpetazo que da la
enfermera sobre la mesa me impide terminar mis notas y corta de sopetón el hilo
de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a escuchar
en cada cambio de turno:
—Si
tienes alguna duda, está todo escrito—. En la historia del paciente se suelen
registrar las incidencias y la evolución del paciente en los diferentes
momentos del día, para que lo entiendan los profanos; es un elemento básico de
consulta y seguimiento por parte de enfermería.
¡Y
tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo y qué letra! ¿Esto es cirílico o
cantonés? Las horas más horrorosas de mi corta existencia pasaban lentas y
espesas, como babosas, y me pesaban como bloques de granito. Los sueros se me
retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de
donde debían estar... El espanto me atenazaba la respiración y creo que ninguna
bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones en esas
espantosas siete horas. Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los
familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas
peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.
Creo
que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: “¡Me he
equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra,
este trabajo se va a la porra!”. Gracias a la ayuda de los demás enfermeros, que
trabajaban aquella dichosa mañana en los otros controles de enfermería de la
planta, pude terminar el trabajo con cierta normalidad y sin que pasara nada
irremediable. La auxiliar de clínica que empezó ese día conmigo era tan novata
como yo y poco apoyo moral me pudo proporcionar en las miles de miradas de
desesperación que cruzamos a lo largo del pasillo en esas interminables horas.
Y esto los pacientes lo notan, ¡vaya que lo notan! Deben sentirse como
pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas.
Ella no pudo ayudarme a mí y yo no pude hacer nada por ella. Cuando nos
cruzábamos por el pasillo, los rostros arrebolados por la histeria y el
sofocante calor, los ojos desorbitados por la ansiedad, nos lanzábamos miradas
de mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está
pasando fatal!
Estuve
a punto de llorar más de un millón de veces, sobre todo por las múltiples
regañinas que algunos médicos, crueles ante la desgracia ajena, me dedicaron
tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéuticas. Pero ¿cómo
no me voy a retrasar, si aún no he tomado las constantes ni he puesto la
medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis
pacientes...?
—Pues
prioriza, nena, prioriza—. Se me decía con sorna. Y no pude priorizar porque
todo lo que me restaba por hacer era priorizable. ¡Qué sufrimiento,
madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi
formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero. “¡Claro,
mujer, claro; en las prácticas siempre tenías detrás a la enfermera que te
sacaba la mayor parte del trabajo sin que tú te dieras apenas cuenta!” Pero
cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma la cosa
cambia rabiosamente de color y el mío aquél espantoso día no salió de la gama
de los grises y negros.
Cuando
por fin llegué a mi casa más allá de las cuatro y media “mañana no vuelvo, ¡por
mis mulas!”, dolorida en cuerpo y alma, con los pies hinchados y ulcerados, con
el amor propio bajo tierra, y con la resolución firme de no volver a ese
hospital, me acosté. Me dormí inmediatamente anestesiada por el cansancio y la
fatiga moral. Fueron más de trece horas de volver a vivir lo vivido en el fluir
constante de mis pesadillas, con trazas apocalípticas, en desastres sin
solución.
El
despertador inteligente, que era mi madre, me sacó de esa cámara de tortura que
eran mis sueños a las siete en punto. Me levanté, me duché y vestí. No sé cómo
llegué al mismo sitio y a la misma hora que el día anterior. Volví a sentarme
ante la curtida enfermera que me había recibido el día anterior. Parecía
sorprendida de verme otra vez y entera. Su mirada me aseguraba que no creía que
fuera capaz de repetir la experiencia pasada. Con un suspiro de hastío volvió a
relatarme a la velocidad de la luz lo acontecido en el turno de noche. Yo,
tozuda, aguanté el tirón. Un carpetazo sobre la mesa y la frase:
—Está
todo escrito—. Bíblica expresión que en ella era toda una realidad dada la
profusión de su narrativa, que se extendía sin fin en las Hojas de
Incidencias de los pacientes y que podría ser hasta bella si se pudiera
entender la letra, por supuesto.
Ese
día llegó a su fin casi como el anterior. Digo casi porque el andar un
camino ya conocido era una fantástica ayuda. Los pacientes me saludaban por mi
nombre, los médicos me hablaban de órdenes y tratamientos ya vistos. Caminaba,
en definitiva, por una vereda ya abierta y supe en todo momento cuándo debía
pedir ayuda y a quién. Y el día siguiente fue algo mejor, y el siguiente, y el
otro. Hasta que una mañana, no puedo decir cuándo, una semana, dos, un mes más
tarde, conocía al dedillo a mis casi treinta pacientes; los informes, las
historias de enfermería, los volantes de peticiones llevaban mis anotaciones,
se me saludaba y llamaba por mi nombre, realizaba los trabajos y tareas con
cierta seguridad y a la hora estipulada, estaba ya preparada para realizar
determinadas gestiones por teléfono.
Ese
día llegó y disfruté de mi trabajo y supe que no, que no me había equivocado,
que mi vocación era cierta y que el trabajo de enfermera era lo que yo esperaba
que fuera. Pero hasta entonces, hasta que sin darme apenas cuenta de ello llegó
el momento en que no me producía una angustia terrorífica llegar a mi planta o
ponerme el uniforme, en todas y cada una de las jornadas que pasé, en cada una
de las horas que laboré, me juré a mi misma que de ese día no pasaba y al
siguiente no volvía.
Han
pasado un montón de años y hoy lo recuerdo con cariño, porque queda lejos,
claro. Estoy segura de que todos aquellos profesionales que han pasado por esta
inquietante experiencia saben lo que supone. El primer día suele ser nefasto y
difícil. Cuando regresas al día siguiente lo haces con el temor de que haya
pasado algo terrible, de que hayas cometido algún error fatídico y ese temor lo
mantuve durante semanas hasta que la costumbre y la práctica fueron dándome
seguridad y tranquilidad en lo que hacía. Esta tensión inicial es algo que
sucederá en todos los trabajos y ocupaciones, supongo Lo que mi profesión tiene
de distinto, como todas las de ámbito sanitario, es que el objeto de nuestra
labor lo conforman personas, no cosas u objetos y aterroriza hacer algo mal o
que algún paciente resulte dañado por nuestra impericia. Todos mis compañeros
de mi actual destino reconocen sin rubor que sufrieron algo parecido, que los
primeros días lo pasaron tan mal que en algún momento se plantearon abandonar y
dedicarse a otra cosa. Eso demuestra que yo no soy muy diferente de otros
profesionales. Porque, en este trabajo, el que no tiene cierto temor a las
meteduras de pata, a hacer daño a los demás, puede ser un inconsciente y
alguien potencialmente peligroso.»
Fragmento de mi novela «A AMBOS LADOS» (2008)
Este año cumplo 24 años como enfermera, aunque mis años como auxiliar y como técnico de laboratorio me hacen sumar unos cuanto más... Desde los 14 estoy metida en hospitales, residencias y centros de salud. ¡¡Toda una vida, sí, y no me veo siendo otra cosa, no entiendo mi vida dedicándome a otra profesión!!
Cuando escribí la novela de la que he tomado el fragmento de inicio, me dije a mí misma que no debía inventarme un personaje ficticio, que debía tomar mi propia experiencia para que lo que iba a contar fuera creíble. Y así lo hice... por lo que este fragmento narra ni más ni menos que mi propia experiencia ese primer día de trabajo como enfermera, un caluroso día de julio de 1989.
Un día tuve que recordarlo... porque cuestioné mi vocación
Hoy me veo en la necesidad de volverlo a leer para sentir en mi piel, en mi corazón, en todo mi ser, que esta no es una profesión como cualquier otra.
Veo a mis antiguos compañeros del Clínico, del Virgen de la Torre, del 12 de Octubre lanzarse a la calle reivindicando la necesidad de una sanidad de gestión pública, que permita que nuestro sistema de salud siga siendo uno de los mejores del mundo. Porque nuestro sistema de salud es de los mejores del mundo por los profesionales que trabajan en él, por sus equipos de salud formados por celadores, auxiliares de enfermería, técnicos, farmacéuticos, enfermos, médicos, matronas...
Este año cumplo 24 años como enfermera. Y he tenido que ver cómo nuestra sanidad y sus profesionales deben lanzarse a la calle para defender lo que hacen... Mi corazón sale con ellos y se abandera con ellos.
24 años no son nada. Han pasado volando y cada día me siento más enfermera, no me entiendo siendo otra cosa, no deseo hacer otra cosa... sobre todo en estos días en lo que tengo que ver que la sanidad pública está enferma, que algunos quieren matarla y prostituirla para que otros saquen provecho de ella. En 24 años he tenido que ver cómo llegamos a la cumbre del trabajo bien hecho (con muchos fallos mejorables, cierto, pero fácilmente mejorables antes que llegar a privatizar), tocamos un imaginario techo y regresamos a tiempos pretéritos, a unos bajos fondos imaginarios en los que la beneficencia copaba gran parte de la asistencia, no había suficientes recursos para todos, los servicios de salud estaban masificados y sólo los ciudadanos con medios económicos holgados disfrutaban de una asistencia de cierta calidad y eficacia.
Nunca pensé que en 24 años íbamos a retroceder en un derecho fundamental y básico como es el cuidado de la salud y una sanidad pública para todos.
Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...
7 comentarios:
Pues menos mal que no abandonaste porque estoy segura que la sanidad hubiese perdido una gran enfermera.
Lola he leído tu relato y he sentido angustia, la misma que tuve en mi primer día de trabajo. Cómo te entiendo... aunque claro, de mi trabajo no dependía la salud y vida de una persona. Qué presión!
Besos y Cuídate tú también
BEA: ¿sabes? intenté hacerme bibliotecaria y comencé a escribir precisamente por mi crisis vocacional... Cada paso en la vida tiene un sentido, por lo menos en mi caso.
Muchas gracias por estar siempre ahí, conmigo!!!
Besos miles
...pues yo recuerdo mi primer día de trabajo ...y si lo hubiera sabido me cambio ya! no tuve el valor para hacerlo y ahora, a ver quien deja un trabajo Lola . No sabes cuanto envidio a aquellos que tienen una vocación y siguen con empeño ese trabajo que tanto les gusta.
De todas formas, creo que los compañeros de ese primer día, podrían tener más vista con las novatas ...seguro que cuando vienen "nuevas" y tú eres la veterana les esperas con mejor mirada.
Besos Lola !!!
Cuando se es responsable jamás se deja de sentir el bocado en las entrañas. Hay que cuestionarse el día que se deja de sentir.
Precioso relato que invita a leer la novela completa.
Un beso y felicidades por los 24 años de profesionalidad.
TOMAE: te pido perdón... el sistema me joroba una vez y otra y me envía algunos comentarios al spam, y aparecen publicados. Ya me ha sucedido varias veces y he preguntado cual es la razón de este fallo. Me dicen que revise los comentarios uno a uno y las carpetas spam más a a menudo. Te pido disculpas...
sí que es cierto, me trataron regular en algunos sitios, pero lo cierto es que la mayor parte de los compañeros fueron buena gente. Y ¿sabes? me marcó tanto esta experiencia que cierto, trato bastante bien a los que me llegan nuevos, porque nadie tiene la culpa -si se le puede llamar así- de su primer día en un sitio nuevo.
Besos miles, Tomae, amigo y de nuevo reitero mi solicitud de perdones.
MIARMA: Te digo lo mismo que a TOMAE y te pido perdón con el corazón y en parte avergonzada. No fue culpa mía pero aún así me da coraje que se me pasen estas cosillas. Me esforzaré para que no vuelva a suceder.
«El bocao en las entrañas» qué bien definido... ese pellizco no pasa en varios días y sí, estoy de acuerdo contigo en que es la responsabilidad la que lo provoca. Trabajamos con personas no sólo con sus cuerpos, si no con su esencia y eso es una enorme responsabilidad que no tiene precio.
Besos miles, Rafael y un fuerte abrazo
Que amor el que le tienes a tan grandiosa vocación, admirable.
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