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martes, 15 de enero de 2013

Memoria de mi enfermera XLIII: «24 años no son nada...»

Foto Lola Montalvo (C)

«Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, mi primer día de trabajo como enfermera.
      Atrás habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar trabajar duro sin cobrar nada; irremediablemente atrás quedaron también las interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y letargo en las bibliotecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda… Todo eso había pasado con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una vocación que me escocía en la piel desde mi más tierna infancia.
      Ya han pasado casi veinte años y aún sigo sintiendo el miedo de la nueva responsabilidad pellizcándome el estómago. Me veo acercarme al hospital aquella primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo y apretar un botón de llamada con dedo temblón. Sigo viéndome subir a mi planta por el ascensor de servicio con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo cambiarme de ropa y colocarme el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalando por mi espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la escasez de lavados. Aún sigo sintiendo ese deseo loco que me embargó, que me poseyó aquella mañana de estar en otro sitio, en un lugar lejano y cálido mientras trago saliva e intento hacer desaparecer esa bola que me atenaza la garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesa de retumbar en mi cerebro y que me explica con palabras nerviosas, atropelladas, que me he equivocado de trabajo, que me he obcecado en una vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera o dependienta en una tienda –sin deseo de hacer de menos a estas ocupaciones, por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de que esté lejos de ese hospital que ha cometido la torpeza de contratarme. Me imagino que algo así debe sentir el soldado a punto de entrar en combate o el reo condenado a horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de las orejas.
      No hay nada peor, creo yo, que acercarse con paso corto, en un intento vano de no llegar jamás al control de enfermería, haciendo titánicos esfuerzos para no caer de los fastidiosos zuecos que ya me han hecho una rozadura en el dedo gordo. “¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mi madre!”
      La enfermera del turno anterior, el de noche, me recibe distante, desconfiada, carpeta en ristre, apreciando en todo momento a quién tiene delante gracias a la fría mirada de evaluación que me ha dirigido y a quien, a juzgar por el rictus desagradable de su boca, no le produce ningún goce en los albores de la mañana y tras algo más de diez horas de intenso trabajo tener como relevo de su turno a una novata, que va a ocuparse de sus enfermos en las próximas siete horas. El latido loco del corazón me restalla en los oídos y no me deja entender bien qué es lo que me está contando esta mujer, que ¡por Dios, cómo puede hablar tan rápido! Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre profesional, recojo los datos, apunto los sueros, las fiebres que ha habido, las muestras de sangre que debo tomar. El estruendoso carpetazo que da la enfermera sobre la mesa me impide terminar mis notas y corta de sopetón el hilo de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a escuchar en cada cambio de turno:
      —Si tienes alguna duda, está todo escrito—. En la historia del paciente se suelen registrar las incidencias y la evolución del paciente en los diferentes momentos del día, para que lo entiendan los profanos; es un elemento básico de consulta y seguimiento por parte de enfermería.
      ¡Y tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo y qué letra! ¿Esto es cirílico o cantonés? Las horas más horrorosas de mi corta existencia pasaban lentas y espesas, como babosas, y me pesaban como bloques de granito. Los sueros se me retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de donde debían estar... El espanto me atenazaba la respiración y creo que ninguna bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones en esas espantosas siete horas. Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.
      Creo que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: “¡Me he equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra, este trabajo se va a la porra!”. Gracias a la ayuda de los demás enfermeros, que trabajaban aquella dichosa mañana en los otros controles de enfermería de la planta, pude terminar el trabajo con cierta normalidad y sin que pasara nada irremediable. La auxiliar de clínica que empezó ese día conmigo era tan novata como yo y poco apoyo moral me pudo proporcionar en las miles de miradas de desesperación que cruzamos a lo largo del pasillo en esas interminables horas. Y esto los pacientes lo notan, ¡vaya que lo notan! Deben sentirse como pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas. Ella no pudo ayudarme a mí y yo no pude hacer nada por ella. Cuando nos cruzábamos por el pasillo, los rostros arrebolados por la histeria y el sofocante calor, los ojos desorbitados por la ansiedad, nos lanzábamos miradas de mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está pasando fatal!
      Estuve a punto de llorar más de un millón de veces, sobre todo por las múltiples regañinas que algunos médicos, crueles ante la desgracia ajena, me dedicaron tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéuticas. Pero ¿cómo no me voy a retrasar, si aún no he tomado las constantes ni he puesto la medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis pacientes...?
      —Pues prioriza, nena, prioriza—. Se me decía con sorna. Y no pude priorizar porque todo lo que me restaba por hacer era priorizable. ¡Qué sufrimiento, madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero. “¡Claro, mujer, claro; en las prácticas siempre tenías detrás a la enfermera que te sacaba la mayor parte del trabajo sin que tú te dieras apenas cuenta!” Pero cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma la cosa cambia rabiosamente de color y el mío aquél espantoso día no salió de la gama de los grises y negros.
      Cuando por fin llegué a mi casa más allá de las cuatro y media “mañana no vuelvo, ¡por mis mulas!”, dolorida en cuerpo y alma, con los pies hinchados y ulcerados, con el amor propio bajo tierra, y con la resolución firme de no volver a ese hospital, me acosté. Me dormí inmediatamente anestesiada por el cansancio y la fatiga moral. Fueron más de trece horas de volver a vivir lo vivido en el fluir constante de mis pesadillas, con trazas apocalípticas, en desastres sin solución.
      El despertador inteligente, que era mi madre, me sacó de esa cámara de tortura que eran mis sueños a las siete en punto. Me levanté, me duché y vestí. No sé cómo llegué al mismo sitio y a la misma hora que el día anterior. Volví a sentarme ante la curtida enfermera que me había recibido el día anterior. Parecía sorprendida de verme otra vez y entera. Su mirada me aseguraba que no creía que fuera capaz de repetir la experiencia pasada. Con un suspiro de hastío volvió a relatarme a la velocidad de la luz lo acontecido en el turno de noche. Yo, tozuda, aguanté el tirón. Un carpetazo sobre la mesa y la frase:
      —Está todo escrito—. Bíblica expresión que en ella era toda una realidad dada la profusión de su narrativa, que se extendía sin fin en las Hojas de Incidencias de los pacientes y que podría ser hasta bella si se pudiera entender la letra, por supuesto.
      Ese día llegó a su fin casi como el anterior. Digo casi porque el andar un camino ya conocido era una fantástica ayuda. Los pacientes me saludaban por mi nombre, los médicos me hablaban de órdenes y tratamientos ya vistos. Caminaba, en definitiva, por una vereda ya abierta y supe en todo momento cuándo debía pedir ayuda y a quién. Y el día siguiente fue algo mejor, y el siguiente, y el otro. Hasta que una mañana, no puedo decir cuándo, una semana, dos, un mes más tarde, conocía al dedillo a mis casi treinta pacientes; los informes, las historias de enfermería, los volantes de peticiones llevaban mis anotaciones, se me saludaba y llamaba por mi nombre, realizaba los trabajos y tareas con cierta seguridad y a la hora estipulada, estaba ya preparada para realizar determinadas gestiones por teléfono.
      Ese día llegó y disfruté de mi trabajo y supe que no, que no me había equivocado, que mi vocación era cierta y que el trabajo de enfermera era lo que yo esperaba que fuera. Pero hasta entonces, hasta que sin darme apenas cuenta de ello llegó el momento en que no me producía una angustia terrorífica llegar a mi planta o ponerme el uniforme, en todas y cada una de las jornadas que pasé, en cada una de las horas que laboré, me juré a mi misma que de ese día no pasaba y al siguiente no volvía.
      Han pasado un montón de años y hoy lo recuerdo con cariño, porque queda lejos, claro. Estoy segura de que todos aquellos profesionales que han pasado por esta inquietante experiencia saben lo que supone. El primer día suele ser nefasto y difícil. Cuando regresas al día siguiente lo haces con el temor de que haya pasado algo terrible, de que hayas cometido algún error fatídico y ese temor lo mantuve durante semanas hasta que la costumbre y la práctica fueron dándome seguridad y tranquilidad en lo que hacía. Esta tensión inicial es algo que sucederá en todos los trabajos y ocupaciones, supongo Lo que mi profesión tiene de distinto, como todas las de ámbito sanitario, es que el objeto de nuestra labor lo conforman personas, no cosas u objetos y aterroriza hacer algo mal o que algún paciente resulte dañado por nuestra impericia. Todos mis compañeros de mi actual destino reconocen sin rubor que sufrieron algo parecido, que los primeros días lo pasaron tan mal que en algún momento se plantearon abandonar y dedicarse a otra cosa. Eso demuestra que yo no soy muy diferente de otros profesionales. Porque, en este trabajo, el que no tiene cierto temor a las meteduras de pata, a hacer daño a los demás, puede ser un inconsciente y alguien potencialmente peligroso.»
Fragmento de mi novela «A AMBOS LADOS» (2008)

Este año cumplo 24 años como enfermera, aunque mis años como auxiliar y como técnico de laboratorio me hacen sumar unos cuanto más... Desde los 14 estoy metida en hospitales, residencias y centros de salud. ¡¡Toda una vida, sí, y no me veo siendo otra cosa, no entiendo mi vida dedicándome a otra profesión!! 
      Cuando escribí la novela de la que he tomado el fragmento de inicio, me dije a mí misma que no debía inventarme un personaje ficticio, que debía tomar mi propia experiencia para que lo que iba a contar fuera creíble. Y así lo hice... por lo que este fragmento narra ni más ni menos que mi propia experiencia ese primer día de trabajo como enfermera, un caluroso día de julio de 1989.
       Un día tuve que recordarlo... porque cuestioné mi vocación 
      Hoy me veo en la necesidad de volverlo a leer para sentir en mi piel, en mi corazón, en todo mi ser, que esta no es una profesión como cualquier otra. 
      Veo a mis antiguos compañeros del Clínico, del Virgen de la Torre, del 12 de Octubre lanzarse a la calle reivindicando la necesidad de una sanidad de gestión pública, que permita que nuestro sistema de salud siga siendo uno de los mejores del mundo. Porque nuestro sistema de salud es de los mejores del mundo por los profesionales que trabajan en él, por sus equipos de salud formados por celadores, auxiliares de enfermería, técnicos, farmacéuticos, enfermos, médicos, matronas... 
     Este año cumplo 24 años como enfermera. Y he tenido que ver cómo nuestra sanidad y sus profesionales deben lanzarse a la calle para defender lo que hacen... Mi corazón sale con ellos y se abandera con ellos.
      24 años no son nada. Han pasado volando y cada día me siento más enfermera, no me entiendo siendo otra cosa, no deseo hacer otra cosa... sobre todo en estos días en lo que tengo que ver que la sanidad pública está enferma, que algunos quieren matarla y prostituirla para que otros saquen provecho de ella. En 24 años he tenido que ver cómo llegamos a la cumbre del trabajo bien hecho (con muchos fallos mejorables, cierto, pero fácilmente mejorables antes que llegar a privatizar), tocamos un imaginario techo y regresamos a tiempos pretéritos, a unos bajos fondos imaginarios en los que la beneficencia copaba gran parte de la asistencia, no había suficientes recursos para todos, los servicios de salud estaban masificados y sólo los ciudadanos con medios económicos holgados disfrutaban de una asistencia de cierta calidad y eficacia.
      Nunca pensé que en 24 años íbamos a retroceder en un derecho fundamental y básico como es el cuidado de la salud y una sanidad pública para todos.

      Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...

12 comentarios:

CreatiBea dijo...

Pues menos mal que no abandonaste porque estoy segura que la sanidad hubiese perdido una gran enfermera.
Lola he leído tu relato y he sentido angustia, la misma que tuve en mi primer día de trabajo. Cómo te entiendo... aunque claro, de mi trabajo no dependía la salud y vida de una persona. Qué presión!

Besos y Cuídate tú también

Lola Montalvo dijo...

BEA: ¿sabes? intenté hacerme bibliotecaria y comencé a escribir precisamente por mi crisis vocacional... Cada paso en la vida tiene un sentido, por lo menos en mi caso.
Muchas gracias por estar siempre ahí, conmigo!!!
Besos miles

tomae dijo...

...pues yo recuerdo mi primer día de trabajo ...y si lo hubiera sabido me cambio ya! no tuve el valor para hacerlo y ahora, a ver quien deja un trabajo Lola . No sabes cuanto envidio a aquellos que tienen una vocación y siguen con empeño ese trabajo que tanto les gusta.

De todas formas, creo que los compañeros de ese primer día, podrían tener más vista con las novatas ...seguro que cuando vienen "nuevas" y tú eres la veterana les esperas con mejor mirada.

Besos Lola !!!

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Cuando se es responsable jamás se deja de sentir el bocado en las entrañas. Hay que cuestionarse el día que se deja de sentir.
Precioso relato que invita a leer la novela completa.
Un beso y felicidades por los 24 años de profesionalidad.

Lola Montalvo dijo...

TOMAE: te pido perdón... el sistema me joroba una vez y otra y me envía algunos comentarios al spam, y aparecen publicados. Ya me ha sucedido varias veces y he preguntado cual es la razón de este fallo. Me dicen que revise los comentarios uno a uno y las carpetas spam más a a menudo. Te pido disculpas...
sí que es cierto, me trataron regular en algunos sitios, pero lo cierto es que la mayor parte de los compañeros fueron buena gente. Y ¿sabes? me marcó tanto esta experiencia que cierto, trato bastante bien a los que me llegan nuevos, porque nadie tiene la culpa -si se le puede llamar así- de su primer día en un sitio nuevo.
Besos miles, Tomae, amigo y de nuevo reitero mi solicitud de perdones.

Lola Montalvo dijo...

MIARMA: Te digo lo mismo que a TOMAE y te pido perdón con el corazón y en parte avergonzada. No fue culpa mía pero aún así me da coraje que se me pasen estas cosillas. Me esforzaré para que no vuelva a suceder.
«El bocao en las entrañas» qué bien definido... ese pellizco no pasa en varios días y sí, estoy de acuerdo contigo en que es la responsabilidad la que lo provoca. Trabajamos con personas no sólo con sus cuerpos, si no con su esencia y eso es una enorme responsabilidad que no tiene precio.
Besos miles, Rafael y un fuerte abrazo

Implantes Dentales dijo...

Que amor el que le tienes a tan grandiosa vocación, admirable.

Anónimo dijo...

No he podido dejar de leerlo em ningun momento, es buenisimo.. erea buenisima.

jesus lira dijo...

Muchas gracias por contarnos tu grandiosa experiencia ; mañana inicio mi primer dia como enfermero y me siento con los mismos temores pero el saber todo lo que pasaste me da fuerza para enfrentarme mañana a lo que va a ser una carrera de por vida gracias!!!!

jesus lira dijo...

Gracias por contarnos tu experiencia; mañana es mi primer dia de enfermero y me muero de miedo, temor, angustia y miles de sentimientos mas, pero el leer todo lo que tuviste que pasar me alienta para seguir adelante en esta carrera que es de por vida gracias!!!!

jesus lira dijo...

Gracias por contarnos tu experiencia; mañana es mi primer dia de enfermero y me muero de miedo, temor, angustia y miles de sentimientos mas, pero el leer todo lo que tuviste que pasar me alienta para seguir adelante en esta carrera que es de por vida gracias!!!!

jesus lira dijo...

Muchas gracias por contarnos tu grandiosa experiencia ; mañana inicio mi primer dia como enfermero y me siento con los mismos temores pero el saber todo lo que pasaste me da fuerza para enfrentarme mañana a lo que va a ser una carrera de por vida gracias!!!!

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