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jueves, 13 de enero de 2011

Memoria de mi enfermera XXIV: "¡A mí no!"

Llevo una semana malo. La garganta me duele horrores y casi no puedo tragar. Tengo mucha fiebre y me duele todo el cuerpo.
El médico me ha mirado la garganta con un palo de esos que se te pegan a la lengua y te la dejan rasposa y me ha examinado con un linterna. Dice que tengo una cosa que ha llamado "placas". No es por nada, pero sólo el nombre ya da asco... Se ha lanzado el buen hombre como una exhalación al ordenador y ha tecleado sin mirarme apenas, ni a mí ni a mi madre. Eso sí: no ha dejado de hablar ni un momento. Y me ha dado la sentencia.
Inyecciones... y nada más y nada menos que cinco.
Del susto me ha bajado la fiebre de golpe. Mi madre ha dicho que para qué íbamos a esperar más y, en un periquete se ha plantado en la farmacia para comprarlas. Según le tendía la receta a la farmacéutica, he rezado en silencio rogando al Niño Jesús para que, ojalá, se les hubieran agotado. Pero no he tenido tanta suerte. No.
En cinco minutos estábamos de vuelta en el centro de salud... y con tan mala suerte que, en ese momento, el enfermero estaba libre. Y es un tipo enorme, un gigante de hombros fornidos y patillas de villano.
¡No tengo escapatoria!
No, si mi sentencia no se suspende por nada de este mundo.
Mi madre me pone una mano en el hombro, procurando infundirme unos ánimos que jamás me darán el valor suficiente para afrontar el dolor que sé que no tardará en hacerse realidad. Me baja un poquito el pantalón y me tumba en sus rodillas boca abajo, según le indica el enfermero, al que veo ya armado con una jeringa de proporciones descomunales y una aguja que me provoca un escalofrío instantáneo. ¡Estoy aterrado y mis lágrimas ya corren sin control por mi rostro!
Decido, en un último y alocado impulso, debatirme con todas mis fuerzas, por lo que comienzo a agitar las piernas, pero el enfermero, avezado y curtido en mil batallas, sujeta con las suyas mis enclenques piernas que quedan aprisionadas por sus músculos de acero. Grito y me desgañito con tanta fuerza que las palabras de consuelo que me lanza mi madre con voz trémula y apurada -yo creo que culpables- quedan enmudecidas casi como si nunca se hubieran pronunciado. El enfermero no duda, ni su mano tiembla. Al instante noto la aguja clavarse en mi cuerpo, en mi culete y un dolor intenso hace que mi cuerpo se ponga tenso como una cuerda de violín...
He sido vencido.
El enfermero saca la aguja y me pone un algodón. Mi madre me coloca la ropa, me coge en brazos y me acuna en su regazo... me siento traicionado por haberme entregado a las garras de ese enfermero, pero sus cálidos besos consuelan un poquito mi dolor y mi derrota.
Esta ha sido la primera de cinco...
Me pongo en pie y camino un poquito, cojeando. Mi madre se detiene, me murmura unas palabras de consuelo teñidas de una más que evidente culpabilidad y me coge en brazos.
Ojalá uno tuviera cinco años toda la vida. El consuelo es fácil cuando mamá te abraza y te mima de esa forma...

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Bueno, algo distendido después de tanto tema serio. Basado en hechos reales...
Y, por ahora, nada más.
Safe Creative #1101138254477

8 comentarios:

Susana Terrados dijo...

Es verdad querida Lola, esos recuerdos de infancia que entonces llegaban a ser terroríficos ahora son entrañables.
Gracias por tu entrada, es preciosa.
Besos.

CreatiBea dijo...

Yo me escondía cada vez que venía la enfermera a casa para ponerme las inyecciones de bencetacil... ¡Cómo dolían! y así estuve casi un año.... ufff que malos recuerdos. Aun tengo la señal de una de ellas en mi trasero.

Besotes

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Es que antes te pinchaban por todo, Lola, al menos eso me parece recordar.
Mi niñez, sin ser un niño enfermo, la recuerdo con tres precticantes, que es como se les llamaba y como ellos mismos se denominaban.
Estaba D. Manuel que vivía en la calle Huelva pero iba por los domicilios. Otro era un hombre joven que también iba por las casas y no recuerdo su nombre, aunque conocido en Sevilla pues su padre tenía una barbería en la calle General Polavieja que frecuentaban toreros y artistas y el tercero era el hoy famoso modisto Toni Benítez, que tenía la consulta en la calle Lagar.
como verás hoy has evocado muchos recuerdos de mi niñez en un momento.
Gracias por ello, saludos.

Raúl Peñaloza dijo...

¡Quiero a mi mamaaaaa!!!

Lola Montalvo dijo...

SUSANA: fíjate si me acuerdo... cuando yo era peque estaba malita y me pusieron decenas de inyecciones hasta que me operaron de anginas. Con 6 años iba yo solita a pincharme... el practicante estaba a seis portales más abajo de mi casa. Mi madre me daba un duro por portarme bien. Hice una pequeña fortuna... Besos miles.

BEA: Bea, Benzetacil, eso mismo me ponían a mí y te dejaba coja para un mes. jajaja Besos miles, Bea.

Lola Montalvo dijo...

MIARMA: Es cierto: antes pinchaban por todo, pero lo cierto es que antes no existían tantos fármacos como hoy que se pueden administrar por vía ora.. Lo que cuentas de los preticantes de "casa"... mi abuelo era uno de ellos y mi tía Juanita, otra... ¡p'abernos matao! Besos miles, Rafael.

RAÚL: la verdad es que mamá siempre está ahí... Besos miles, Raúl.

ana dijo...

Con una punzada de angustia... me has regresado a la calidez de la infancia. Las inyecciones eran así, temor, angustia y consuelo.

Un abrazo.

Lola Montalvo dijo...

ANA: ... y también he recordado los cientos de culetes que he pinchado yo y cómo muchos se debatieron con valentía intentando evitar lo inevitable. Me alegra haber sido capaz de transmitir eso que muchos hemos vivido. Besos miles, Ana

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