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jueves, 18 de marzo de 2010

Memoria de mi enfermera VI: "Muerte digna"

Marina cierra los ojos. El dolor está más o menos controlado con la medicación, pero siempre queda un run run de fondo que le avisa que sólo se trata de una tregua, que el monstruo está agazapado esperando para atacar y llevarla al infierno, al infierno que supone un dolor que ninguna escala puede reflejar.
Toma aire procurando controlar la respiración, tal como le enseñó la enfermera de hospitalización a domicilio, frunciendo los labios y procurando no dejarse llevar por el pánico. Ella controla, aún controla.
El cáncer que le diagnosticaron meses atrás había ganado todo su cuerpo. De su ubicación inicial ya casi nada quedaba, dado que le habían extirpado todo dejando en su lugar un vacío y una rosada cicatriz en la que, hasta entonces, había sido su nacarada e impoluta piel. Pero la cirugía no sirvió de nada. Sólo se había tratado de la primera plaza a batir, aquélla que permitió a las células malignas extenderse al resto de su organismo y vencerlo a sangre y fuego. Ahora, con treinta kilos menos, con la carne consumida sobre sus cansados huesos y la piel ajada por las incisiones, por las agujas, por tan intenso padecer, sabía que moriría pronto. Tras la rabia inicial por tan nefasto diagnóstico, tras la incredulidad, tras la búsqueda de una terapia milagrosa donde fuera, tras las oraciones a un Dios que siempre pensó que la había abandonado, sólo le quedaba la resignación y la espera. La espera de lo inevitable, eso que, más que algo espantoso, a esas alturas se había convertido en una oportunidad de liberación. Con su muerte dejaría de sufrir ella y dejarían de sufrir sus hijos.
Marina toma aire nuevamente. Cierto alivio le indica que el monstruo vuelve a su cueva y que la va a dejar tranquila un ratito más. Gira la cabeza, un gran esfuerzo que ahora requiere toda su energía, y mira hacia el trozo de cielo azul que puede disfrutar a través de su ventana. «Este será el último trozo de cielo que veré antes de morir» Cierra nuevamente los ojos y sonríe, una tenue línea dibujada en el que un día fue un bello rostro, bello por estar lleno de vida y esperanza.
Se duerme... y sueña que deja de respirar, que sus hijos, asustados una vez más, llaman al servicio de Urgencias y que un médico demasiado cauteloso decide enviarla, una vez más, al hospital. Entonces el sueño toma los velos de una pesadilla. Lloraría su tuviera suficientes fuerzas para ello.
Marina abre los ojos y entiende que no ha sido un sueño... que otra vez está en el hospital, enganchada a sueros, a sondas, con una mascarilla de oxígeno que pretende preservar una vida que hace meses que ya no está anclada en su cuerpo.
Una voz habla cerca de ella. Si tuviera fuerzas giraría la cabeza para ver de quién se trata, pero esa voz toma la iniciativa y una cara se pone cerca de ella. Marina ve a un hombre joven de gesto amable y simpático. Lo ve en sus ojos.
«Sé que está sufriendo mucho, Marina -le dice la voz. Es un médico, sí, ahora puede ver el fondendo, la bata, los bolis apelotonados en el bolsillo superior de su bata-. Su enfermedad está muy avanzada, Marina, su cuerpo no aguanta mucho más. Si usted me da su consentimiento podemos darle medicamentos que la lleven a un sueño sin dolor, a un sueño sin sufrimiento. La dormiremos...
Marina sonríe, o eso cree ella cuando le dice a sus labios que se curven impelidos por la felicidad que supone encontrar a alguien que se da cuenta de lo que sufre. Sus hijos no la dejan marcharse, no quieren verla partir y se rebelan a lo que ya no tiene remedio. No se dan cuenta que su cuerpo hace tiempo ya que se rindió y que ella sólo desea descansar y dejar de padecer. El médico le ofrece dormir sin sufrir, pero le indica que quizá eso pueda suponer que se acorte su vida. Si hubiera tenido fuerza, Marina se habría reído. «¡Qué vida -le habría dicho si de sus labios pudiera salir algo más que quejidos-, qué vida se puede acortar
Varias horas más tarde Marina duerme. De su rostro se borra, por primera vez en meses, el rictus de dolor que se había anclado a fuego como una garra cruel y brutal. Su hija toma su mano y la besa y no la soltará hasta dos días más tarde, cuando el pecho de Marina exhale su último aliento, en su rostro pintado con suaves tonos una serenidad y una placidez durante meses anhelada.
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Esto es un relato de personajes inventados, pero reales de una forma cotidiana en todos los hospitales, en todas las casas en las que hay una persona aquejada de una enfermedad terminal y que sufre.
Creo que es demasiado obvio el afirmar que toda persona tiene derecho a morir de una forma digna. ¿Qué limites debe tener ese derecho? Esa es la cuestión, que no tiene una respuesta concreta ni válida para todas las personas. Cada uno debe decidirlo en base a su situación a sus creencias a su conciencia. De ahí que la ley, aprobada ayer en el Parlamento de Andalucía, que reconoce el derecho a morir dignamente es algo que me parece bueno. Hace tiempo se intentó condenar a un médico por llevar a cabo sedaciones terapeúticas impelido por esta máxima: el sufrimiento en un moribundo es algo inutil y fácilmente evitable.
He visto morir a muchas, demasiadas personas de un forma horrible.
Y, por ahora, nada más.

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9 comentarios:

Ana dijo...

Lola, me has tocado la fibra sensible, puede que te lo haya dicho alguna vez porque tienes facilidad para hacerlo, pero esta vez más todavía.

Me apasiona la asignatura de cuidados paliativos y dichos cuidados los veo tan necesarios... a nadie le gustaría pasar por esa auténtica pesadilla de dolor intenso y por la sensación de una muerte lenta y además en horribles condiciones. Todo es más digno, más íntimo y más sereno con una sedación si, al fin y al cabo, el final va a ser el mismo. De nada sirve prolongar una vida y un alma tan deteriorada.

La dignidad es IMPRESCINDIBLE en todas las fases de la vida, por lo tanto en la muerte también. Todo el mundo tiene derecho a tomar sus propias decisiones, en cuando a SU muerte también.

En fin, me enrollaría mucho más, pero a veces peco de repetitiva. Besos Lola ;)

Lola Montalvo dijo...

Creo que a la gente en general no le gusta hablar de cómo le gustaría que fuera su muerte, pero creo que a todos les aterra sufrir. El dolor es sufrimiento, la asfixia es sufrimiento... a muchos les parece horrendo que una persona pueda morir tanto antes de morir. La asignatura de cuidados paliativos es de las más hermosas: te enseña que no siempre trabajamos para curar, muchas veces no se puede, pero siempre trabajamos para CUIDAR. Y ayudar a una persona y a su familia en sus últimas semanas es uno de los trabajos más duros pero más gratificantes.
Besos, Ana, tu sensibilidad dice mucho de ti como persona, pero también como la profesional que dentro de poco serás. :)

ana dijo...

Yo también agarraré fuerte la mano de mi madre,la de mi padre, la de quien habiendo sido tan querido, se tiene que ir. Y estaré ahí hasta el último sonido de su silencio. Entrará en el sueño eterno de la mano de mi tacto, de la mano de mis lágrimas que se despiden silenciosas en su grito.

Y sí, el encarnizamiento terapéutico es más cotidiano en nuestros hospitales que esa sabiduría que tiene siempre la despedida consciente de este aquí y este ahora. Nacer y morir son las dos caras de una misma moneda: la vida. Pero vivimos en un mundo que no quiere saber nada del anverso de las cosas, de la realidad que siempre está detrás de lo que vive, de lo que late y a la que se le niega la exacta medida de su esencia, la infinitud de sus diferentes caras.

Vivimos en un mundo de apariencias. Y no aceptamos que vivir supone irremediablemente morir.

Pep dijo...

Gracias por invitarme a tu espacio, Lola. Me lo miraré con detenimiento porque siempre es interesante que te lea más gente.

Lola Montalvo dijo...

Querida ANA: creo que lo más importante para los familiares de alguien que está viviendo sus últimos momentos, es saber que sus seres queridos se van sin sufrir. El problema muchas veces radica en los mismos profesionales de la salud no que no saben o no pueden dar estas soluciones... la equivocación generalizada entre sedación y eutanasia. De ahí surge demasiado a menudo el encarnizamiento profesional. Tú lo sabes como nadie.
Gracias por opinar, gracias por la visita, gracias por todo, Ana.

PEP: gracias por venir a este humilde lugar. Espero que te guste y quieras venir a menudo. Besos

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

No sé por qué no recoge la opinión que quiero dejarte.
Cuando llegue mi hora queiro que sea lo más rápida posible y si es posible sin sufrimiento.
Me alegraré de ver esa cara desconocida y ese bolsillo repleto de boligrafos afreciéndome un sueño reparador y plácido.
bella entrada y dificil.
Un beso.

Lola Montalvo dijo...

RAFAEL: Todos deberíamos tener la certeza de que cuando llegue el momento, nuestro sufrimiento será el menor posible. Besos, amigo.

ana dijo...

Lola, te saludo desde este otro blog. Es más solitario, específico... y muyyy lento. Pero creo que a ratitos a lo mejor te gusta pasarte por aquí... un beso.

Lola Montalvo dijo...

Me paso y visito tu otro blog... que está muy bien, por cierto. Un beso

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