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miércoles, 27 de julio de 2016

Memoria de mi enfermera LIX: «Violencia machista, terrorismo silente»


«No he conseguido que me deje venir a la consulta de la enfermera sin acompañarme. No me he atrevido a insistir mucho sin que se enfade... sospecha de todo. Viene conmigo a todo sitio al que voy... pide permiso en el trabajo y él me lleva. No se fía de mí, no se fía de nadie. Sabe que en cualquier momento, en cualquier pequeño detalle alguien puede descubrir lo que me hace. Cuando me toca que me visite la médica o el enfermero o el matrona, él viene conmigo. Controla mis citas para revisiones en la página web del SAS y sabe si cambio las citas.
      Me ahogo a su lado, me falta el aire cuando está junto a mí. Nunca sé cómo va a reaccionar. Solo estoy algo tranquila cuando salimos de casa porque en la calle o junto a otras personas no se atreve a pegarme... ¡menos aún en la consulta médica o de enfermería! Sabe que allí le denunciarían seguro si se enteran de lo que me hace y no se quiere arriesgar. Por eso viene conmigo, para que yo no hable, para que no dé a entender con mis gestos o mis palabras que vivo con un maltratador. 
      No me pega. No. Él no es de esos... Él me ha puesto unas cadenas invisibles alrededor del alma y sabe, —lo sabe, sí—, que me tiene presa. Si abro la boca, me mata. Si, salgo sin su permiso, me mata; si no hago lo que quiere y cuando quiere, me mata. Sé que lo hará porque ya ha estado varias veces a punto de hacerlo... La última: me encerró en el trastero de casa, atada de pies y manos y con una mordaza en la boca para que no gritara y allí me dejó días, sin agua ni comida. Creía que moriría seguro, cuando me sacó de allí. Puso sus manos alrededor de mi cuello y apretó lo justo para que yo tuviera la certeza de que si apretaba un poquito más, todo habría acabado. Me miraba a los ojos mientras lo hacía para que no tuviera la más mínima duda de quién tiene el poder en nuestro hogar. Desde esta última vez, no he vuelto a levantar la mirada del suelo cuando estoy junto a él. No he vuelto a llamar a mis padres o a mis amigos. No he vuelto a intentar encontrar trabajo. Ya no tengo móvil y el fijo solo lo conecta cuando él está en casa. Sólo vivo por y para él.
      A veces he pensado en quitarme la vida y acabar con todo... pero me niego a rendirme. Quiero escapar, quiero luchar, quiero librarme de este infierno. Y estoy embarazada.
      Mi enfermero nos recibe. Hoy toca revisión... tengo el azúcar un poco alto y me visitan cada poco tiempo. Yo tengo una máquina de glucemia y tengo que hacerme varios controles según mi enfermero me indica. Estoy nerviosa y me cuesta disimularlo... si no lo consigo, mi marido me castigará al llegar a casa. No quiero que  vea la cartilla donde apunto los valores de glucemia y quiero que el enfermero revise uno a uno todos los valores; siempre estudia minuciosamente las cifras que he anotado de glucemia y espero que hoy lo haga también. Me cuesta respirar y me cuesta simular indiferencia mientras veo cómo ese enfermero amable y solícito me habla con cariño mientras mira mi cartilla.
       Sus ojos se pasean por las cifras. Contengo el aliento cuando veo que sus ojos se detienen un segundo de más en una de las columnas, la que va entre el martes y el miércoles de la semana pasada. Observo por el rabillo del ojo a mi marido... ¡¡¡por favor, por favor que no se dé cuenta!!! El enfermero tarda una eternidad en revisar todo.... y noto que sus manos tiemblan un poquito y que me lanza una mirada tensa, que su sonrisa ya no es tan espontánea... ¡¡¡lo ha leído!!! Entre dos renglones, entre las cifras de azúcar de dos días, he intercalado: «Me maltrata, ayúdame 016» Lo he escrito de tal forma que se pareciera lo más posible a números, lo he separado de tres en tres letras para que tuviera la misma estructura que todas las columnas de números de resultados del azúcar, para que a simple vista no se viera que era una frase, por si acaso a mi marido le daba por echar un vistazo. El enfermero levanta la mirada hacia nosotros.
      —Estas cifras de glucemia están un poco altas —me dice—. ¿Has hecho bien la dieta?
      No me da tiempo a responder. Se pone de pie y afirma:
      —Voy a consultar a Miguel, tu matrona. Ahora vengo.
      Unos minutos después, que se me hacen eternos, regresa y me dice: 
      —Ven conmigo.
      Me pongo en pie y, llena de terror, veo que mi marido hace lo mismo. El enfermero sonríe y dice como si nada:
      —Sólo es un segundo, ven sola, que te van a explorar.
      Leo en el gesto de mi marido que no le hace ninguna gracia que salga sola de la consulta, que desconfía; pero no puede hacer nada sin levantar sospechas. Esto no se lo esperaba y por ello no tenía preparada una respuesta o una reacción espontánea no violenta. 
      Salimos de la consulta. En el pasillo me espera la trabajadora social que me hace entrar rauda en su despacho. Cierra la puerta y echa la llave.
      —¿Qué quieres hacer?—me pregunta la trabajadora social, al tiempo que levanta el teléfono.
      —Quiero denunciarle a la policía.»
FIN

Este relato es inventado, pero está inspirado en un hecho real. 
      Los profesionales de la salud tenemos un responsabilidad enorme en la prevención y detección precoz de todo tipo de maltrato y ante la violencia de género en especial dado el enorme problema que supone hoy día en nuestra sociedad y las muertes que se derivan de ella en forma de asesinatos de mujeres que, en la muchos de los casos, sufrían violencia machista durante años y no habían denunciado.
      Debemos formarnos, debemos estar atentos y buscar los indicios que nos pueden llevar a determinar que una persona está sufriendo maltrato. Una frase del texto Protocolo Andaluz para la Actuación Sanitaria ante la Violencia de Género (página 36) me ha llamado poderosamente la atención:

Solo se ve lo que se busca, solo se busca lo que se tiene en mente
 (A. Bertillón, S. XIX).

Este enorme problema es responsabilidad de todos, no sólo de los políticos o de la Justicia, sino de todos nosotros como personas individuales y de nosotros como profesionales de la salud. Educar y re-educarnos en valores de igualdad y respeto, evitar las actitudes sexistas y machistas en nuestro día a día, fomentar el diálogo, la tolerancia, la solidaridad, la generosidad, la humanidad de todo lo que hacemos y decimos...
      Y ayudar a que las mujeres que viven esta forma silente de terrorismo puedan escapar. Quizá todos los días vemos en nuestra consulta o en urgencias o en una visita a domicilio o en la unidad hospitalaria en la que trabajamos a una mujer que sufre violencia machista en cualquiera de sus horribles y poderosas manifestaciones... No miremos a otro lado, formémonos en la mejor forma de detectarlo y atajarlo. Acabemos entre todos con con esta lacra.

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Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...

2 comentarios:

Raquel Franco dijo...

Apreciada Lola, gracias por ofrecernos un relato tan descriptivo de esta problemática social.
Concienciarnos sobre ello no es tarea fácil en esta sociedad a la que aparentemente cada vez se aleja de unos valores humanizadores.
Yo misma, como mujer, he vivido violencia machista y me costó la salud para tomar consciencia de ella.
Como enfermera sigo viviéndola con frecuencia y tras haber tenido experiencias directas, ya no puedes mirar hacia otro lado cuando la ves. Es por ello que es un reto el que tengo el de mostrar a más colegas de profesión a identificar, concienciar y responsabilizarse cuando la violencia es parte de la vida de una persona. Siendo enfermeras está en nuestras competencias actuar con responsabilidad ante ella.
Existen muchos relatos reales en la vida de muchas mujeres que incluso sin ser tan evidentes como en tu redacción, se viven. Las mujeres no tenemos ánimo de protagonismo y sí tenemos un afán de convertirnos en esos agentes de cambio sociales tras haber superado un proceso de estas características.
Pronto saldrá a la luz mi proyecto donde tengo el propósito de acompañar a mujeres que viven violencia y a concienciar a las enfermeras de conocerla como para actuar con las curas enfermeras que requiere sin prejuicios.
Un saludo!
Raquel

Lola Montalvo dijo...

RAQUEL FRANCO:
querida compañera y amiga... yo también sufrí este tipo de violencia y cierto que toda solución pasa por ser valiente y por tener un apoyo social que no siempre existe. El machismo está imbricado en la sociedad como un hilo de hilvanar que no todos ven ni quieren combatir.
Enfermeras tenemos mucho que hacer en este sentido, porque estamos con los enfermos y las mujeres en todas las etapas de la vida, en sus domicilios y lugares de residencia, en los hospitales y residencias las 24 horas del día los 7 días de la semana, algo que no pasa con las demás profesiones... Somos agentes imprescindibles para detectar de forma precoz y ayudar a estas mujeres siempre que lo precisen y aunque no nos verbalicen su necesidad.
Deseando conocer tu trabajo en este sentido
Gracias por leer y comentar.

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