Política de cookies

martes, 29 de enero de 2013

Día Mundial contra la LEPRA (27 de enero 2013)


El pasado domingo 27 enero, se celebró el Día Mundial contra la LEPRA; se celebra anualmente el último domingo de enero. La idea del día mundial de la lepra la tuvo el periodista francés Raoul Follereau (1903-1977) que al conocer la leprosería de Costa de Marfil, por motivos laborales, promovió la sensibilización y movilización mundial para la lucha contra esta enfermedad y su estigmatización social, eligiéndose el último domingo de enero para esta efemérides, que coincide con el pasaje del evangelio en el que se narra la cura de los leprosos. 
      Lo cierto es que iba a dejar pasar el evento si no fuera por varios comentarios que he escuchado estos días sobre esta infección -sobre los que no voy a incidir- que me han mostrado lo poco o nada que sabe la población en general sobre esta patología. Por ello me he lanzado a escribir sobre ella, aunque han pasado un par de días desde el evento. Vamos allá...

¿Qué es la LEPRA?  
La LEPRA es un infección CRÓNICA provocada por un microorganismo, la Mycobacteria Leprae o Bacilo de Hansen, dado que fue este médico noruego,Gerhard Armauer Hansen, quien descubrió el bacilo que la causa en 1873, por tanto, quien descubrió que la lepra estaba producida por una bacteria y que se trataba de una infección. Como todos sabemos, tanto la Biblia como todos los textos desde la Antigüedad hasta casi el siglo pasado, la lepra se ha considerado una especie de enfermedad llena de leyendas y que abocaba a quien la padecía al ostracismo más cruel; tener lepra se convertía en un símbolo de casi cadáver-andante, que debía deambular con campanillas que debía agitar con fuerza para avisar de su presencia y que las personas «sanas» pudieran apartarse con tiempo y no respirar el aire que le rodeaba, no fuera a ser que se contagiaran. Las leproserías, hospitales o asilos de connotaciones horripilantes, fueron frecuentes en muchos países a lo largo y ancho del mundo, incluso en el nuestro hasta hace relativamente poco.
      Esta mycobacteria afecta a la piel y al sistema nervioso. Es poco contagiosa, más aún, se necesitan años  -de 2 a 10 años- de contacto constate y cercano para poder contagiarse. Por supuesto, las situaciones de pobreza, hambre y condiciones higiénicas nefastas facilitan este contagio. Se suele contagiar por la piel de un enfermo que esté abierta; no es frecuente por vía respiratoria, aunque tampoco es imposible.

¿Qué produce en quien la padece?
El bacilo produce una serie de lesiones en la piel, máculas y manchas; si progresa puede llevar a la pérdida de sensibilidad de esas zonas de piel dañada. Según avanza la infección, dañará nervios, piel y mucosas, derivando en parálisis y caída de tejidos, ceguera, afección visceral...
      Dadas las lesiones cutáneas y en los miembros que ocasiona en fases avanzadas, es una enfermedad que ocasiona la discriminación de quien la padece, como todos conocemos de sobra por la literatura y por el cine...
      Aunque es una patología muy llamativa, tiene tratamiento Y SE PUEDE CURAR

Datos de la LEPRA
  • EN EL MUNDO: (OMS y EROSKI) Las cifras oficiales muestran que hay más de 213 000 personas afectadas, principalmente en Asia, África y Latinoamérica, y que en 2008 se habían notificado aproximadamente 249 000 nuevos casos. En India y Brasil se diagnostican hoy día el 80% de los nuevos casos. Aunque su impacto se ha reducido, pues en 1982 se diagnosticaban entre 600.000 y 700.000 nuevos casos al año y ahora solo se diagnostican 245.000, todavía queda un largo camino por recorrer para borrar esta enfermedad del mundo. La OMS se ha trazado por objetivo y uno de los desafíos para los próximos años, del 2015 al 2020, la eliminación de la lepra, lo que supone lograr que haya menos de un caso por 10.000 habitantes.
  • EN ESPAÑA: (EROSKI) En España, la lepra no constituye un problema de salud pública: cada año se diagnostican entre 12 y 14 nuevos casos, una cifra anecdótica, y casi todos (el 90%) son importados y siempre se registran, pues son de declaración obligatoria. Eso sí, hasta el siglo pasado sí existía de forma endemica en Andalucía, Galicia y Valencia .

La LEPRA se cura
Como he indicado más arriba, es una enfermedad muy llamativa, pero se cura con facilidad. Hasta 1940 fue una patología incurable, pero pronto se descubrió una serie de terapias que han conseguido su curación; hoy día se combinan varios fármacos (TMM) de fácil acceso y muy eficaces. Las lesiones pueden dejar cicatrices, pero también pueden resolverse si se coge a tiempo.

      Como final voy a recoger las expectativas de la OMS con respecto a esta infección:

En 1991, el órgano deliberante de la OMS, la Asamblea Mundial de la Salud, adoptó una resolución para eliminar la lepra como problema de salud pública en el año 2000. Por eliminar la lepra como problema de salud pública se entiende conseguir una tasa de prevalencia de menos de un caso por cada 10 0000 personas. La meta se alcanzó a tiempo y el uso generalizado del TMM ha reducido la carga de morbilidad de forma espectacular.
      (...)

  • Velar por que todos los pacientes tengan acceso a servicios de TMM ininterrumpidos, implementando para ello sistemas de administración de la medicación que sean flexibles y cómodos para el paciente.
  • Garantizar la sostenibilidad de los servicios de TMM mediante la integración de los servicios de atención de la lepra en los servicios de salud generales y fortalecer la capacidad del personal sanitario general para tratar la enfermedad.
  • Promover la concienciación de la comunidad y cambiar la imagen de la lepra a fin de alentar a los propios afectados a que busquen asistencia y puedan beneficiarse de un tratamiento temprano.
  • Vigilar el desempeño de los servicios de TMM, la calidad de la atención dispensada a los pacientes y los progresos realizados hacia la eliminación mediante sistemas nacionales de vigilancia de la enfermedad.
       Un logro que me llama la atención es la gratuidad de este tratamiento. Hoy día los tratamientos se hacen de forma ambulatoria y a los pacientes que la sufren ya no se les recluye en centros especiales o leproserías. Como toda patología, cuanto antes se reciba tratamiento mejor pronóstico y antes cura. El objetivo hoy día es conseguir una vacuna que evite el contagio.

      Espero que con esta breve entrada sobre esta enfermedad infecto contagiosa se acabe con tantos mitos y leyendas, que sólo consigue que se discrimine a quienes la sufren. ese es mi único objetivo.

Y, por ahora, nada más.

PARA SABER MÁS:

martes, 15 de enero de 2013

Memoria de mi enfermera XLIII: «24 años no son nada...»

Foto Lola Montalvo (C)

«Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, mi primer día de trabajo como enfermera.
      Atrás habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar trabajar duro sin cobrar nada; irremediablemente atrás quedaron también las interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y letargo en las bibliotecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda… Todo eso había pasado con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una vocación que me escocía en la piel desde mi más tierna infancia.
      Ya han pasado casi veinte años y aún sigo sintiendo el miedo de la nueva responsabilidad pellizcándome el estómago. Me veo acercarme al hospital aquella primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo y apretar un botón de llamada con dedo temblón. Sigo viéndome subir a mi planta por el ascensor de servicio con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo cambiarme de ropa y colocarme el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalando por mi espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la escasez de lavados. Aún sigo sintiendo ese deseo loco que me embargó, que me poseyó aquella mañana de estar en otro sitio, en un lugar lejano y cálido mientras trago saliva e intento hacer desaparecer esa bola que me atenaza la garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesa de retumbar en mi cerebro y que me explica con palabras nerviosas, atropelladas, que me he equivocado de trabajo, que me he obcecado en una vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera o dependienta en una tienda –sin deseo de hacer de menos a estas ocupaciones, por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de que esté lejos de ese hospital que ha cometido la torpeza de contratarme. Me imagino que algo así debe sentir el soldado a punto de entrar en combate o el reo condenado a horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de las orejas.
      No hay nada peor, creo yo, que acercarse con paso corto, en un intento vano de no llegar jamás al control de enfermería, haciendo titánicos esfuerzos para no caer de los fastidiosos zuecos que ya me han hecho una rozadura en el dedo gordo. “¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mi madre!”
      La enfermera del turno anterior, el de noche, me recibe distante, desconfiada, carpeta en ristre, apreciando en todo momento a quién tiene delante gracias a la fría mirada de evaluación que me ha dirigido y a quien, a juzgar por el rictus desagradable de su boca, no le produce ningún goce en los albores de la mañana y tras algo más de diez horas de intenso trabajo tener como relevo de su turno a una novata, que va a ocuparse de sus enfermos en las próximas siete horas. El latido loco del corazón me restalla en los oídos y no me deja entender bien qué es lo que me está contando esta mujer, que ¡por Dios, cómo puede hablar tan rápido! Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre profesional, recojo los datos, apunto los sueros, las fiebres que ha habido, las muestras de sangre que debo tomar. El estruendoso carpetazo que da la enfermera sobre la mesa me impide terminar mis notas y corta de sopetón el hilo de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a escuchar en cada cambio de turno:
      —Si tienes alguna duda, está todo escrito—. En la historia del paciente se suelen registrar las incidencias y la evolución del paciente en los diferentes momentos del día, para que lo entiendan los profanos; es un elemento básico de consulta y seguimiento por parte de enfermería.
      ¡Y tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo y qué letra! ¿Esto es cirílico o cantonés? Las horas más horrorosas de mi corta existencia pasaban lentas y espesas, como babosas, y me pesaban como bloques de granito. Los sueros se me retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de donde debían estar... El espanto me atenazaba la respiración y creo que ninguna bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones en esas espantosas siete horas. Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.
      Creo que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: “¡Me he equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra, este trabajo se va a la porra!”. Gracias a la ayuda de los demás enfermeros, que trabajaban aquella dichosa mañana en los otros controles de enfermería de la planta, pude terminar el trabajo con cierta normalidad y sin que pasara nada irremediable. La auxiliar de clínica que empezó ese día conmigo era tan novata como yo y poco apoyo moral me pudo proporcionar en las miles de miradas de desesperación que cruzamos a lo largo del pasillo en esas interminables horas. Y esto los pacientes lo notan, ¡vaya que lo notan! Deben sentirse como pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas. Ella no pudo ayudarme a mí y yo no pude hacer nada por ella. Cuando nos cruzábamos por el pasillo, los rostros arrebolados por la histeria y el sofocante calor, los ojos desorbitados por la ansiedad, nos lanzábamos miradas de mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está pasando fatal!
      Estuve a punto de llorar más de un millón de veces, sobre todo por las múltiples regañinas que algunos médicos, crueles ante la desgracia ajena, me dedicaron tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéuticas. Pero ¿cómo no me voy a retrasar, si aún no he tomado las constantes ni he puesto la medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis pacientes...?
      —Pues prioriza, nena, prioriza—. Se me decía con sorna. Y no pude priorizar porque todo lo que me restaba por hacer era priorizable. ¡Qué sufrimiento, madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero. “¡Claro, mujer, claro; en las prácticas siempre tenías detrás a la enfermera que te sacaba la mayor parte del trabajo sin que tú te dieras apenas cuenta!” Pero cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma la cosa cambia rabiosamente de color y el mío aquél espantoso día no salió de la gama de los grises y negros.
      Cuando por fin llegué a mi casa más allá de las cuatro y media “mañana no vuelvo, ¡por mis mulas!”, dolorida en cuerpo y alma, con los pies hinchados y ulcerados, con el amor propio bajo tierra, y con la resolución firme de no volver a ese hospital, me acosté. Me dormí inmediatamente anestesiada por el cansancio y la fatiga moral. Fueron más de trece horas de volver a vivir lo vivido en el fluir constante de mis pesadillas, con trazas apocalípticas, en desastres sin solución.
      El despertador inteligente, que era mi madre, me sacó de esa cámara de tortura que eran mis sueños a las siete en punto. Me levanté, me duché y vestí. No sé cómo llegué al mismo sitio y a la misma hora que el día anterior. Volví a sentarme ante la curtida enfermera que me había recibido el día anterior. Parecía sorprendida de verme otra vez y entera. Su mirada me aseguraba que no creía que fuera capaz de repetir la experiencia pasada. Con un suspiro de hastío volvió a relatarme a la velocidad de la luz lo acontecido en el turno de noche. Yo, tozuda, aguanté el tirón. Un carpetazo sobre la mesa y la frase:
      —Está todo escrito—. Bíblica expresión que en ella era toda una realidad dada la profusión de su narrativa, que se extendía sin fin en las Hojas de Incidencias de los pacientes y que podría ser hasta bella si se pudiera entender la letra, por supuesto.
      Ese día llegó a su fin casi como el anterior. Digo casi porque el andar un camino ya conocido era una fantástica ayuda. Los pacientes me saludaban por mi nombre, los médicos me hablaban de órdenes y tratamientos ya vistos. Caminaba, en definitiva, por una vereda ya abierta y supe en todo momento cuándo debía pedir ayuda y a quién. Y el día siguiente fue algo mejor, y el siguiente, y el otro. Hasta que una mañana, no puedo decir cuándo, una semana, dos, un mes más tarde, conocía al dedillo a mis casi treinta pacientes; los informes, las historias de enfermería, los volantes de peticiones llevaban mis anotaciones, se me saludaba y llamaba por mi nombre, realizaba los trabajos y tareas con cierta seguridad y a la hora estipulada, estaba ya preparada para realizar determinadas gestiones por teléfono.
      Ese día llegó y disfruté de mi trabajo y supe que no, que no me había equivocado, que mi vocación era cierta y que el trabajo de enfermera era lo que yo esperaba que fuera. Pero hasta entonces, hasta que sin darme apenas cuenta de ello llegó el momento en que no me producía una angustia terrorífica llegar a mi planta o ponerme el uniforme, en todas y cada una de las jornadas que pasé, en cada una de las horas que laboré, me juré a mi misma que de ese día no pasaba y al siguiente no volvía.
      Han pasado un montón de años y hoy lo recuerdo con cariño, porque queda lejos, claro. Estoy segura de que todos aquellos profesionales que han pasado por esta inquietante experiencia saben lo que supone. El primer día suele ser nefasto y difícil. Cuando regresas al día siguiente lo haces con el temor de que haya pasado algo terrible, de que hayas cometido algún error fatídico y ese temor lo mantuve durante semanas hasta que la costumbre y la práctica fueron dándome seguridad y tranquilidad en lo que hacía. Esta tensión inicial es algo que sucederá en todos los trabajos y ocupaciones, supongo Lo que mi profesión tiene de distinto, como todas las de ámbito sanitario, es que el objeto de nuestra labor lo conforman personas, no cosas u objetos y aterroriza hacer algo mal o que algún paciente resulte dañado por nuestra impericia. Todos mis compañeros de mi actual destino reconocen sin rubor que sufrieron algo parecido, que los primeros días lo pasaron tan mal que en algún momento se plantearon abandonar y dedicarse a otra cosa. Eso demuestra que yo no soy muy diferente de otros profesionales. Porque, en este trabajo, el que no tiene cierto temor a las meteduras de pata, a hacer daño a los demás, puede ser un inconsciente y alguien potencialmente peligroso.»
Fragmento de mi novela «A AMBOS LADOS» (2008)

Este año cumplo 24 años como enfermera, aunque mis años como auxiliar y como técnico de laboratorio me hacen sumar unos cuanto más... Desde los 14 estoy metida en hospitales, residencias y centros de salud. ¡¡Toda una vida, sí, y no me veo siendo otra cosa, no entiendo mi vida dedicándome a otra profesión!! 
      Cuando escribí la novela de la que he tomado el fragmento de inicio, me dije a mí misma que no debía inventarme un personaje ficticio, que debía tomar mi propia experiencia para que lo que iba a contar fuera creíble. Y así lo hice... por lo que este fragmento narra ni más ni menos que mi propia experiencia ese primer día de trabajo como enfermera, un caluroso día de julio de 1989.
       Un día tuve que recordarlo... porque cuestioné mi vocación 
      Hoy me veo en la necesidad de volverlo a leer para sentir en mi piel, en mi corazón, en todo mi ser, que esta no es una profesión como cualquier otra. 
      Veo a mis antiguos compañeros del Clínico, del Virgen de la Torre, del 12 de Octubre lanzarse a la calle reivindicando la necesidad de una sanidad de gestión pública, que permita que nuestro sistema de salud siga siendo uno de los mejores del mundo. Porque nuestro sistema de salud es de los mejores del mundo por los profesionales que trabajan en él, por sus equipos de salud formados por celadores, auxiliares de enfermería, técnicos, farmacéuticos, enfermos, médicos, matronas... 
     Este año cumplo 24 años como enfermera. Y he tenido que ver cómo nuestra sanidad y sus profesionales deben lanzarse a la calle para defender lo que hacen... Mi corazón sale con ellos y se abandera con ellos.
      24 años no son nada. Han pasado volando y cada día me siento más enfermera, no me entiendo siendo otra cosa, no deseo hacer otra cosa... sobre todo en estos días en lo que tengo que ver que la sanidad pública está enferma, que algunos quieren matarla y prostituirla para que otros saquen provecho de ella. En 24 años he tenido que ver cómo llegamos a la cumbre del trabajo bien hecho (con muchos fallos mejorables, cierto, pero fácilmente mejorables antes que llegar a privatizar), tocamos un imaginario techo y regresamos a tiempos pretéritos, a unos bajos fondos imaginarios en los que la beneficencia copaba gran parte de la asistencia, no había suficientes recursos para todos, los servicios de salud estaban masificados y sólo los ciudadanos con medios económicos holgados disfrutaban de una asistencia de cierta calidad y eficacia.
      Nunca pensé que en 24 años íbamos a retroceder en un derecho fundamental y básico como es el cuidado de la salud y una sanidad pública para todos.

      Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...