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domingo, 7 de julio de 2013

#ConLdeEnfermera: Ser novato o ser «nuevo»... una cuestión de tiempo y experiencia.


Imagen que he obtenido de Enfermera Novata
Me habría gustado poner una foto mía de pequeña, con mi maletín de la Señorita Pepis de enfermera, que lo tuve, pero a mi madre no le dio por hacerme fotos. Por ello me tengo que conformar con poner a este enfermerita de la publi de esos maletines de cuando yo era niña.


¿Ser novato o ser nuevo... «el nuevo»?
      ¿Es lo mismo?
      No, no es lo mismo. 
   Novatos somos desde el primer día que tenemos el título de profesionales de enfermería bajo el brazo. Somos enfermeros a estrenar, nuevos e inexpertos; con conceptos aprendidos y alguna técnica ensayada, pero con todo por aprender. Y eso se soluciona con el tiempo, con la experiencia, con las rotaciones por servicios y centros de salud, por unidades, por residencias y clínicas de diverso pelaje. 
      Ser nuevo, «el nuevo» o «la nueva», eso lo somos cada vez que vamos a un servicio nuevo, en una sustitución, un contrato o un ingreso nuevo por la razón que sea. Podemos llevar miles de años en la profesión, tener experiencia para escribir siete enciclopedias, pero el primer día que te calzas los zuecos y el uniforme de un servicio distinto, ese primer día que entras en sea cual sea el servicio, unidad o departamento, ese día eres el nuevo.
       Ambos conceptos, novato-nuevo, en demasiadas ocasiones son peyorativos y se lanzan hacia esa persona con cuasi desconfianza y no menos dosis de desprecio en sus sílabas. No, no exagero... porque, ¿saben una cosa? por lo menos 13 veces desde que empecé en mi labor sanitaria fui la nueva, sólo en la primera y la segunda, fui la novata. ¿Y cómo me recibieron? Pues de esas 13 veces, sólo una tercera parte se me recibió bien. El resto, se me recibió con desconfianza, mirándome de arriba a abajo, como si mi aspecto y mi imagen exterior diera una idea de lo que yo era o no capaz, dándome en ocasiones tareas... como el que le da unas perras a un pobre en la puerta de una iglesia. Frase despreciables como: «Ve tomando las tensiones» o el no menos humillante «siéntate y escucha hasta que terminemos» las he escuchado mientras me comía mi rabia y me tragaba las ganas de contestar. Teniendo que demostrar día a día de lo que era capaz, mis conocimientos, mis ganas, mi capacidad; esforzándome en demostrar constantemente algo que los demás no se molestaban en demostrarme a mí...

      Porque digo yo y no pierdan de vista esta idea:
      Los que ya están allí trabajando, en el servicio que sea, se preguntan cómo será «el nuevo», si será o no trabajador, responsable, capaz, buena gente... Pero no se dan cuenta de que los que somos nuevos nos preguntamos exactamente lo mismo: ¿cómo serán los que allí trabajan, serán responsables, harán bien su labor, serán simpáticos, profesionales o cómo serán? 

      La desconfianza es mutua, de eso no hay duda, pero prevalece el punto de vista de los que llevan ahí más tiempo que tú; porque ese es su sitio y tú un recién llegado. Por ello...
   ¿No sería mejor tener establecido un «protocolo de recepción a nuevos profesionales», en los que los supervisores de cada servicio se impliquen directa y responsablemente en la acogida de esos enfermeros o auxiliares? Sería algo no muy complicado como disponer tareas preestablecidas en los servicios más complicados, tomas de contacto previas -voluntarias, claro-, número menor de pacientes durante uno o dos días, supervisión controlada de las tareas del novato... 
      En definitiva, en cada servicio establecer unas pautas que busquen un doble objetivo:
  • disminuir el estrés por el nuevo trabajo/labor que supone para un novato empezar en un trabajo complicado y de enorme responsabilidad como es ser enfermera. 
  • reducir la carga que para los enfermeros de plantilla supone enseñar a los novatos/nuevos el funcionamiento y protocolos del servicios... porque los gestores se olvidan que mientras que un nuevo compañero se adapta, los enfermeros de plantilla corren con mayor carga laboral, muchas veces en periodos en los que además hay menos personal y el mismo trabajo, como es en verano.
  • y como punto final, el que sale beneficiado es el paciente, que no sufre que el hecho de que haya personal nuevo y desentrenado redunde en la calidad asistencial de su problema de salud. Porque eso, señores gestores, también produce estrés en los pacientes, lo que redunda en su recuperación.
      Debería ser un protocolo que garantizara la recepción del nuevo compañero sin dejar la cosa al azar o a la buena o mala intención de quienes trabajan ese día y a esa hora. Eso sí, con protocolo o sin él, deberíamos plasmar en la entrada de controles y salas:

TRATA Y RECIBE A LOS DEMÁS COMPAÑEROS, COMO TE GUSTARÍA QUE TE TRATARAN Y RECIBIERAN A TI.

      Los cargos intermedios de enfermería deberían tener claro que esto también debería ser su responsabilidad, que no se pueden hacer números para que los servicios cuadren, porque esos números son personas, profesionales y sobrecarga de trabajo. Que el primer desprecio hacia los nuevos/novatos viene precisamente de ellos, de esos adjuntos o como se quieran llamar para justificar que ya no le dan al zuecocros* Y que tampoco, los supervisores de planta deben olvidar que a los nuevos enfermeros y auxiliares ellos deben facilitarles su incorporación y proporcionarles toda información y ayuda hasta que conocen el servicio y controlan su labor.
      ¿Hacen esto los supervisores? ¿Se preocupan de esto? ¿Sí...? ¿O no?
      Sé que hay muchos supervisores/as que sí se ocupan... pero la gran mayoría, no.
      De las 13 incorporaciones nuevas que he tenido en mi experiencia, sólo en tres de ellas el supervisor/jefe de servicio hizo algo para que mi adaptación fuera correcta y la carga a mis compañeros fuera poca. Mi primera supervisora, Rosalía y su sustituta durante sus vacaciones, Maribel, del Hospital Clínico San Carlos... -no doy más datos por si les molesta-, fueron excepcionales, magníficas y humanas. Hasta me regañaron por no pedir ayuda a otros compañeros y ellas mismas me ayudaron y no me perdieron de vista ni un segundo hasta que me adapté. Con esos inicios, comprenderán que a partir de ese día comprobé que hay sólo una forma de hacerlo bien y muchas, muchas formas de hacerlo mal.
      Ea, ya termino.
      En este fragmento que sigue queda resumido mis primeros días como enfermera en ese servicio de la séptima norte del Clínico San Carlos, hace ya 24 años...

 «Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, mi primer día de trabajo como enfermera.
      Atrás habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar trabajar duro sin cobrar nada; irremediablemente atrás quedaron también las interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y letargo en las bibliotecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda… Todo eso había pasado con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una vocación que me escocía en la piel desde mi más tierna infancia.
      Ya han pasado casi veinte años y aún sigo sintiendo el miedo de la nueva responsabilidad pellizcándome el estómago. Me veo acercarme al hospital aquella primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo y apretar un botón de llamada con dedo temblón. Sigo viéndome subir a mi planta por el ascensor de servicio con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo cambiarme de ropa y colocarme el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalando por mi espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la escasez de lavados. Aún sigo sintiendo ese deseo loco que me embargó, que me poseyó aquella mañana de estar en otro sitio, en un lugar lejano y cálido mientras trago saliva e intento hacer desaparecer esa bola que me atenaza la garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesa de retumbar en mi cerebro y que me explica con palabras nerviosas, atropelladas, que me he equivocado de trabajo, que me he obcecado en una vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera o dependienta en una tienda –sin deseo de hacer de menos a estas ocupaciones, por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de que esté lejos de ese hospital que ha cometido la torpeza de contratarme. Me imagino que algo así debe sentir el soldado a punto de entrar en combate o el reo condenado a horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de las orejas.
      No hay nada peor, creo yo, que acercarse con paso corto, en un intento vano de no llegar jamás al control de enfermería, haciendo titánicos esfuerzos para no caer de los fastidiosos zuecos que ya me han hecho una rozadura en el dedo gordo. “¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mi madre!”
      La enfermera del turno anterior, el de noche, me recibe distante, desconfiada, carpeta en ristre, apreciando en todo momento a quién tiene delante gracias a la fría mirada de evaluación que me ha dirigido y a quien, a juzgar por el rictus desagradable de su boca, no le produce ningún goce en los albores de la mañana y tras algo más de diez horas de intenso trabajo tener como relevo de su turno a una novata, que va a ocuparse de sus enfermos en las próximas siete horas. El latido loco del corazón me restalla en los oídos y no me deja entender bien qué es lo que me está contando esta mujer, que ¡por Dios, cómo puede hablar tan rápido! Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre profesional, recojo los datos, apunto los sueros, las fiebres que ha habido, las muestras de sangre que debo tomar. El estruendoso carpetazo que da la enfermera sobre la mesa me impide terminar mis notas y corta de sopetón el hilo de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a escuchar en cada cambio de turno:
      —Si tienes alguna duda, está todo escrito—. En la historia del paciente se suelen registrar las incidencias y la evolución del paciente en los diferentes momentos del día, para que lo entiendan los profanos; es un elemento básico de consulta y seguimiento por parte de enfermería.
      ¡Y tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo y qué letra! ¿Esto es cirílico o cantonés? Las horas más horrorosas de mi corta existencia pasaban lentas y espesas, como babosas, y me pesaban como bloques de granito. Los sueros se me retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de donde debían estar... El espanto me atenazaba la respiración y creo que ninguna bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones en esas espantosas siete horas. Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.
      Creo que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: “¡Me he equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra, este trabajo se va a la porra!”. Gracias a la ayuda de los demás enfermeros, que trabajaban aquella dichosa mañana en los otros controles de enfermería de la planta, pude terminar el trabajo con cierta normalidad y sin que pasara nada irremediable. La auxiliar de clínica que empezó ese día conmigo era tan novata como yo y poco apoyo moral me pudo proporcionar en las miles de miradas de desesperación que cruzamos a lo largo del pasillo en esas interminables horas. Y esto los pacientes lo notan, ¡vaya que lo notan! Deben sentirse como pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas. Ella no pudo ayudarme a mí y yo no pude hacer nada por ella. Cuando nos cruzábamos por el pasillo, los rostros arrebolados por la histeria y el sofocante calor, los ojos desorbitados por la ansiedad, nos lanzábamos miradas de mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está pasando fatal!
      Estuve a punto de llorar más de un millón de veces, sobre todo por las múltiples regañinas que algunos médicos, crueles ante la desgracia ajena, me dedicaron tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéuticas. Pero ¿cómo no me voy a retrasar, si aún no he tomado las constantes ni he puesto la medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis pacientes...?
      —Pues prioriza, nena, prioriza—. Se me decía con sorna. Y no pude priorizar porque todo lo que me restaba por hacer era priorizable. ¡Qué sufrimiento, madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero. “¡Claro, mujer, claro; en las prácticas siempre tenías detrás a la enfermera que te sacaba la mayor parte del trabajo sin que tú te dieras apenas cuenta!” Pero cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma la cosa cambia rabiosamente de color y el mío aquél espantoso día no salió de la gama de los grises y negros.
      Cuando por fin llegué a mi casa más allá de las cuatro y media “mañana no vuelvo, ¡por mis mulas!”, dolorida en cuerpo y alma, con los pies hinchados y ulcerados, con el amor propio bajo tierra, y con la resolución firme de no volver a ese hospital, me acosté. Me dormí inmediatamente anestesiada por el cansancio y la fatiga moral. Fueron más de trece horas de volver a vivir lo vivido en el fluir constante de mis pesadillas, con trazas apocalípticas, en desastres sin solución.
      El despertador inteligente, que era mi madre, me sacó de esa cámara de tortura que eran mis sueños a las siete en punto. Me levanté, me duché y vestí. No sé cómo llegué al mismo sitio y a la misma hora que el día anterior. Volví a sentarme ante la curtida enfermera que me había recibido el día anterior. Parecía sorprendida de verme otra vez y entera. Su mirada me aseguraba que no creía que fuera capaz de repetir la experiencia pasada. Con un suspiro de hastío volvió a relatarme a la velocidad de la luz lo acontecido en el turno de noche. Yo, tozuda, aguanté el tirón. Un carpetazo sobre la mesa y la frase:
      —Está todo escrito—. Bíblica expresión que en ella era toda una realidad dada la profusión de su narrativa, que se extendía sin fin en las Hojas de Incidencias de los pacientes y que podría ser hasta bella si se pudiera entender la letra, por supuesto.
      Ese día llegó a su fin casi como el anterior. Digo casi porque el andar un camino ya conocido era una fantástica ayuda. Los pacientes me saludaban por mi nombre, los médicos me hablaban de órdenes y tratamientos ya vistos. Caminaba, en definitiva, por una vereda ya abierta y supe en todo momento cuándo debía pedir ayuda y a quién. Y el día siguiente fue algo mejor, y el siguiente, y el otro. Hasta que una mañana, no puedo decir cuándo, una semana, dos, un mes más tarde, conocía al dedillo a mis casi treinta pacientes; los informes, las historias de enfermería, los volantes de peticiones llevaban mis anotaciones, se me saludaba y llamaba por mi nombre, realizaba los trabajos y tareas con cierta seguridad y a la hora estipulada, estaba ya preparada para realizar determinadas gestiones por teléfono.
      Ese día llegó y disfruté de mi trabajo y supe que no, que no me había equivocado, que mi vocación era cierta y que el trabajo de enfermera era lo que yo esperaba que fuera. Pero hasta entonces, hasta que sin darme apenas cuenta de ello llegó el momento en que no me producía una angustia terrorífica llegar a mi planta o ponerme el uniforme, en todas y cada una de las jornadas que pasé, en cada una de las horas que laboré, me juré a mi misma que de ese día no pasaba y al siguiente no volvía.
      Han pasado un montón de años y hoy lo recuerdo con cariño, porque queda lejos, claro. Estoy segura de que todos aquellos profesionales que han pasado por esta inquietante experiencia saben lo que supone. El primer día suele ser nefasto y difícil. Cuando regresas al día siguiente lo haces con el temor de que haya pasado algo terrible, de que hayas cometido algún error fatídico y ese temor lo mantuve durante semanas hasta que la costumbre y la práctica fueron dándome seguridad y tranquilidad en lo que hacía. Esta tensión inicial es algo que sucederá en todos los trabajos y ocupaciones, supongo Lo que mi profesión tiene de distinto, como todas las de ámbito sanitario, es que el objeto de nuestra labor lo conforman personas, no cosas u objetos y aterroriza hacer algo mal o que algún paciente resulte dañado por nuestra impericia. Todos mis compañeros de mi actual destino reconocen sin rubor que sufrieron algo parecido, que los primeros días lo pasaron tan mal que en algún momento se plantearon abandonar y dedicarse a otra cosa. Eso demuestra que yo no soy muy diferente de otros profesionales. Porque, en este trabajo, el que no tiene cierto temor a las meteduras de pata, a hacer daño a los demás, puede ser un inconsciente y alguien potencialmente peligroso.»
Fragmento de mi novela «A AMBOS LADOS» (2008)

*Dialecto Lola/Español-Español/Lola: acción de currar como una loca, pasillo va, pasillo viene, en un servicio con mucha carga de trabajo, hasta que los pies parecen dos chirimoyas.

4 comentarios:

Monica dijo...

Qué bien escribes. Has descrito exactamente cómo me estoy sintiendo en estos días. Se me han saltado hasta las lágrimas. Ese agobio y ese estrés permanente, sintiendo que "no sirves para nada". Se pasa muy mal...pero creo que algún día merecerá la pena.

Monica dijo...

Qué bien escribes. Has descrito exactamente cómo me estoy sintiendo en estos primeros días, donde hace escasamente una semana estaba en la piel de una estudiante. Un placer leerte. Qué emoción. Se pasa muy mal, pero creo firmemente que merecerá la pena.

Lola Montalvo dijo...

MÓNICA: muchas gracias por lo que me dices...
Sé que lo que yo viví en su día no fue nada nuevo, que todos pasamos por lo mismo. Por ello te digo, que tengas paciencia... esa sensación quizá desagradable de los primeros días, que te hace creer que te has equivocado en tu vocación, esa sensación, te digo, pasa y un día sin darte cuenta empiezas a darte cuenta de que sí es lo que esperabas y disfrutas de tu labor, de tu trabajo. Date tiempo.
Sí quieres comentar algo o desahogarte o charlar, búscame en el blog o en mi mail: montalvo.lola@yahoo.es
Un abrazo, besos miles y ánimo!!!!

viajero dijo...

que pasada, que bien expresado. yo trabajo en primaria solo por no volver a pasar por eso

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