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jueves, 31 de mayo de 2012

DÍA MUNDIAL SIN TABACO

Sí, sí. Lo sé.
La entrada es demasiado optimista, casi presuntuosa. Porque esto no va a ser HOY una realidad, aunque ojalá se consiguiera que de verdad un día... ¡el que fuera! se lograra vivir sin tabaco.
Voy a ser REALISTA.
Dejar de fumar, lo he comentado muchas otras veces, es complicado, algo muy, muy difícil. Se debe partir de una decisión firme y convencida y, aún así, las posibilidades de fracaso son múltiples... porque uno deja de fumar -o lo intenta-, pero a tu alrededor los demás siguen haciéndolo, siguen fumando a tu lado y te ofrecen cuando se encienden un cigarrito...¡¡Qué dificil es decir que no!! Y la vida a tu alrededor no se detiene esperando que lo consigas. Las circunstancias que te animan a seguir fumando permanecen -comidas con amigos, salir de copitas, disgustos personales, dramas, problemas laborales, stress...- acosándote, incluso, con más fuerza que cuando fumabas tan ricamente. Todo a tu alrededor te invita a fumar y la fuerza de voluntad se debilita a cada paso. Dejar de fumar se convierte en un esfuerzo CONSTANTE y ETERNO que agota... Es por ello, que muchos se rinden y vuelven a fumar. Algunos, incluso, tras años de vida sin tabaco.

Ayyyy, no todo es negativo, ¡NO!
Seamos positivos, SIEMPRE:

SE PUEDE DEJAR DE FUMAR

Esta es la única idea que debería prevalecer en esta entrada que hoy dedico al TABACO, esa droga dura que tanto nos complica la vida.
Desde que en España se prohibió fumar en todo espacio cerrado público, muchas personas han dejado de fumar -de forma activa y de forma pasiva, claro-, con lo que se ha conseguido REDUCIR ENTRE UN 10 Y UN 20% los infartos de miocardio, quedando patente que existe una estrecha relación entre tabaquismo y cardiovasculopatías. Además, al dejar de fumar se corrige con más facilidad las cifras alteradas de colesterol y se facilita el control de otras como la diabetes. Sin contar con que el riesgo de otras patologías derivadas (cáncer, EPOC...) reducen su prevalencia.

Sé que los que fuman, todos los que fuman, saben todo esto y más...
Dejar de fumar es difícil, lo sé porque entre otras muchas cosas yo dejé de fumar hace ya 19 años... y aún, de vez en cuando, me da la tentación. 

es difícil, sí, pero SE PUEDE DEJAR DE FUMAR

Por eso, si alguno se anima hoy a dejarlo, le felicito. Pero que nunca piense que no le supondrá cierto esfuerzo. Las terapias milagro, con las que cada cierto tiempo nos bombardean los publicistas, no existen. Si cree necesitar ayuda -que nunca viene de más- pídasela a su médico o a su enfermero, ellos sabrán cómo ayudarle. Y CREAN QUE LES PUEDEN AYUDAR, Y MUCHO
¡¡¡SUERTE!!!

PARA SABER MÁS: 

Y, por ahora, nada más

viernes, 25 de mayo de 2012

Reflexiones: En las Escuelas de Enfermería, los mejores


Estudiar Enfermería, lo he dicho muchas veces, es casi siempre una cuestión de vocación. En mi experiencia, no comprendo que se pueda llevar a cabo esta difícil, complicada, sacrificada, dura..., pero gratificante, estimulante, humana y hermosa profesión, si no se ve uno impelido por una vocación que a veces, lo he sufrido en mis carnes, debe ser a prueba de bombas.
Los profesores y profesoras que nos forman en las universidades suelen y pueden ser profesionales procedentes de diversas carreras: Antropología, Farmacología, Medicina, Psicología... y, por supuesto, Enfermería; en la Complutense, donde yo estudié, nos decían que la formación nos la debían proporcionar los mejores en cada materia, para que nuestro cuerpo de conocimientos fuera lo más completo posible. Muchos de mis profesores y profesoras eran enfermeros, pero también médicos, médicos convencidos del importante papel de la Enfermería en el equipo de salud -en mis tiempos ya nos formaban en ese bonito y casi utópico concepto-. Nos inyectaban -valga el término- una ilusión por nuestro trabajo, por ir más allá, por no conformarnos con los límites que nos imponían en la calle, que era fascinante. Estimulaban nuestra capacidad de pensar, investigar, razonar, cuestionar, imaginar... En fin, eran médicos y médicas que valoraban la enfermería en lo que era en esos tiempos, siendo casi un poco visionarios de lo que la Enfermería ha llegado a ser hoy... y lo que le queda por lograr. 
Bien...
Hace unas fechas he recibido, por dos vías completamente distintas, varios comentarios de dos estudiantes de enfermería de dos escuelas pertenecientes a universidades de ciudades ubicadas en puntos opuestos de la Península.
Pero ambos me comentaron lo mismo: 
Ciertos profesores de sus escuelas, en ambos casos médicos/as, en clase, impartiendo materias como Farmacología o Anatomía, se permiten el lujo de menospreciar en clase la labor enfermera en cuestiones como la prescripción, las especialidades o los diagnósticos de enfermería.
Y ustedes se pueden preguntar: «Sólo son dos ¿y qué?»
Cierto, sólo son dos... que yo tenga noticia, pero eso me hace imaginar-deducir que pueden ser muchos más en otras muchas universidades. Y cada uno forma-enseña a unos 100-200 alumnos cada promoción.
Además, me podréis objetar y con razón: «¡Pero es que existe libertad de cátedra!» Cierto, cierto y a estas alturas no la voy a poner en cuestión, por supuesto que no. Existe libertad de cátedra pero las diferentes escuelas deberían incluir en los programas para elegir/examinar a sus docentes que estos controlen correctamente los aspectos necesarios para la labor enfermera. ¿Lo hacen hoy día? La verdad es que no lo sé..., pero si no lo hacen deberían planteárselo.
Estoy de acuerdo con el estímulo a un pensamiento crítico, a estimular la autocrítica dentro de la Enfermería... Quizá nos iría mejor si nos analizáramos con más frecuencia con un espíritu edificante. Pero creo que no todas las formas de crítica valen: el menosprecio no es nada edificante.
Cierto que la formación multidisciplinar promete una formación completa, proporcionada por los profesionales más duchos en cada materia. Sí, claro que sí. Pero, y estos alumnos me hicieron prestar especial atención a este punto, si estos profesionales no están de acuerdo con estas cuestiones de la profesión enfermera -prescripción, diagnósticos, especialidades... o lo que sea-, quizá no son los mejores para formar enfermeros. Además, los médicos saben de Medicina y quizá no pueden enseñar o no están capacitados para enseñar de forma adecuada cómo recopilar datos para llevar a cabo una labor enfermera, dado que los médicos tratan y los profesionales de enfermería cuidan, ellos funcionan con diagnosticos y tratamientos médicos y nosotros funcionamos por planes de cuidados, más allá de la patología de base que sufra un paciente... o más allá de si el sujeto está sano o de si estando enfermo su enfermedad se cura o no, es terminal o no.
Respeto la libertad de cátedra... pero no respeto esa libertad cuando va dirigida a minar la capacidad de enfermería en sus medios de proporcionar cuidados de forma científica o empírica y desde su formación más básica en las escuelas. 
Y esa es mi opinión.
Por ello, dado que la Enfermería ya es un Grado, creo que la formación de los enfermeros en ciertas materias debería ser proporcionada por enfermeros... los mejores enfermeros. Y no por médicos, dado que ellos aplican su ciencia a niveles distintos a los de Enfermería... niveles que no cumplen las expectativas de Enfermería y que en ciertos casos, pueden quedarse cortos. Pero eso sí, la formación deben proporcionarla los mejores, aquellos profesionales con experiencia que tengan algo que aportar y que sean docentes, es decir, que aporten un magnífico bagaje de conocimientos, sí, pero que, además, estimulen en sus alumnos la necesidad de saber, de ir más allá, de hacerse preguntas, de picar la curiosidad... Un enfermero recién salido de la carrera no suele cumplir con todos esos requisitos. La mediocridad de los docentes, sean del estamento que sea, conlleva una formación mediocre, muy lejos de esa excelencia que muchas escuelas suspiran tanto por lograr.

Y finalizo reafirmando esta idea: en la Universidad, en la Escuelas de Enfermería, deben formar los mejores profesionales, los mejores docentes. Hoy día llegar a la universidad y costearse la carrera es una realidad cada vez más complicada para casi todos, dados los tiempos que vivimos de recortes brutales en partidas para Educación y Universidades. Por ello, cuando uno, por fin, logra entrar en la universidad se merece lo mejor. Lo mejor. Y lo mejor no es un docente que echa pestes de ciertos aspectos de la labor enfermera... por mucho conocimiento en la materia que tenga.

Esta es mi opinión.
Y, por ahora, nada más.

DEDICADO A MARÍA

martes, 15 de mayo de 2012

Memoria de mi enfermera XXXIX: «Desesperanza»

Imagen perteneciente a Público.es

Me llamo Pilar y vivo en un barrio periférico de una gran ciudad, un barrio de gente humilde y trabajadora. Trabajé toda mi vida para poder sacar adelante a mis hijos, proporcionarles una educación y una formación que les permitiera ganarse un sueldo digno y creo que lo conseguí; todos tienen sus propias familias y un hogar digno, profesiones que les gustan y a las que han dedicado muchos años de estudio, aunque  los cuatro han perdido su trabajo y cobran subsidios de desempleo, que dentro de poco perderán. La crisis, me dicen... Lo sé, lo sé.
Vivo en un tercer piso sin ascensor y casi no puedo salir a la calle; no, sin ayuda. La artrosis que sufro -demonio cruel-, en las rodillas me impide caminar sola; tardo una eternidad en bajar las escaleras hasta la calle... y tardo el doble en subir.
Hasta hace poco tenía la ayuda de un servicio de asistencia a domicilio del ayuntamiento, pero hace cuatro meses me lo retiraron por falta de recursos económicos en el municipio. Venían un chico y una chica que me ayudaban con ciertas tareas de casa, me sacaban a pasear o me acompañaban al médico... pero eso se acabó. Ahora dependo de la ayuda de los vecinos o de los ratitos que mis hijos pueden dedicarme cuando no están buscando trabajo o realizando una jornada por horas, mal pagadas siempre.
Tengo una pensión de viudedad que no llega a 500 € mensuales y con ello debo vivir y pagar los gastos de la casa que, gracias al cielo, es ya mía y nadie me a puede arrebatar. Ahora me dicen que debo pagar los medicamentos y que quizá deba abonar una cuota por cada consulta al médico o el especialista. ¡Pero yo no tengo dinero para eso...!
Mi marido pagó siempre sus impuestos, siempre, de forma escrupulosa, mostrando una honradez que muchos tachaban de estúpida. «Si pagamos nuestros impuestos como es debido, siempre tendremos derechos y una buena sanidad asegurada», me decía, el pobre. Pero él se murió y sus impuestos -los de los dos, porque yo he trabajado toda mi vida muchísimo- no me cubren en mis necesidades. Dicen que no hay fondos, que no hay dinero para ciertos servicios, que debo pagar si quiero asistencia en domicilio o una sanidad pública decente, mínima...
Vivo sola, aislada, dependiendo de la buena voluntad de otros; encerrada en mi propia casa. Mis hijos insisten en llevarme a sus casas para que viva con ellos... un mes en cada una. Pero yo no puedo ser una carga más para ellos y quiero vivir en mi casa, con mis cosas y mis recuerdos.
Sé que soy una molestia para ellos. Se preocupan por mí y no tienen dinero para cuidar de sus propios hijos.
Soy una carga, sí.
Y una idea me ronda la cabeza desde hace días...
Vivo sola... y mi vida se acabó.
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Los brutales recortes sociales que se nos imponen, para muchos, sólo son cifras, euros... Pero detrás de cada recorte hay una persona que pierde un derecho, una persona a la que se le priva de una asistencia básica que le permitía llevar un día a día digno. Dependencia, Sanidad, Educación... Servicios básicos que son derechos básicos de las personas. Cuando nuestros políticos hinchan venas en su cuello para vendernos la necesidad de hacer pagar la asistencia sanitaria, pagar recetas, retirar asistencia domiciliaria o prestaciones en dependencia, pagar ambulancias para poder asistir a tratamientos imprescindibles como hemodiálisis o quimio-radioterapia, por poner algunos ejemplos; cuando nos imponen, en definitiva, esos recortes que ellos muestran como imprescindibles, están llevando a muchas personas a la desesperanza... 
Quizá a los políticos les importe un poco -creo que a muchos políticos no les importa nada, la verdad-, pero a las personas de a pie, a los ciudadanos que pagan puntualmente sus impuestos y cumplen con sus obligaciones sociales, a los profesionales de la salud nos importa mucho. Muchísimo.
Los recortes sociales, los recortes en DEPENDENCIA y SANIDAD, en EDUCACIÓN, son recortes que producen mucho mal y dejan a miles de personas en el más absoluto abandono.
Hoy mi entrada es reivindicativa... porque somos seres BIO-PSICO-SOCIALES, y lo que afecta a una esfera de nosotros, lo que enferma a una de ellas, termina enfermando a las demás. Y últimamente nuestros gobernantes están ahogando socialmente a muchas personas sin medios económicos y enfermando sus cuerpos y sus mentes.
Y, por ahora, nada más.

jueves, 10 de mayo de 2012

MÍRAME, DIFERENCIA_T: «En la oscuridad»

Foto Lola Montalvo (C)

Sé que algunos habéis leído mis entradas relativas a este bonito proyecto de «MÍRAME, DIFERÉNCIATE, nuestro objetivo: humanizar, que no es poco»
Esta vez sólo entro un ratito para invitaros a leer el texto que he escrito para formar parte de su blog, un texto que he escrito invitando, como hago casi siempre, a estimular vuestra empatía, a incitaros a poneros en el lugar del otro, del que sufre, del que está enfermo...
El texto tiene como título

EN LA OSCURIDAD
Pedro intentó abrir los ojos, pero le pesaban como si de lápidas se trataran. Intentó mover la cabeza, levantar los brazos pero fracasó una vez y otra. Lo intentó con los dedos pero sólo lo logró con los de la mano derecha; rascó la superficie sobre la que reposaba y le pareció acariciar una sábana.
¡Estaba en una cama!
Empezó a asustarse. Algo iba mal, espantosamente mal.
Le latía la cabeza, un dolor intenso semejante al galopar de un caballo que corría al mismo ritmo que su alocado corazón, ése que pugnaba por escapar de su pecho. Sí, estaba aterrorizado. Algo le pasaba… algo grave y horrible le había pasado. No podía moverse, no podía abrir los ojos.
Voces a su alrededor. Voces susurradas… le pareció escuchar su nombre y una voz conocida, la de su hijo mayor, Julio, pronunciando una palabra. Papá. Intentó gritar, gritar y llamarlo, hacerle entender que le escuchaba, que estaba ahí... pero de su garganta no salió nada más que un sonido gutural y ridículo. La desesperación de Pedro creció amenazando con ahogarlo. En ese momento un llanto le llegó cercano, un llanto que pronto fue sofocado y que se alejó de él. Pasos y silencio.
Una pesadilla. Sí, se encontraba inmerso en una pesadilla pero esta vez no parecía que pudiera despertar.
A duras penas pudo recordar lo último que había hecho antes de verse ahí. Aquella mañana paseó por su barrio tras desayunar en casa. Compró el pan y unos pasteles para su esposa. Un intenso dolor… y nada más. Algo debió de pasarle, un ataque o algo parecido, el caso es que estaba en una cama, sin poder moverse. ¿Cuándo pasó eso? ¿Cuánto llevaba ahí, postrado? Nuevamente intentó gritar y otra vez obtuvo el mismo resultado.
Entonces sintió que alguien se le acercó. El aire se movió cerca de él y un perfume, mezcla de jabón y desinfectante, llenó su espacio y le habría hecho arrugar la nariz si hubiera sido capaz de ello. No, no era desagradable. Era extraño. Una suave mano le cogió la suya, la buena, la apretó con decisión calculada y una voz de mujer le dijo:
—Pedro, sé que me escucha... me llamo Adela y soy su enfermera. Apriéteme la mano si me ha entendido.
Pedro sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas pero no estuvo seguro. Sólo fue consciente de un llanto amargo y doloroso que le atenazaba la garganta. ¡Esa voz, Adela, la enfermera, le hablaba a él, le preguntaba a él! Haciendo un esfuerzo, que a Pedro le resultó sobrehumano, apretó con fuerza la mano que le había rescatado de la oscuridad y del silencio. Adela sonrió con su voz:
—Muy bien, muy bien, Pedro —dijo Adela y rubricó sus palabras con un firme apretón en su brazo—. No se preocupe, está en el hospital y cuidaremos de usted. Su familia espera fuera, su mujer y sus hijos... ahora les dejo entrar.
Pedro apretó nuevamente la mano de Adela y se permitió respirar hondo. Escuchó las explicaciones de la enfermera y lo entendió todo. No fue consciente de que tras sus párpados cerrados las lágrimas corrían por su rostro empapando la almohada. Eso daba igual. Estaba enfermo, sí, pero le cuidarían y afrontaría lo que fuera con su familia. No estaba sólo. Ni un solo instante, durante su explicación,
Adela soltó la mano de Pedro que él apretó como algo suyo, como lo único capaz de sacarle de esa oscuridad que le había engullido. 

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La empatía empieza siempre poniéndonos en el lugar de la otra persona. Si conseguimos hacernos una idea de la circunstancia en que se encuentra será más fácil entender qué le está pasando, cuánto sufre, cuanto miedo o angustia está sintiendo. Y qué debemos hacer como profesionales para acercarnos a él y ayudarle.
Nuestros pacientes no siempre hablan o se comunican con facilidad. No siempre las palabras o las miradas pueden conseguir ese milagro que algunos infravaloran, por aquello de lo cotidiano y habitual, y que no es nada más ni nada menos que comunicar una persona con otra, conectar un pensamiento a otro y darle forma con un sonido o una imagen. Imagínense que les sucede algo como a Pedro, imagínense despertar en un hospital como le ha sucedido a él. Ahora piensen qué les gustaría que las personas que les cuidan hicieran... el resto, se deduce sólo. 
Una mano, el roce de unos dedos en una mano, un apretón cálido en un brazo, una caricia... o una voz pueden darle la vida al que la creía amenazada, dar esperanza al que se creía abandonado y dar luz al que estaba perdido en la oscuridad. Proporcionar consuelo y aplacar el miedo y la angustia. Ese poder tienen los gestos sencillos. Utilicémoslos.
No nos olvidemos de nuestros pacientes cuando los tengamos delante.

Leedlo, por favor... y dejad que nuestras manos se encuentren en la oscuridad.
Espero que os guste.
Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...
Editado 2 de enero de 2015

viernes, 4 de mayo de 2012

Reflexiones: ABLACIÓN DE CLÍTORIS. Brutalidad hacia las niñas


He tratado el tema horripilante de la ablación de clítoris en otros espacios. Pero está claro que pocas denuncias son pocas cuando esto se sigue practicando.
Hace unos días conocimos la noticia de que una niña, de ¡¡sólo 15 días!!, murió desangrada tras practicarle una ablación. Me imagino que una brutalidad de este tipo no puede dejar indiferente a nadie, claro que no. Pero el caso es que esto se sigue realizando de forma impune en decenas de países, sobre millones de niñas -Se practica en 27 países de África Subsahariana, entre ellos Etiopía, Kenia, Nigeria, Somalia y Sudán que supone el 75% de todos los casos (en países como Somalia Yibuti, el 98% de las niñas están mutiladas) y en algunos de Asia.-, una práctica que es una brutalidad en sí misma, pero que persigue otra forma de maltrato silente en nuestra sociedad: el sometimiento de una mujer a los hombres, social, humana y sexualmente. Nos enteramos de los casos de mutilación que se lleva a cabo en países occidentales; el otro día nos enteramos del caso de esta pequeña, de este bebé. Pero imaginen la cantidad de niñas que pueden ser cometidas a esta salvajada sin que nadie se entere, sin que nadie las ayude ni les preocupe. 2 millones de niñas al año; 6000 niñas al día sufren esta barbarie

¿Qué es la ablación del clítoris?
Vamos a conocer en qué consiste esta salvajada. La palabra «ablación» hace referencia a extirpación sin más. Ablación de clítoris consistirá por tanto en la extirpación del clítoris con el ÚNICO fin de que la mujer pierda la capacidad de estimulación u obtención de ningún placer sexual. No busca fines sanitarios o higiénicos -como en algunos casos puede suponer la circuncisión... y que no mutila ningún órgano, sólo la piel (prepucio) que recubre glande-. La ablación del clítoris es una mutilación genital sin más, brutal e injusta, que además se suele realizar sin ningún tipo de anestesia ni medidas higiénico-sanitarias. Si la niña no muere en el proceso -horripilante-, podrá morir, como la pequeña de Colombia, por hemorragia o por cualquier tipo de infección. aunque la niña sobreviva, le quedarán una serie de secuelas, nunca definidas, en su tracto genitourinario que podrán condicionar su salud para el resto de su existencia.

Legalidad de la Ablación.
En España esta mutilación es un delito desde el año 2005. Reino Unido y Suecia -sólo estos dos países de la UE- también lo consideran un delito. Es una actividad rechazada por la ONU y la Unión Europea, además la OMS lo considera una violación del derecho a la salud. Pero, por supuesto en todos los países en los que se practica es algo consentido, practicado y una tradición.
Nosotros como profesionales de la salud tenemos un papel muy importante con respecto a la prevención  y detección -por las consecuencias legales y penales- de esta mutilación. La variedad de población inmigrante procedente de países en los que esta práctica es común nos pueden orientar hacia qué niñas son vulnerables ante esta forma de violencia. Mujeres que dan a luz en nuestros hospitales, que presentan esta mutilación, nos darán la idea de que lo que se les han practicado a ellas, lo podrán llevar a cabo en sus hijas. Las niñas nacidas en el seno de estas familias deben ser consideradas como víctimas probables de esta mutilación. Así las revisiones de Niño Sano en las consultas o la concienciación de estas madres, deben ser actividades de vital importancia para procurar prevenir a toda costa que se lleve a cabo. Ante los preparativos o la inminencia de un viaje deben saltar todas las alarmas. Por eso los profesionales de la Salud deberían trabajar en estrecha colaboración con las Asociaciones que buscan erradicar esta práctica. Por lo menos, un objetivo real podría ser que se eviten las ablaciones de las niñas que residen en los países occidentales. En todos los demás, aún queda muchísimo por hacer... Muchísimo.

PARA SABER MÁS: 


Y, por ahora, nada más.