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jueves, 29 de diciembre de 2011

Memoria de mi enfermera XXXVI: «Lo hemos conseguido...»

Foto perteneciente a ElPais

El cirujano acaba de salir para decirnos que todo ha ido bien. Miro a mi madre y a mis hermanos... en cuanto escuchamos las palabras que tanto ansiábamos oír, hemos respirado hondo, hemos suspirado de alivio. A todos se nos han llenado los ojos de lágrimas y hemos apretado las manos del cirujano y de la cirujana que ha salido después para darnos la buena nueva. Es como si necesitáramos alabar esas manos que han posibilitado que él pueda tener una nueva oportunidad. Hemos reído y llorado a la vez, sin apenas escuchar lo que los dos médicos nos decían: que la intervención ha ido bien, que ha salido de quirófano, que le están acomodando en la sala de trasplantes de la UCI, que nos dejarán verlo en un rato, cuando los enfermeros terminen de arreglarlo... y que ahora, sí, ahora comienza la batalla más difícil: que el injerto se acomode a su cuerpo, que su organismo lo reciba y lo adapte a su estructura y que no se produzca ningún rechazo.
      Rechazo. Quizá la palabra que más terror produce en los que han recibido un trasplante.
      Rechazo. El límite sin definir, que condiciona la diferencia entre éxito y fracaso.
      Rechazo.
    Los enfermeros de la UCI nos indican que podemos entrar a verlo. Pasamos de dos en dos. Nos ponemos bata, mascarilla, calzas y guantes, porque su cuerpo tiene ahora las defensas bajas y cualquier pequeña infección puede ser letal. Nos sonreímos con los ojos por encima del borde la mascarilla. No estamos acostumbrados a ese ropaje y nos sentimos incómodos, fuera de lugar, pero curiosos ante las nuevas sensaciones.
      Lo encontramos acostado, con la cabecera elevada y una mascarilla para el oxígeno que le tapa casi toda la cara. Un millón de tubos entran y salen de su cuerpo que se ve pálido, pequeño, vulnerable; pero fuerte. Fuerte porque ha sido capaz de llegar hasta aquí, después de tantos años de enfermedad y de diálisis.       Después de tantas llamadas que al final no eran para él. De tantas esperas durante horas esperando que ser suplente no sea una condena eterna.
      Sí, fuerte porque esta mañana cuando llegamos nos dio ánimos él a nosotros, aunque su mirada mostraba el miedo que le atenazaba el corazón. Fuerte porque entró en quirófano con una sonrisa y el signo de la victoria entre los dedos, susurrándonos que nos veríamos a la vuelta. Fuerte porque ha aguantado tantas horas de intervención y está ahí, respirando, latiendo, luchando...
Cierro los ojos y tomo su mano que, gracias al cielo, está cálida, llena de ese tacto que tan bien conozco y tanto amo. Él abre los ojos y me mira. El guiño de sus ojos me hace entender que sonríe. Aprieto sus manos más fuerte entre las mías.
      Y me susurra: «lo hemos conseguido»
      Dejo que las lágrimas resbalen por mi rostro sin oponerme. No tiene sentido retenerlas, porque él también llora.
      «Sí, lo hemos conseguido», le digo...
      «Pero ahora viene la lucha más difícil, la más dura y difícil...»


Le dedico este relato a E y ML, que esta semana de Navidad han empezado esta lucha. Mis mejores deseos para los dos
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Con estas elocuentes y bonitas imágenes de la Campaña de Donación de Órganos Francesa, creo que del 2011, termino esta entrada. Donar órganos permite salvar muchas vidas, muchas, y mejorar la situación de muchos enfermos que sufren una auténtica agonía en vida y que con un injerto pueden tener la esperanza de una oportunidad.
      Las estadísticas dicen que España es el país más generoso, claro que sí, lo es. No dejemos de hacerlo ni de serlo, por favor.
      Por último: cuando recibes un órgano acabas con una difícil situación de enfermedad pero, hasta que llegas a tener cierta normalidad pasa mucho tiempo; tras el trasplante comienza una batalla nueva ante la que, por lo general, no estás muy bien preparado: el rechazo, que consiste en que el injerto se muera sin remisión porque tus defensas acaban con él, porque no lo aceptan, lo consideran un «algo» extraño y lo atacan... Y ese rechazo es algo que se debe tener siempre presente. Entender y ser consciente de que, a veces, la batalla se pierde y vuelves a estar, no igual que al principio: peor. Lo saben muy bien muchos, muchos que han pasado por esta agonía. Lo sabe mi amiga Ana, lo sabe mi amiga S. Lo sabe mi querido J... Lo saben tantos y tantos como ellos...
      A todos y cada uno de ellos va también dedicado este pequeño relato, a ellos y a todos los que viven esta complicada situación. Empezar de nuevo, que no de cero, porque cuando se produce un rechazo, se empieza mucho, mucho más atrás...  Y todo es más difícil aún, hasta el hecho de que no te puedan trasplantar de nuevo. Un trasplante es siempre jugársela a todo o nada. Un trasplante es un acto de valor.

Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...
editado 4 abril 2017

jueves, 22 de diciembre de 2011

Memoria de mi enfermera XXXV: «Por Navidad»


Hace tres horas que la encontramos...
Rafaela ingresó por una presunta neumonía. Llegó a urgencias a finales de noviembre, según parece, acompañada de su hija. Pero a la hora de acomodarla en su cuarto, cuando por fin le dieron cama tras dos días en observación, la hija nos dejó su número de teléfono y el de la residencia de ancianos en la que estaba viviendo Rafaela desde hacía seis años. Si pasaba algo grave o si la daban de alta, debíamos contactar con la residencia.
De eso hace ahora casi cuatro semanas y no la hemos vuelto a ver.
Rafaela se mostró, desde el momento en que se quedó sola, como una mujer callada, con un insistente silencio que a muchos hizo dudar de una demencia, pero sus ojos con un intenso brillo de inteligencia rápidamente nos hizo comprender el error de juicio. Guardaba silencio por deseo propio y el motivo era su profunda tristeza. Ahora tengo la certeza absoluta de que así era.
Tras unas pruebas se confirmó el diagnostico: sufría una tuberculosis, por lo que hubo que ponerla en aislamiento respiratorio durante tres semanas, hasta que que ya no hubiera riesgo de contagio.
Me dio pena tener que dejar a Rafaela sola en el cuarto, aislada. Mientras que estuvo con otras pacientes, no hablaba, no, pero se distraía con sus conversaciones o miraba la tele que ella no podía pagar al no tener dinero para ello; su hija no había previsto esta necesidad. Y nadie la visitaba, nadie la visitó jamás.
Pero al dejarla sola en una habitación, aislada, pude ver cómo se marchitaba el corazón de Rafaela día a día. Una mañana, mientras le tomaba la tensión me dijo: «No llego a Navidad, antes me muero...» Sus palabras me helaron la sangre. Le repliqué intentando sonreír, pidiéndole que no se desanimara, dándole esperanzas, diciéndole que no estaba tan grave, que en pocos días se levantaría el aislamiento y podría regresar a casa... «¿A casa?» Y me miró. La enorme tristeza que emanaba de sus bellos ojos marrones me hicieron un nudo en la garganta. No tuve palabras que decir, todas me parecieron vacías, huecas. Tomé sus manos entre las mías y me esforcé en infundirles calor. Y ella me sonrió con una profunda melancolía.
Día a día vi apagarse a Rafaela ante mis ojos. 
Los medicamentos hacían su efecto, su infección mejoraba; los datos eran esperanzadores, su cuerpo se curaba. Así se lo explicaba yo a Rafaela cada vez que entraba y procuraba hacerlo a menudo porque me daba penita verla tan triste y sola cuando cerraba la puerta tras de mí. Entraba cada vez que pasaba por delante de su puerta y no tenía tareas más urgentes que hacer. Me daba igual que tuviera que lavarme escrupulosamente cada vez que entraba y salía. Merecía la pena, porque al entrar la mirada de Rafaela  mostraba las pocas chispas de felicidad que le vi en todo el tiempo que estuvo con nosotros.
Le ofrecí varias veces llamar a su familia. Pero siempre me hacía un gesto negativo con la cabeza.
Anoche la dejé en su cuarto. Mordisqueaba un mazapán cuando salí, deseándole feliz noche y prometiéndole que al día siguiente nos veríamos. Me miró y me dijo «adiós»
Cuando llegué a mi planta a las ocho, fui directamente al control, pregunté por ella y me dijeron que como siempre, con Rafaela no había novedad. Había pasado la noche tranquila. Me puse corriendo la mascarilla, me lavé las manos y entré.
Nada más verla lo supe.
Estaba tumbada en su cama, boca arriba, los ojos cerrados, el gesto tranquilo, con los brazos reposando a ambos lados de su cuerpo. Me acerqué a ella, tomé sus manos y la llamé, pero lo gélido de su piel me hizo saber que ya no me respondería.
Se fue mientras dormía tranquila... y sola.
Y hoy... hoy es Navidad.

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He dramatizado el texto un poco, he cambiado el nombre de la mujer, pero les puedo asegurar que esto fue real... palabra por palabra. No fue paciente mía pero el día que le retiraron el aislamiento, en Navidad, esa pobre mujer se murió, sola y seguro que triste. Y lo vivimos en nuestra planta con enorme pesar.
No sólo debemos mirar a las personas en los hospitales o en los centros de salud y residencias. Podríamos mirar a nuestro alrededor en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Seguro que más de uno está esperando que le miremos a los ojos o le tomemos una mano.
En estas fechas en las que tanto se desea felicidad -muchas veces porque toca o es lo que se dice por costumbre- hagamos que estas palabras salgan de verdad de nuestro corazón y lleguen con calor a quienes lo necesitan.
¡Y Felices Fiestas a todos, pasadlo bien!
Y, por ahora, nada más.

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jueves, 15 de diciembre de 2011

Libro: «SERVICIOS DE AYUDA A DOMICILIO. Manual de planificación y formación»



El libro «SERVICIOS DE AYUDA A DOMICILIO. Manual de Planificación y formación» cuyos autores son Rodríguez, P., Bermejo, L., Marín, J.M. y Valdivieso, C., de Editorial Médica Panamericana (2012) y con el respaldo de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, es una obra que se ha creado para servir de apoyo formativo a los Auxiliares de los Servicios de Ayuda a Domicilio. 

Es esta una obra bastante completa en la que se establece el marco filosófico y social que justifica la necesidad de tener adecuadamente estructurados estos servicios a domicilio como modo de lograr que los ancianos y dependientes vivan en su hogar el mayor tiempo posible. Sus autores establecen de forma harto completa qué requisitos deben tener los profesionales que lleven a cabo las labores más básicas del SAD en su papel de auxiliares y contextualiza la labor de estos profesionales en la estructura de los servicios sociales que las entidades públicas deben proporcionar. 
Me parece una buena obra, creo que es una estupenda herramienta como soporte teórico en la formación de auxiliares del SAD, basado en un modelo de atención integral centrado siempre en la persona, desde todas las esferas del ser humano y procurando siempre, como objetivos fundamentales en tal asistencia: la autonomía y la independencia del asistido. Destaco como elementos muy positivos de este manual que, al final de ciertos capítulos, aparte de bibliografía, aporta una serie de direcciones web que permiten al estudiante ampliar o complementar por sus propios medios los conocimientos aportados en el texto. 

Pero me gustaría destacar una carencia: los autores se detienen en enumerar una serie de actuaciones que en demasiadas ocasiones pasan de forma somera o enumeran demasiado deprisa, sin explicar ciertos cuidados y pautas imprescindibles en situaciones concretas, que un auxiliar de un SAD debe ser capaz de llevar a cabo para una correcta labor en su atención cotidiana. Esto que indico abarca el campo de los cuidados específicos en nutrición, higiene, eliminación y seguridad. En el texto se enumeran una serie de actuaciones en las que los autores no tienen presentes otras alternativas posibles y las posibilidades de darle solución, como en caso de higiene de boca cuando el paciente no colabora ni escupe, la actuación ante erosiones o eritemas en la piel, maceraciones en pliegues, los cuidados de una sonda nasogástrica antes de cada administración y entre horas o su higiene específica, o los cuidados de una sonda de gastrostomía y sus precauciones, los cuidados de los diversos estomas (colostomías y urostomías), cada día más presentes dados los avances en cirugía y los tratamientos paliativos, los cuidados de cánulas de plástico y plata en traqueostomías; los cuidados con sondas vesicales o la forma de cambiar y mantener colectores externos de orina; los cuidados básicos de escaras y úlceras de diversa etiología y grado; la toma de constantes básicas o la medición de glucemias; cuidados en pacientes con oxigenoterapia… por poner unos ejemplos muy básicos -la lista de carencias en este manual sería prolija y extensa-, pero que todo auxiliar debe conocer y controlar a la perfección, dado que son los cuidados que pacientes y familiares llevan a cabo en su propio domicilio. 

Como todo lo expuesto entra dentro del campo de los Cuidados de Enfermería, echo en falta precisamente esto: el aporte de un profesional de enfermería en este manual que aborde debidamente estos temas, dado que es un campo que le es propio y que habría expuesto adecuadamente, en forma de cuidados y tareas concretas, que considero fundamentales para que un auxiliar de un SAD sepa actuar ante lo más habitual que un enfermo o dependiente vive en su domicilio. Sin el aporte de un profesional de enfermería este tipo de manuales siempre estará incompleto.

Y, por ahora, nada más.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Mírame a los ojos, estoy aquí... ¡DIFERÉNCIATE!


El turno acaba de dar comienzo. En el pasillo ya se empieza a escuchar el ajetreo mañanero, el ir y venir de los que acaban de llegar que se mezcla con el caminar cansado y anhelante de los que están deseando irse a casa a descansar porque su turno está tocando a su fin.
Casi huelo a café en la oscuridad de mi habitación compartida.
Y me pregunto si hoy será el día en que mejore de mi enfermedad y pueda irme a casa como se van ellos..., o como te irás tú cuando lleguen las tres. Si hoy será el día... por fin.
Tú te pones el uniforme, aún con el velo del sueño en la mirada y sonríes a tus compañeros en el cambio de turno. Para ti es un día más, una rutina más. Pero para mí no...
Por eso te pido que, antes de entrar en tu servicio, reflexiones un segundo y me digas:
... ¿Será hoy cuando al entrar en mi cuarto me mires directamente a los ojos y me llames por mi nombre mientras me tomas la tensión o me das las pastillas del desayuno o me pones el termómetro o me auscultas el pecho?
... ¿Será hoy el día cuando, al realizar mi aseo, no me quitaréis toda la ropa dejando mi cuerpo expuesto a miradas que no deseo recibir, sintiendo cómo mi vergüenza me deja sin palabras y no puedo reaccionar?
... ¿Será hoy el día en el que me llamarás por mi nombre y no por mi número de habitación o por la enfermedad que sufro?
... ¿Será hoy el día en el que, cuando des tu ronda con sus compañeros, te sientes en mi cama unos segundos y me hables directamente a mí y no a tus colegas o a tus papeles haciéndome sentir un animal de laboratorio?
... ¿Será hoy el día en que cuando me preguntes que cómo me encuentro me mires esperando de verdad una respuesta, invitándome con tus ojos, con tu mirada o tus gestos a que diga de verdad lo que llevo en mi interior, lo que me preocupa?
... ¿Será hoy el día, quizá, en el que al cogerme una vía o pincharme una arteria para sacar una gasometría, si fallas, pidas ayuda al segundo intento y no te emperres en conseguirlo tú mismo por una cabezonería que me deja dolorido, triste y desamparado por tu impericia o tu soberbia?
... ¿Será hoy el día en el que cuando te diga que esa pastilla no me suena o que el médico me ha puesto otra irás a revisarlo al tratamiento y no harás que me la tome con temor, considerando que las dudas que muestro por mi tratamiento no son un insulto a tu capacidad profesional? ¿No crees que tú también puedes equivocarte y que eso no te resta nada en profesionalidad y en tu capacidad, antes al contrario si eres capaz de reconocerlo y prevenirlo?
... ¿Será hoy el día en el que cuando entres en esta habitación con otro compañero para realizar una tarea dejaréis de hablar entre vosotros obviando mi presencia como si de una silla se tratara y me haréis partícipe de vuestra charla o comenzareis una nueva conmigo?
... ¿Será hoy el día en el que aceptarás mi incapacidad para entender ciertos tratamientos o procesos sin irritarte o sin escudarte en datos científicos que ni conozco ni tengo por qué hacerlo?
... ¿Será hoy el día en el que aceptarás sin condescendencia mi temor al dolor o al sufrimiento ante la inminencia de una prueba nueva o de una intervención quirúrgica?
...¿Será hoy el día en que te des cuenta que la frase: "esto no duele nada" es completamente falsa y me acordaré de ella en cuanto me duela y que el hecho de que me la digas no consuela ni reduce mi temor, antes al contrario?
... ¿Será hoy el día en que podré expresar mis angustias, mis miedos, mis preocupaciones sin recibir un suspiro exasperado o una frase hecha?
... ¿Será hoy el día en el que no me trates como a un niño bobo, porque la demencia ha limitado mis facultades o mi intelecto está dañado por otros motivos, y me trates como a un adulto, hablándome como tal pero con palabras sencillas?
... ¿Será hoy el día en el que no me llamarás abuelo ni me hablarás más alto ni me hablarás con condescendencia sólo porque soy ya viejo?
... ¿Será hoy el día...?

Sí, para ti, médic@, enfermer@, auxiliar de enfermería, celador/a, técnic@ de Rayos o Laboratorio, farmacéutic@, administrativ@... es un día más. Para ti soy un paciente más, un caso más, un número más, una enfermedad más en la habitación de siempre, en la planta o en el centro de salud en el que llevas ya muchos años trabajando. Pero, ¿sabes? no lo soy. 
Por eso te pido hoy:

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Todos, como profesionales de la salud o con trabajos relacionados con ella, hemos cometido alguno de los errores que comento más arriba... espero que uno sólo de nosotros no tengamos todos juntos.
Necesitamos un poco de autocrítica porque, en este tema -como en otros-, no siempre hacemos las cosas bien.
Me adhiero a este Proyecto porque creo que, en nuestra labor diaria, deben primar la empatía, la humanidad, el respeto -y no sólo la seguridad, los conocimientos, la pericia y la profesionalidad que se nos exige- hacia nuestros pacientes y usuarios de salud. Sólo de esta forma se puede generar un ambiente positivo de confianza que, por otros medios, no sería posible obtener. Queremos que nuestros pacientes confíen en nuestra labor, en nuestra capacidad y profesionalidad, sigan nuestros tratamientos y acepten nuestras pautas y cuidados, pero esto sólo se puede lograr si les damos algo más. Y ese algo, por desgracia, no se enseña en las Facultades ni en las Escuelas. A veces hay que esforzarse por cultivarlo y conseguirlo cuando no se tiene de forma «natural».
Pensemos en ello; yo creo que es algo que todos podemos lograr. Mi trabajo lo he basado siempre en estos valores y produce más satisfacciones que decepciones.
¿Tú también quieres unirte? Un sólo gesto puede marcar la diferencia...
Y, por ahora, nada más

sábado, 3 de diciembre de 2011

DISCAPACIDAD... que todos los días sea «su DÍA»

Imagen perteneciente a VeraNoticias

Hoy, 3 de diciembre, es el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Creo que este día debería celebrarse a diario. Creo que todos los día deberíamos considerar los derechos de las personas que sufren algún tipo de discapacidad como fundamentales e inviolables, tanto como lo son los derechos de las personas que no sufren nada de esto. 
Dice la OMS:

Alrededor de un 15% de la población mundial, o mil millones de personas, viven con algún tipo de discapacidad.

El público en general y las instancias decisorias ignoran a menudo el gran número de personas que viven con discapacidades y deficiencias en todo el mundo y los problemas que han de afrontar. La misión de la OMS consiste en mejorar la calidad de vida de esas personas mediante actividades nacionales, regionales y mundiales, y en promover la toma de conciencia sobre la magnitud y las consecuencias del problema.
La jornada tiene por objeto dar a conocer mejor los distintos aspectos de las discapacidades y concitar apoyo a la dignidad, los derechos y el bienestar de las personas con discapacidad. Se pretende también realizar un trabajo de sensibilización sobre las ventajas que pueden derivarse de la integración de las personas con discapacidad en todas las facetas de la vida.

He tratado el tema de la discapacidad en varias ocasiones. En todas esas veces he intentado destacar lo mucho que enriquece a nuestra sociedad el aporte de todas las personas que la componen, sean como sean. Creo que una sociedad que integra los logros obtenidos por todo tipo de personas, que fomente la diversidad, es una sociedad rica y excepcional. Debemos luchar juntos por ello.

No es este el lugar donde suelo reivindicar ciertas cuestiones, pero esta vez voy a hacer una excepción. La crisis está llevando a muchos gobiernos, no sólo en España, sino en el mundo entero, a realizar drásticos recortes en sus economías. Ello hace que se «reajusten presupuestos» y se reduzcan o directamente se anulen las partidas destinadas servicios sociales, a personas con necesidades especiales -en este caso discapacitados-. Esto hace que ellos y sus familias pasen a ser muchísimo más vulnerables de lo que ya son, con el correspondiente riesgo de exclusión social y/o pobreza. Los reajustes presupuestarios se pueden aplicar a muchas otras partidas que no sean Servicios Sociales, Dependencia, Sanidad o Educación. Cuando recortamos en estas necesidades sociales básicas, corremos el riesgo de incurrir en una enorme desigualdad e injusticia social.
Espero que los distintos gobiernos, es especial los autonómicos y el gobierno central español, en pleno apogeo de recortes, sea capaces de entender esto, porque últimamente no lo son. 
Y, por ahora, nada más

jueves, 1 de diciembre de 2011

SIDA, OBJETIVO: PREVENIR

Hoy se celebra el Día Mundial de la lucha contra el Sida.
La OMS y el Ministerio de Sanidad español aportan datos estadísticos en este sentido.
Ya he tratado el tema con anterioridad en este blog y no voy a repetirme. El problema que se observa con respecto a esta enfermedad es:
  • El que se haya convertido, gracias a los avances científicos (médicos y farmacológicos) en una patología crónica, en la que Sida ya no es sinónimo de muerte segura, ha conseguido que la sociedad se relaje con respecto a la prevención de esta infección.
  • Se sigue creyendo que ciertas prácticas sexuales no son de riesgo con respecto al contagio del Sida
  • Se sigue confiando en la palabra de la pareja de turno y se practica sexo sin ningún tipo de protección, sencilla y llanamente porque la persona con la que deseamos tener sexo "no aparenta tener la infección", explicación, por llamarlo de alguna manera, que nos pone los vellos de punta. Nadie infectado con el virus del Sida tiene una apariencia concreta. Y se contagia hasta entre parejas consolidadas...
  • Se sigue asociando Sida con ciertos grupos sociales: homosexuales, drogadictos... Esto es un error enorme, que podemos asociarlo con la afirmación anterior. Todos podemos infectarnos con el virus del Sida, por una vía u otra. Todos somos grupo de riesgo.
  • Los jóvenes siguen teniendo un enorme desconocimiento con respecto al sexo en general y la posibilidad de contagio del Sida y otras enfermedades de transmisión sexual, en particular. Mucha de la responsabilidad de este desconocimiento la tenemos los padres. La educación sexual debe ser precoz y en el seno de la familia, con los padres como principales educadores. Por supuesto, en el colegio y en los institutos, harán su labor educativa, pero la educación sexual es responsabilidad de los padres.
La vacuna del sida es cada día más una posibilidad. Ciertos datos que se pueden ver hoy en los medios hablan en este sentido. Pero, de todas formas, la mejor manera de evitar el contagio es conocer como se trasmite y poner los medios necesarios para evitarlo. Mientras que se demuestre lo contrario, el mejor medio para evitar el contagio del Sida mediante las relaciones sexuales es el preservativo. 
Insisto: prevención, prevención, prevención...
Y, por ahora, nada más.