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viernes, 22 de julio de 2011

Memoria de mi enfermera XXXII: "Desde mi balcón"

Foto: Escalera de sal. Autora: LolaMontalvo (c)

Miro la calle desde mi balcón.
Hace un día muy bonito. La primavera hace semanas que llegó y el calor ya acaricia los árboles y abre los pétalos de las flores. Los días van siendo más largos y las tardes, cálidas y suaves invitan a estar en la calle, paseando, recibiendo la caricia de la brisa...
Miro la calle y se me llenan los ojos de lágrimas. Me gustaría estar abajo, sentada en ese banco de ahí, mirando a los niños comerse el bocadillo mientras sus madres les recuerdan que mastiquen bien, dando las migajas a los gorriones regordetes que picotean entre las hojas.
Miro la calle...
Me arrebujo lo mejor que puedo en mi silla de ruedas. El empapador de felpa me ha hecho una arruga en algún lugar y me roza la piel de los muslos. Mis torpes dedos apenas pueden estirarlo y sujetar la manta de cuadros escoceses que me han colocado sobre las rodillas. Me enjugo las lágrimas con el dorso rugoso, seco y agrietado de mi mano.
Sí, me gustaría estar ahí abajo, ser aún joven y pasear hasta que la luz vespertina fuera una suave bruma dorada que perfila los edificios en el horizonte.
Pasear, pasear...
Llevo en esta silla seis años. Seis años hace, en los que dejé de caminar... ¡qué más da por qué! Sólo salgo cuando me pongo enferma y me tienen que llevar al hospital y me tienen que bajar de cualquier manera por la escalera. Me siento presa; me recluye mi casa, mi cuarto piso sin ascensor.
Llevo seis años sin salir a la calle... mirando la vida pasar despacio desde este balcón. Envidiando las primaveras y los calurosos veranos, deseando mojarme en la lluvia de los frescos otoños... Viendo cómo me llega el fin en este invierno que nunca acaba...
Seis años sin salir a la calle. Dependiendo de que me cuiden, de que me atiendan. Sé que sólo saldré cuando mis días se hayan acabado... Hasta entonces, sola, miraré la vida pasar desde este balcón.

Tengo un relato corto «TRAS LOS CRISTALES DE AQUEL BALCÓN» (en descarga gratuita) que trata el tema con más detalle.

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Las casas pueden llegar a ser los calabozos de las personas con movilidad reducida. Sobre todo los bloques antiguos de viviendas en los que aún no hay ascensor o las casas en las que un generoso tramo de escaleras suponen un obstáculo insalvable para una persona con movilidad reducida y, más si es un anciano; en ambos casos su aislamiento social podría llegar a ser absoluto.
Hay ancianos que, aún viéndose limitados en su capacidad para valerse, no desean dejar su casa, no desean o no pueden irse a una residencia geriátrica y su vivienda termina convirtiéndose en su calabozo personal de por vida. Dependen de otros para su abastecimientos más básico y para que se les ayude en las actividades más básicas. Algunos tienen hijos. Otros, no.
En los pueblos, hasta ahora, las posibilidades de que a un anciano le pase esto son algo menores por la relativa solidaridad vecinal que aún está en uso. Pero en las ciudades esto sucede cada vez más, sobre todo en aquéllas viviendas antiguas que aún no tienen ascensor. A veces hemos leído en prensa o nos ha llegado por algún medio que un anciano ha parecido muerto en su casa y nadie se ha enterado y así ha estado así, sólo, durante semanas o incluso meses.
Es labor de Enfermería en atención primaria el reconocer a la población conocida como Ancianos Frágiles o de Alto Riesgo, ancianos con los que hay que trabajar, aplicarles una serie de cuidados y poner en marcha todos los recursos socio-sanitarios precisos para que su situación no llegue a agravarse, se detecte este problema en cuanto suceda y su situación no suponga un aislamiento.
Sí, los profesionales de la salud tenemos nuestra labor en este problema, pero también las personas de a pie tienen una labor, llamémosla, solidaria. El hacer lo posible por conocer a nuestros vecinos y prestar ayuda a los que puedan precisarla... aunque no la soliciten. sobre todo ahora, en verano, cuando muchos se van de vacaciones y las casas, los bloques y las comunidades se quedan casi vacías.
Y, por ahora, nada más.

Para profundizar un poquito más en el tema:

6 comentarios:

CumbresBlogrrascosas dijo...

Pese a la tristeza que emana del introito de esta entrada, resulta una maravillosa y sensible combinación de "La ventana indiscreta", "Entre visillos"y "Maradentro". Me pregunto muchas veces cómo podemos encontrar tanta belleza en la aflicción... ¡Somos tan extraños!

En cuanto a la miga del post, estoy completamente seguro de que nos estamos desnaturalizando cada vez más como hijos, como amigos y como vecinos de las personas que nos rodean y que, en mayor o menor medida, forman parte de nuestra vida, y no sé si es por falta de sentimientos o por la formación de una costra de prevención e indiferencia cada vez más gruesa que no deja que afloren esos sentimientos.

Yo estoy criado en una familia en la que se cuida de los pequeños y de los mayores, y no concibo el abandono bajo ningún concepto, e inculcaré estos valores a mi hijo, aunque no sé qué es lo que ocurrirá conmigo cuando esté necesitado de ayuda para las tareas más básicas, pero creo que esto, como todo, es una cuestión de educación. Lo que les ocurre a muchos de estos ancianos no es que no tengan a nadie, sino que les han dejado de lado. Está muy bien —está fenomenal— que haya profesionales de los servicios sociales, de la sanidad, incluso de la caridad, que se ocupen de estas personas, pero lo que es verdaderamente lamentable —mucho— es que la mayoría de estos ancianos tiene familia, una familia que los deja arrinconados, que los abandona a su suerte y, contra esto ¿qué podemos hacer?

Creo que aquí serían insuficientes las enseñanzas oficiales al respecto, en el caso de que las hubiere, porque ¿qué valores vas a inculcar a un niño, la familia del cual tiene unos abuelos a los que no se les va a ver nunca ni se les hace el más mínimo caso? Esos abuelos, ciertamente. lo tienen muy crudo. Si encima están impedidos, como es el caso que nos ocupa en esta entrada, apaga y vámonos.

Yo creo que este es un asunto que va a más (a peor), lamentablemente.

Beso.

Juanma dijo...

Si alguien dijo que vivir era fácil, metió la pata hasta arriba, ¿verdad?

Enhorabuena por el relato, querida Lola, y muchos besos.

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Ojú, tiene guasa el tema Lola.
Un beso

Lola Montalvo dijo...

CUMBRES: querido Javier, todo lo que explicas es cierto y muestra mucho de tu calidad humana. En esta vida, en la que las exigencias sociales nos vuelven cada vez más egoístas, nos llevan -obligados o no- a dejar de lado a los que en su día se ocuparon de nosotros y que en este momento nos necesitan. Tendemos a verlos como una carga, una molestia y, desgraciadamente, a veces, se les abandona sin ocuparnos de valorar si sus necesidades se ven cubiertas o no. En este caso planteo la situación, no infrecuente, de ancianos que están completamente solos: no tienen hijos ni familia cercana y dependen de los que viven cerca de ellos; sus vecinos y amigos. También quiero destacar la capacidad que tiene una vivienda de convertirse en una celda cuando presenta barreras arquitectónicas insalvables para ciertas personas con discapacidad. El esfuerzo que debe en este casos realizar los servicios sociales para encontrarles una residencia acorde a sus necesidades, algo que no siempre se hace... por falta de recursos, por dejar en un segundo plano la trascendencia social de estos problemas... ¡quien sabe!
Quiero, en definitiva, lanzar una llamada de atención para que miremos a nuestro alrededor y no nos olvidemos de quienes nos pueden necesitar.
Muchas gracias por tus comentarios, Javier. Besos miles.

Lola Montalvo dijo...

JUANMA: la vida no es nada fácil, es verdad. La vida, más aún, a ciertas personas puede resultarle una tarea extremadamente complicada de forma cotidiana. No todos tenemos a quien nos cuide y la soledad es un mal cada vez más extendido, una mal de difícil solución...
Besos miles, Juanma, y gracias.

Lola Montalvo dijo...

MIARMA: tú lo has dicho, Rafael. Pero creo que la sociedad, esta sociedad que nos pide de forma constante parte de nuestros sueldos y que nos pide de hagamos esfuerzos constantes por empujar el carro, tiene la obligación de devolvernos lo «prestado» cuando la vida nos muestra su peor cara. Los servicios sociales y los recursos a este «apartado» deberían de tener prioridad... ¡siempre!
Besos miles y muchas gracias por opinar, Rafael.

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