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jueves, 28 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera XIX: "Mi vocación"

Supongo que después de tratar el tema de la vocación en las profesiones sanitarias lo justo y adecuado sería hacer una exposición pública de la mía, mostrar en qué punto me encuentro después de 21 años de profesión -bueno, también trabajé un tiempo como auxiliar de enfermería, osea que serían algunos más-.
Os abro mi corazón... de enfermera.
Siempre, siempre, desde que tengo uso de razón, quise ser enfermera. Tuve una época, que duró poco la verdad, en la que creí querer ser policía, piloto de helicópteros o soldado... ¡Sí, fue durante poco tiempo!
En mi familia la capacidad económica fue muy limitada, por lo que eso de estudiar bachillerato y una carrera universitaria se encontraba descartado, por ello mis expectativas se decantaron por la FP... ¡gracias al cielo! Estudié Auxiliar de enfermería y Técnico de Laboratorio y con la nota obtenida, pude, por fin, acceder a la Escuela de Enfermería de la Complutense, donde gracias a una beca, pude sacar mi carrera en tres fabulosos añitos.
Mi vocación crecía y crecía por sí misma. Estudiaba lo que me gustaba y mis estudios de FP sólo consiguieron darme la razón: lo mío era ser Enfermera.
Cuando finalicé mi carrera me ofrecieron un contrato en el Clínico de Madrid, llamado hoy San Carlos. Recuerdo, y en el inicio de mi novela lo plasmo con toda fidelidad, ese primer día como si hubiera sido ayer mismo: esa angustia, esa responsabilidad que una cree que le viene grande, ese miedo al error. Pero ese temor de los primeros días, normal y habitual en las personas a las que les importa lo que hacen, pasa y en su lugar va creciendo una seguridad en la propia labor y un enorme gusto por el trabajo bien hecho, por superarse, por saber más y mejor. ¡¡Una gozada!!
Terminé ese contrato y durante algo más de 5 años estuve en un servicio de Medicina Interna en otro hospital de Madrid. Me encantaba mi trabajo. Me esforzaba a diario y me encantaba la labor bien hecha. Aprendí mucho de mis compañeros y llegó un momento en el que parece que la que aportaba algo de lo que aprender fui yo misma.
Aprobé una oposición en el IMSERSO y trabajé otros casi 5 años en un Centro de Minusválidos Físicos en la provincia de Madrid. Allí el trabajo era menos bonito, más rutinario, pero igual de complicado y de esforzado. Fue una época de trabajo en equipo con unos profesionales como la copa de un pino. De allí pasé a otro hospital madrileño unos meses y, al final, me fui de Madrid.
He de decir que yo terminé la carrera en un momento en que no había paro y que fui interina unos años y dejé de serlo para ocupar mi plaza en propiedad, obtenida por un concurso oposición. Nunca sufrí bolsa de trabajo alguna en Madrid
Me trasladé a una provincia andaluza y topé con el SAS.
Aquí ya no volví a ningún hospital, trabajé todo el tiempo en centros de Salud, la mayor parte del tiempo en pueblos lejanos a la ciudad en mayor o menor medida a nivel físico, pero a nivel espiritual a una distancia como de la tierra a la luna. Eso era, en ciertos casos, el lejano oeste.
En este trabajo, por lo menos durante el tiempo que yo lo llevé a cabo durante unos 4 años o algo más, sufrí de todo. Predominó el buen ambiente en los 5 pueblos en los que laboré, trabajé con muy buenos profesionales y me gustó mucho, mucho lo que hacía. Pero en dos pueblos en concreto, tuve la mala suerte de trabajar con compañeros enfermeros que dejaban mucho que desear, por decir algo que no sea ofensivo. Yo estaba acostumbrada a trabajar en equipo; pero allí viví días en las que estaba hasta el cuello de trabajo: urgencias unas detrás de otras, avisos, salas de curas con una media de 60 números, decenas de visitas programadas a domicilio... A veces alguien me ayudaba, cierto, pero otras muchas vi a algunos compañeros sentados en la sala de estar comiendo pipas o en el bar tomando cañas sin importarles nada más.
Reconozco que no aguanté. Soporté en uno de esos dos sitios en concreto tanta tensión con dos enfermeros, uno de los cuales era agobiante, acosador de mi labor, insultante, difamador, grosero... y otras cosas más que me guardo, que cuando me ofrecieron un contrato largo en ese centro de Salud... ¡lo rechacé!
Lo rechacé y me borré de la bolsa del SAS. También esta dichosa bolsa y el desprecio que hace de los profesionales que en sus listas se encuentran tuvo mucho que ver con mi decisión (pero no viene al cuento mi vicisitudes con la bolsa del SAS... algún día, quizá algún día explique su política nada justa de contratar en mis tiempos)
Sentía mi vocación en estado de coma y con pocas posibilidades de recuperación. Derivé mi vida laboral hacia otras profesiones, como bibliotecaria, presentándome a oposiciones que no aprobé. Conseguí contratos de docencia para impartir cursos de FPO de auxiliar de Geriatría y de clínica que me tuvo ocupada varios años. Me presenté a otras oposiciones, esta vez de enfermería, que aprobé. Este es el trabajo que llevo realizando desde hace otros, algo más, de 4 años.
Sí, mi vocación estuvo a punto de morir. Pero hoy está sana y fuerte, entusiasmada, pero resabiada y desconfiada. Cuando creí que ya no deseaba ser enfermera, llena de dolor y casi amargada por ello, empecé mi primera novela... terapia que me vino muy bien para hacerme recordar por qué elegí esta profesión y no otra y me trajo a la memoria lo que yo disfrutaba con mi labor, lo que me esforzaba porque estuviera bien hecha, la satisfacción y las amarguras sanas que me reportaba. Sí, tuve que recordarlo... para volver a saborearlo.
Y hoy, nuevamente, ya no deseo ser otra cosa. Cierto que mi trabajo hoy día no tiene nada que ver con mis inicios. Es verdad. Pero disfruto con lo que hago y me gusta. Me encanta ir todos los día a trabajar, me gusta el trato con mis pacientes, sus dudas, sus inquietudes que procuro solventar y me gusta estudiar para ponerme al día. Me encanta a lo que ha llegado esta profesión
Sí, mi vocación ha resistido.
Pero ¿qué habría pasado si se hubiera muerto? No, no lo sé.
Lo único que puedo afirmar bien alto es que, en mis momentos más bajos, mi trabajo con mis pacientes jamás se vio resentido, jamás dejé de intentar hacerlo bien, jamás me relajé ni ignoré las necesidades de los usuarios que estaban a mi cargo... y fue ese ralentí tan alto en el que me encontraba el que no pude soportar. Aún así, me retiré un tiempo de la enfermería asistencial porque me daba miedo hacer mi trabajo mal, no estar a la altura, obviar cosas importantes. Y ahora me alegro de dejarlo, pero en su día lloré amargas lágrimas, creanme. Porque la Enfermería, para mí, lo era todo... yo no podía, no entedía ser otra cosa.
Esta es mi historia... mi vocación, pasado y presente. Siento haberme extendido tanto.
Y, por ahora -¡uffffff!-, nada más.

jueves, 21 de octubre de 2010

Reflexiones: Vocación

Creo que a cualquier profesional de la salud: médicos, enfermeros, psicólogos... se les puede pedir muchas cosas en el desarrollo de su profesión. Pero creo que la principal, la que debería primar por encima de todas es vocación.
A estas profesiones se puede llegar por diversos caminos, unos más lógicos que otros. Leí hace poco que con el boom de las series televisivas de médicos y hospitales se había desencadenado una avalancha de solicitudes para las diversas facultades, de tal forma que, tanto Medicina como Enfermería eran las carreras más demandadas. Supongo que, los que se lanzaran a estas profesiones impelidos SÓLO por una serie de TV, se llevarían un chasco tremendo. No voy a entrar en detalles, pero ya he manifestado con anterioridad mi opinión de que las series televisivas no muestran la realidad de nuestros hospitales. Sólo son eso: ficción.
En estas carreras hay que estudiar muchísimo, muchísimos años. En Medicina, tras la larga carrera, viene el MIR; unos 5 ó 6 años más de duro trabajo y estudio, tiempo durante el que no tienes opción a trabajo estable y pocos se plantean formar una familia o tener hijos hasta que finalizan. Después hay que buscar trabajo...
En Enfermería pasa algo similar, pero para el desarrollo de nuestra labor aún no es necesario las especialidades -aunque sí muy recomendables, por lo menos cuando se regularice su existencia-.
En ambas profesiones NUNCA dejas de estudiar y formarte. Y es muy recomendable llevar a cabo programas de investigación, que requieren más esfuerzo aún.
El sueldo no es para lanzar cohetes, precisamente. Los horarios en la mayoría de los casos, tampoco.
No se tiene un trabajo fijo/estable hasta que han pasado mínimo de 10 a 15 años... y a veces, ni después de ese tiempo se consigue, dado que, casi siempre, es preciso realizar oposiciones para los puestos en sanidad pública. Oposiciones en las que de nuevo debes estudiar hasta desollarte los codos para conseguir algo.
Luego viene eso de ver sangre, de ver heridas, de tener que convivir con los aspectos más feos y desagradables de lo que suponen cuerpos humanos desde sus diversos aspectos biológicos, sanos y enfermos, cerrados y abiertos. Es cierto que hay que tener cierta dosis de lo que algunos de una forma muy fea llaman estómago, cualidad que muchas veces se tiene de forma natural y otras viene dado por la costumbre... porque sí que es verdad que a todo se acostumbra uno.
En este desgrane de lo que suponen las profesiones de la salud no hay que olvidar que todos debemos, más pronto que tarde, tratar con el público, con personas que no están casi nunca en su mejor momento, que se encuentran angustiados por su situación o son los familiares de alguien enfermo. Trabajamos con personas en su peor momento, en aquéllos en los que el dolor o el miedo es lo que predomina y que hace complicado la relación. Para tratar con las personas en estas situaciones hay que tener cierta dosis de tolerancia, de empatía, de comprensión que te lleven a aceptar al otro reaccione como reaccione. Pero también una gran dosis de diplomacia, de mano izquierda, de saber capear el temporal cuando las cosas pintan feas y te ves frente al típico energúmeno que exige y protesta e insulta o, incluso, agrede verbal o físicamente. Todas estas herramientas no te las proporcionan en la carrera: te las debes conseguir por ti mismo, con mucha paciencia y mucho coraje. Y no es fácil, se lo aseguro.
Otro aspecto importante es que estas profesiones se llevan a cabo en equipo, es decir, se trabaja con otros muchos compañeros de otras muchas disciplinas profesionales: psicólogos, farmaceúticos, celadores, auxiliares, limpiadores, pinches, trabajadores sociales... junto con profesionales de la enfermería y de la medicina. Y hay que saber trabajar en equipo, hay que saber respetar y valorar el trabajo de los demás. Cuando un paciente es dado de alta con éxito, ese éxito es el resultado de una labor conjunta... que muchos, equivocadamente, SÓLO ven como resultado del trabajo del médico. No sólo por parte de los pacientes y usuarios, sino por parte de algunos médicos.
Visto esto que planteo desde el punto de vista de la formación, pensarán que nadie es capaz de sobrellevar estas profesiones de la salud si no es con vocación... ¿verdad?
Pues se equivocan.
Muchos médicos, muchos enfermeros... hombres y mujeres, terminan sus carreras y su formación, sin la más mínima vocación, impelidos por unas expectativas falsas, quizá obligados por unas circunstancias que les impide arrepentirse o quizá amparados en la idea de que con el tiempo «el gusto por esto» llegará sólo, como esa pareja que se casa sin amor convencida de que el amor llegará con la convivencia... ¡en fin!
Todos queremos que nos atiendan médicos y enfermeros competentes, que sepan qué se traen entre manos, que se formen a diario en los nuevos avances de la ciencia para posibilitar una atención mejor y de calidad. Que sean simpáticos, que sean amables, que se tomen nuestro padecer como el más importante de la ciencia médica y que sepan dar respuesta a nuestras inquietudes y necesidades de una forma eficaz, eficiente y efectiva.
Pero todos sabemos que esto no siempre es así.
He afirmado en muchas entradas de este blog, que predominan los buenos profesionales frente a los que no lo son. Eso no sólo lo digo, sino que lo afirmo, lo aseguro y lo rubrico donde sea.
Pero, por desgracia, existen muchos malos profesionales de la salud a los que las personas, sus enfermedades o su salud, los avances médicos y de enfermería les trae sin cuidado.
¿Por qué -me imagino que se preguntarán- están estas personas desarrollando dichas profesiones si no valen para ello? Pues yo me pregunto lo mismo, sí. Algunos comenzaron con vocación pero tras un número de años trabajando en precario, la rutina, las malas condiciones, el nefasto sueldo o las escasas expectativas se quemaron como brasas y su vocación se murió irremediablemente. Otros muchos no la tuvieron nunca, nunca.
Creo y es mi opinión que quizá se podría hacer algo para filtrar a los que acuden a estas profesiones buscando un nosequé pintoresco y los que de verdad se ven motivados por una vocación sincera. Creo que nos encontramos ante unas profesiones de gran responsabilidad que no debería llevar a cabo cualquiera y hay muchos que están y no debería.
Supongo que con esto que afirmo muchos compañeros de profesión se me echarán encima y me regañaran por decir esto. Pero es lo que pienso.
Llevo 21 años meditando y ésta es mi conclusión: se debería hacer algún tipo de psicotécnico o similar, no sé. Al igual que lo hacen policías, militares, pilotos de aviones y usuarios de armas de fuego.
Y ya está... acabé.
Y, por ahora, nada más.

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jueves, 14 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera: XVIII: "Enfermera de Atención Primaria"

En esta entrada quiero contar cómo se trabaja como enfermera de Atención Primaria en los pueblos. Yo hice ese trabajo durante algo más de 4 años. Es un trabajo complejo, en el que la organización del profesional depende en gran medida de las posibilidades de los pacientes en sus domicilios, porque gran parte del trabajo se realiza en las casas, en los hogares de los pacientes. Me he permitido extraer un fragmento de mi novela A ambos lados (2008) para mostraros esta cuestión. La protagonista, Marian, antes enfermera de hospital, ahora trabaja en el centro de salud de un pueblo de la sierra granadina. Está embarazada y nos cuenta...

«Estamos ya en otoño pero hace un calor impresionante. Siento cómo me late el corazón a lo loco en el pecho por el esfuerzo. Tengo el coche aparcado en lo alto de una empinada cuesta, de una empinada calle del pueblo por lo que con el abultado y pesado maletín colgado en bandolera y la incipiente barriguita que es casi el doble de lo que corresponde para las fechas en las que me encuentro, me da la sensación de que estoy escalando el Moncayo. Me detengo un momento a tomar aire. El bebé me da una enorme patada que me obliga a doblarme. Me paso una mano por la barriga y no se repite ningún golpe más. Aprovecho para consultar mi dietario. Aún me quedan dos visitas programadas más, cada una en una punta del pueblo. Matías, un paciente de dieciocho años con una distrofia muscular muy grave que le ocasiona una importante insuficiencia respiratoria al que le han realizado hace unas semanas una traqueotomía y colocado una cánula conectada a un estimulador de la respiración. Su madre aún no se atreve a cambiarla ella sola y voy yo cada vez a ayudarla hasta que se vea capaz de hacerlo por ella misma. La otra es Margarita, una mujer de ochenta años, postrada en una cama desde hace quince, que padece todo tipo de patologías crónicas junto a una demencia senil. Su incapacidad de moverse por sí misma y de poder ser levantada de la cama le ha llenado el cuerpo de úlceras, escaras de grado III y IV brutales, a las que casi no doy a basto de curar y a la que debo visitar a diario. Necesita dos curas al día pero las de la tarde-noche se las hace su nieto cuando llega de trabajar del campo.

No sólo se aprende de los pacientes cuando se les ve ingresados en los hospitales, sino que es impresionantemente enriquecedor verlos en sus casas bregando a diario con sus enfermedades y sus pesares. El medio hospitalario es alienante para los seres humanos y son los pacientes los que se deben adaptar al mismo; nosotros los vemos con sus pijamas azules con el logo del hospital grabado en el bolsillo superior y nos resultan, demasiadas veces, seres sin rostro y con una enfermedad concreta que van y vienen en una sucesión sin fin. Sin embargo, en sus domicilios eres tú, el profesional sanitario, el extraño y tú el que se debe adaptar a sus peculiaridades, a sus posibilidades, a sus escasos recursos técnicos y humanos, a sus hogares de dimensiones variantes y llenos de olores y colores que los distinguen siempre de los demás. En ese medio siempre cambiante debes contar con ellos, enseñarles a hacer determinadas técnicas para que sus vidas sean más llevaderas o más fáciles, si eso es posible y por desgracia no siempre lo es. Y cuando sales de sus casas alguien siempre te acompaña a la puerta para verte partir, en ocasiones contando con ansiedad las horas para que llegue el momento en que vuelvas a llamar a su puerta.

Suspiro.

Cierro mi dietario y lo guardo en el maletín. Continúo el ascenso de la vertical K-2 del pueblo.

No se me debe olvidar que a las dos de la tarde he quedado en mi consulta con Adriana una mujer de cuarenta años a la que han diagnosticado hace poco de Diabetes tipo II y a la que debo enseñar a realizarse los controles de glucemia. Objetivo, que la paciente sea capaz de ser autónoma, que sea capaz de manejar su dieta y sus pastillas por sí misma, darle herramientas que le ayuden a controlar su enfermedad y a solucionar los imprevistos más leves. Proporcionarle un conocimiento que le dé seguridad, autonomía y reduzca la ansiedad, lo que a su vez mejorará el control de la enfermedad en sí…

Me detengo nuevamente, saco una botella de agua, doy un generoso trago que la vacía más allá de la mitad y sigo mi lento ascenso. Miro al suelo mientras camino, mejor no mirar el largo trecho que aún me queda.

Sí, me gusta este trabajo. Es un gran reto para una rata de hospital como era yo. Pero, ¡por Dios! A quién se le ha podido ocurrir poner unas cuestas tan empinadas como éstas.»

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Os aseguro que el trabajo que se lleva a cabo en este medio es el gran desconocido de la Enfermería. Las visitas se hacen con el vehículo propio, muchas veces no se tiene horario y, entre medio, surgen no pocas urgencias, incluso accidentes de tráfico, que se atienden a pie de carretera con escasos medios. Espero haberos acercado un poco más esta labor tan importante que nuestros profesionales llevan a cabo a diario.

Y, por ahora, nada más.

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera XVII: Recordar... me

Me miro al espejo.
Mi mirada se pierde en ese rostro arrugado y extraño. Que no conozco, que no considero propio.
Y me asusto y me angustio y me aterrorizo... ¿Dónde estoy? ¿Quienes son esas personas que me rodean, que se acercan a mí, que quieren tocarme?
Y lloro. Lloro mi miedo, mi pérdida de mí, mi angustia de mi interior desconocido.
Miro mis manos, pero yo las recordaba más jóvenes, suaves, blancas y tersas. No son mis manos. Busco con la mirada a mi madre, su amado rostro de sonrisa fácil. Busco el consuelo de su mirada arropándome desde lejos. Creo vislumbrarla en ese rostro que se acerca a mí con una sonrisa inquieta.
Pero sólo encuentro desconocidos, manos que me agarran, palabras que no entiendo... ¡Y grito! Grito y me sujetan y me pinchan y me amarran y... lloro. Lloro por mi miedo, por mi pérdida, por mi angustia.
Cierro los ojos porque la oscuridad me engulle y su vértigo me atenaza.
Despierto.
Miro mis manos. Y suspiro de alivio. Reconozco mis manos, arrugadas y llenas de manchas y grietas, resultado de cincuenta años de duro trabajo. Siento a alguien a mi lado... ¡mi hija! Que me acaricia el rostro y me besa y me baña con sus lágrimas que reconozco amargas por su sufrimiento diario. Por su pena, por mí. Me duele que sea yo quien le hace llorar con tanto dolor.
Y recuerdo.
-¡Hija -le digo con un susurro que amenaza llanto-, no llores hija!
-¿Sabes quién soy, lo sabes? -me pregunta ella con un temor en la mirada que me parte el corazón.
-¡Sí -respondo tragándome a duras penas la angustia-, ahora en este momento te recuerdo! ¡Me recuerdo!
Y me abraza y me besa y me acaricia el arrugado rostro que ahora sé que me pertenece, que es el resultado de una vida... Ya pronto no me recordaré. Pronto ya no volveré a recordarla. Me sumergiré para siempre en la celda de mis recuerdos, esos en los que siempre seré joven...
Perderé para siempre lo que he sido, lo que soy.
Tengo miedo de que llegue ese día, mucho miedo, sí.
Cierro los ojos.
Noto unas manos que me apresan, un cuerpo que me aprieta, unos labios desconocidos que me besan y me agobian.
Miro ese rostro que no conozco y en el que leo pena, pesar y le pregunto:
- ¿Quién eres?
---ooo000ooo---
Las demencias se llevan toda la esencia de las personas: su memoria.
Imaginen mirarse al espejo y no reconocer el rostro que te devuelve la mirada.
Imaginen a esa familia no viéndose reconocida en esos ojos, los ojos de un extraño.
No me extiendo más.
Y, por ahora, nada más.

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