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jueves, 30 de septiembre de 2010

Comienza un nuevo curso de Grado

Por estas fechas comienza el nuevo curso en las universidades españolas. Y este año es algo distinto con respecto a los anteriores: por primera vez comienza de forma generalizada el curso universitario en Enfermería siendo un Grado, es decir, el equivalente a una licenciatura.
Eso es, sin duda alguna, un gran hito en la Historia de Enfermería en España, desde que Florencia Nightingale proporcionara los primeros cuidados de enfermería como tal en la Guerra de Crimea. El papel de la Enfermería en nuestra Sanidad, en los cuidados de Salud-Enfermedad ha alcanzado en los últimos años una enorme relevancia, tanta que ya se hacía necesario este cambio, para mejorar su formación. Los conocimientos que se imparten y se adquieren durante la carrera de Enfermería son tan extensos, tan variados, tan intensos... que se hacía imprescindible que se aumentara el número de créditos. Por fin se ha conseguido.
Algo que, por otro lado, ya existe en muchos otros países desde hace muchísimos años. España es de las últimas en adoptar esta titulación.
Ahora, con la nueva titulación, muchos de los que hemos estudiado la Diplomatura nos debemos aplicar para convalidar nuestro antiguo título y aumentar el número de créditos para que nos reconozcan como licenciados. Ahora, muchos de los que miraban a la Enfermería como la hermana menor de la Sanidad y de los cuidados de Salud-Enfermedad comprobarán cómo ésta es una disciplina sin complejos y que está y estará a la altura de las expectativas que en ella se han depositado. Existirán -de hecho, ya existen- Doctores en Enfermería, porque el título de Doctor sólo se adquiere cuando se hace un doctorado -y no estudiando Medicina como muchos, erróneamente, se creen-.
Con esta nueva andadura en la formación universitaria de la Enfermería en España se abre un nuevo camino en el que ya no hay límites. Con el título de Grado y con las nuevas Especialidades la enfermería conseguirá ocupar el sitio que realmente le corresponde. Ya ha demostrado que se lo ha ganado, dado que la Enfermería española es reconocida internacionalmente como de las mejores, las más capacitadas y mejor formadas.
En estos días inician su curso los primeros alumnos de Grado en Enfermería.
Mis mejores deseos para todos ellos.
Y, por ahora, nada más.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Mi nueva novela...


Acabo de autopublicar mi nueva novela SANATIO. La tercera.

Su título no os lleva a error: se trata de una novela histórica cuya protagonista es una mujer con excepcionales conocimientos médicos. Se desarrolla en la Hispania romana del siglo I a.C. La trama, un poco compleja, pero creo que fascinante y misteriosa, o eso pretendí cuando la escribí, hace que esta mujer sea comprada como esclava por un tribuno de la XXX legión, asentada en Hispalis. Su extrema situación la llevará a servir como esclava pública en la valetudinaria (hospitales de campaña de las legiones romanas) de la legión XXX y a tener que viajar con las tropas en sus campañas en Gades y Osca.

He realizado una rigurosa documentación histórica. La historia es inventada, por supuesto, pero está encuadrada en un contexto histórico real. Los acontecimientos que narro ocurrieron en realidad, parte de sus personajes son históricos y me he permitido contar una parte destacada de la historia de Hispania en el ámbito de Roma en sus últimos años como República. Podréis sumergiros en la vida cotidiana de una domus, saber cómo vivían las tropas en un campamento o saber cuales eran las técnicas de cirugía en tiempos tan remotos.

Pero es una historia, un relato inventado, misterioso... no lo olvidéis. No es un hecho histórico novelado. Por si acaso alguien busca algo que luego no encuentra.

Si alguno se atreve a leerla, espero que os guste y que disfrutéis tanto como yo lo hice escribiéndola. El precio que véis es resultado de sus 740 páginas. En papel mi beneficio es cero.
Por ahora sólo se vende por internet. No pierdo la esperanza de que alguna editorial me publique, pero como no es así... me han rechazado todas, la pongo en venta en Bubok. La podéis encontrar pinchando ESTE ENLACE. Podéis encontrarla en formato papel, pdf o formato para e-reader. Podéis leer las primeras páginas, pinchando el enlace bajo la portada, en la página de Bubok.
Y, por ahora, nada más.

martes, 14 de septiembre de 2010

Memoria de mi enfermera XVI: "Ana y Mía"

Me gustaría presentarme. Me llamo... bueno, mi nombre creo que da igual. Tengo dieciséis años. Soy la mayor de tres hermanos, vivo en una gran ciudad y soy una buena estudiante. Mis padres están muy contentos conmigo, porque soy responsable, obediente, buena y cuido de mis hermanos y de mis cosas. Todos a mi alrededor dicen que soy estupenda y una niña maravillosa.
Pero ellos no me ven de verdad.
Ellos, los que sólo ven lo que les interesan, no saben cómo soy en realidad. No pueden saberlo.
Todo empezó hace unos dos años. Con unos catorce años era alta, desgarbada, cargada de hombros... ¡Por Dios, era caballona y vulgar! Mis amigas, mucho más guapas que yo, eran más guays, vestían fenomenal y la ropa les sentaba como a las estrellas más glamurosas de las revistas de moda. Yo tenía la talla 40 y estaba asquerosamente gorda y repugnante. No soportaba mirarme al espejo, ir de compras o dormir en casa de mis amigas y que me vieran en ropa interior. No podía tolerar que la gente se fijara en mis enormes michelines o en los bultos que las cinturillas de faldas y vaqueros provocaban en mis carnes blandas. ¡Me daba asco!
Un día, en internet las encontré. Visitando una página de moda topé con Ana y con Mía. Ellas me llevaron de la mano y me recibieron con una enorme sonrisa, sin criticarme, sin tacharme con apelativos ofensivos. Y me explicaron paso por paso qué debía hacer.
Pero había una condición: mis padres no podrían enterarse jamás. Ellos no lo entenderían. Entonces y ahora, siempre me están dando la brasa con que coma, con que me alimente, con que estoy muy delgada... ellos no saben nada de nada, no comprenden que no puedo estar tan obesa.
Ana y Mía me explicaron cómo hacer creer que comía cuando en realidad guardaba cosas en los bolsillos de la ropa que luego tiraba, cómo hacer para vomitar tras una comida que no se puede evitar, cómo tomar laxantes y diuréticos para conseguir perder peso rápidamente. Cómo pasar días enteros tomando sólo agua y zumos sin azúcar.
Miro el calendario de mi ordenador; objetivo: perder 10 kilos en un mes. Así llegaré a cuarenta y cinco. Sí, sí, sé que voy muy despacio, que debería intentar llegar a 40, pero mi madre está muy pesada últimamente y me amenaza con que me va a llevar al médico... ¡¡Qué sabrá ella!!
Aún me cuesta mirarme al espejo, no soporto mi imagen. Llevo algo mejor cuando me subo a la báscula. Consigo ir bajando, aunque a veces me da el ansia y me doy un atracón en la misma puerta de la nevera. No importa: vomitar para mí, no es ya ningún secreto.
Ay, sí, dentro de poco conseguiré mi objetivo. Ana y Mía son mis mejores amigas. Con ellas, gracias a ellas, soy realmente feliz.

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El problema de la Anorexia y la Bulimia es cada vez más frecuente entre los jóvenes de nuestra sociedad -Ana y Mía es la forma coloquial de referirse a estas patologías; empezaron a ser utilizados por adolescentes con el objetivo de que nadie supiera de qué hablaban-. Antes lo sufrían básicamente las niñas, pero, cada día con más frecuencia, aparecen chicos con estas enfermedades.
El origen del problema: resumido de forma harto simple, es un trastorno de la percepción real del cuerpo; se siente la necesidad patológica de alcanzar un peso imposible, porque ese peso le proporcionará la imagen que cree desear. Imagen que es incompatible, en muchos casos, con la salud y con la vida y que no es la primera vez que se lleva penosamente a una persona a la tumba. Esa obsesión que cada día observamos en el mundo de la moda y de los espectáculos por tener un cuerpo 10, por ser perfecto. Esa obsesión que nos inculcan por alcanzar la belleza, obsesión motivada por un dogma que lleva a pensar que lo feo, o no guapo, es grotesco y repugnante. Esa idea machacona que los modistos nos inculcan en cada pasarela de que las personas delgadas de talla 38 o menos es lo único tolerable y elegante, todo ello, insisto, es lo que facilita el que estas enfermedades estén cada día arrasando más vidas y la salud de personas jóvenes, adolescentes e, incluso, niños.
Yo tengo 43 años, soy adulta, supuestamente madura y centrada y tengo sobrepeso. He de reconocer que me cuesta mucho trabajo no dejarme arrastrar por la promesa de dietas milagro falaces y de productos adelgazantes estúpidos que me prometen hacerme perder cuatro tallas en un mes. Esa obsesión por esconder el michelín, por aligerar nuestros cuerpos para estar bellos, porque lo gordo es horripilante...
En fin.
Si a mí, mujer adulta y madura, me cuesta contenerme y no dejarme arrastrar por esos cantos de sirena, qué no hará un adolescente inmaduro y ansioso por gustar a los demás, por encontrar su sitio.
El único motor que debería impulsarnos a perder peso en personas como yo, con sobrepeso u obesidad, es el objetivo único de estar sano y evitar ciertas enfermedades crónicas. Los gorditos también tenemos nuestro corazón y podemos ser simpáticos y guays, dicharacheros y amigables. A las chicas con sobrepeso también nos puede quedar bien un bikini o un vestido ajustado o unos leggins. El mundo no es sólo de los guapos y perfectos.
O no debería serlo.
Y, por ahora, nada más.


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sábado, 4 de septiembre de 2010

Memoria de mi enfermera XV: "Olvidados"

Me llamo María y tengo cuarenta años. Desde hace quince cuido de mis padres, que sufren diversas manifestaciones de demencia senil. Estudié Derecho y conseguí un buen trabajo en un despacho de abogados, pero cuando mis padres necesitaron de mi ayuda al caer enfermos tuve que solicitar media jornada en la oficina. Aguanté un par de años, pero acabaron por despedirme con escusas manidas. Por supuesto en sus proyectos no encajaba una abogada que cada dos días debía faltar para llevar a uno de sus progenitores al médico o porque uno de ellos estaba enfermo.
Mis padres, Francisco y Pepa, no tienen hermanos. No tengo ningún otro familiar que me ayude a llevar la carga de su cuidado. Les dedico mis veinticuatro horas del día. Por el día debo asearlos y darles de comer. Mi madre tiene un Alzheimer muy avanzado y su rígido cuerpo está cubierto de heridas, úlceras que durante años conseguí evitar haciéndole cambios posturales cada dos horas, incluso por la noche. Pero hace poco estuvo ingresada por una neumonía durante dos semanas y en el hospital no fueron tan escrupulosos ni concienzudos como yo. Su desgastado cuerpo no tardó en acusar las horas de inmovilidad sobre varios puntos de su anatomía y ahora sufre escaras en los talones, en los glúteos y codos. Yo se los curo a diario y cada dos días viene una enfermera a supervisar el cuidado. Cuando llega el momento de cambiar los apósitos mi madre grita de una forma desgarradora y mientras pongo gasas y ungüentos no puedo contener las lágrimas; no soporto que sufra de esa forma. Mi padre sufre una demencia por multiinfartos cerebrales, desencadenados por su mal cuidada diabetes durante años y agravada por una Hipertensión Arterial. Llora constantemente, noche y día. No tiene consuelo. Hace tres años dejó de comer y ahora tiene puesta una sonda de gastrostomía que me permite mantenerlo bien alimentado e hidratado. A veces se la arranca de cuajo erosionándose el estoma de entrada en el abdomen, por lo que los primeros meses hube de sujetarle las manos a la silla o la cama, aterrada porque se hiciera daño. Con el tiempo he aprendido a poner la sonda yo misma, por lo que ya no lo sujeto. Mi corazón se partía en mil pedazos cuando lo escuchaba aullar de rabia mientras agitaba las manos en las muñequeras de venda que le amarraban, intentando soltarse. No podía tenerlo así, por lo que aprendí a poner las sondas yo misma para no tener que llamar a los enfermeros cada dos por tres. También yo le cuido su diabetes, le hago las glucemias y calculo la dosis de insulina. Con lo años se aprende de todo.
Por las mañanas me levanto a las siete y tardo entre tres y cuatro horas en tenerlos aseados, desayunados, levantados y listos para pasar la mañana. Después hago la casa y la comida. A veces mi vecina les echa un ojo mientras voy a comprar, al banco o al médico, pero por lo general la compra la pido por teléfono. Tras la comida les echo un rato la siesta y a las seis está nuevamente levantados. Les leo un libro o los saco a la terraza para que vean a la gente pasar y tomen un poco el sol. Si llueve les pongo una película en el vídeo, pero no puedo sacarlos a la calle. No puedo sacar a los dos al mismo tiempo, dado que los dos van en silla de ruedas.
Tras la cena, los acuesto. Generalmente, a mi madre debo cambiarle los apósitos de las heridas y a ambos les debo asear antes de ponerles un pañal limpio, ya que se hacen sus necesidades encima. Yo ceno con ellos y cuando los acuesto, alrededor de las diez de la noche, caigo rendida en el sofá. Todos los días antes de las once suelo estar en la cama.
No tengo vida social. La persona con la que más hablo es mi vecina, pero mi vida es poco interesante y las conversaciones no suelen durar mucho. He perdido a todos los amigos que un día tuve. Creo que muchos piensan que he cambiado de país o que incluso me he muerto, porque desde hace unos diez años ni ellos saben de mí ni yo de ellos. Al principio me llamaban pero un día el teléfono dejó de sonar, aburridos, supongo, porque siempre me negara a salir. Quizá nunca les expliqué que la cuestión no era que no me apeteciera, sino que tenía que cuidar de mi padres y no podía. No tuve nunca pareja y tampoco he tenido oportunidad de conocer a alguien que tuviera posibilidades de serlo. Estoy enterrada en vida, en mi propia casa.
Vivimos con la pensión que le quedó a mi padre tras cuarenta años como funcionario. Cuando ellos falten, que sé que no falta mucho, no sé qué será de mí. Con mi edad y con mi falta de experiencia no creo que nadie me contrate a no ser que me dedique a trabajar en casas o como cajera.
Solicité una ayuda cuando por fin se aprobó la Ley de la Dependencia, pero tengo la mala suerte de vivir en una comunidad autónoma en la que esta gestión no se lleva a cabo y me veo sola, sin ayuda, sin posibilidad de mejorar. He solicitado una ayuda a mi Ayuntamiento a través de los Servicios Sociales; no pido mucho: alguien que me eche una mano o se quede con mis padres algún día para ir a dar una vuelta o al cine, una vez al mes aunque sea. Pero me lo han denegado porque la pensión de mi padre es generosa, según ellos, y me paso del mínimo.
Mi juventud se ha ido definitivamente. He dejado de mirarme al espejo, porque no reconozco al rostro envejecido que me mira desde el otro lado, con el cabello greñoso y lleno de canas, con ese rictus de tristeza afeando una cara que un día fue atractiva, llena de ilusión y joven. Últimamente tomo pastillas para dormir porque la pena me hacía llorar durante horas y me veía incapaz de conciliar el sueño. Angustia, lo llamó el médico y me recetó las pastillas.
Quiero a mis padres y los querré siempre. Pero muchas veces me pregunto cuando llegará el día en que Dios, ese dios en el que ya no creo, se los lleve con él. A veces, mi madre me mira como si me reconociera. Sólo es cuestión de un segundo o dos, pero me mira con tanta ternura con tanto amor como cuando era ella. Entonces la beso, la beso una y mil veces entre lágrimas de arrepentimiento por haber tenido pensamientos tan egoístas.
Vivo encerrada en la prisión de la vida dependiente de mi padres. Vivo Olvidada.

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Una vez más pongo voz a los que sufren sin que la mayoría de la gente sepa ni siquiera que existen. Esto ocurre con más frecuencia de lo que muchos se piensan. Y es totalmente verdad.
Piénsenlo un instante, sólo un instante... ¿Qué sentirían si uno de ustedes fuera María?
Y, por ahora, nada más.

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