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lunes, 23 de agosto de 2010

Memoria de mi enfermera XIV: "El Bueno, el Feo y el Malo"

Acaban de darme el alta en el hospital. Mi nombre da igual, podría llamarme José o María o Gerardo, quizá Angustias o Lorenzo... ¡Qué más da! El caso es que he pasado un largo periodo de ingreso en un hospital por una grave enfermedad o quizá para recibir un trasplante o por una grave dolencia cardiaca que ha requerido una intervención quirúrgica. Eso, estoy convencido, da absolutamente lo mismo. Para cada uno de nosotros nuestra dolencia es la importante, la grave, la penosa, la que produce angustia y dolor... sencillamente porque es la nuestra, la que nosotros sufrimos.
Cuando una persona ingresa en un hospital se aúnan en su espíritu dos temores: el temor derivado del propio mal que le aqueja, de su gravedad, de su incierto pronóstico y posibilidades de tratamiento y cura, así como de los medios que se pondrán en marcha para darle solución; si será preciso o no pasar por quirófano, o quizá recibir radioterapia o quimio, esos dos grandes monstruos. Creo que ustedes me entienden. Estas cosas aterrorizan, sobre todo a los que somos profanos en el tema, a los que de medicina no sabemos casi nada, no por falta de capacidad sino de ganas. Porque a pocos les interesa las cuestiones relativas a la salud, hasta que es la propia la que se ve afectada por un grave padecer. Pocos valoran su maravilloso estatus de «sano» hasta que su organismo es atacado por un mal de nombre impronunciable para el común de los mortales.
Otro de los temores que sufrimos cuando ingresamos en un hospital es el relativo a las personas que se ocuparán de cuidarnos, de tratarnos. Supongo que es habitual, y no sólo a mí me pasa, que todos procuramos pensar que el equipo médico que nos atiende es el mejor, el más capaz, el que mas conocimientos tiene, el que más pericia muestra en diagnosticar, en intervenir, en tratar. Que los profesionales de enfermería y los auxiliares que llevan a cabo su labor en nuestra planta son los más capaces, los que mejor saben qué es necesario en cada momento, qué lo más oportuno. Los que mejor detectan en sus inicios cualquier malestar o complicación, lo que de forma más diligente actúan cuando la situación pinta mal. Los más entregados a su labor y a nuestras necesidades. Para ellos debemos de existir sólo nosotros.
Sí, eso es lo que nuestro cerebro busca para convencerse de que estamos en las mejores manos, de que nuestro mal va a ser combatido con las mejores herramientas, con el mejor equipo humano que pueda existir en la Sanidad de nuestro país.
Ingresamos.
Firmamos varios papeles confiando nuestro destino a ese personal, a los recursos de ese hospital
Y rezamos para que nuestra enfermedad tenga posibilidades de ser atajada definitivamente y poder regresar a nuestra casa, a nuestro hogar, a ese lugar del que nunca deberíamos haber salido.
¡Ah, ya sé lo que se están preguntando! ¿Quién es el Bueno, quién es el Feo y quién, el Malo?
¡Claro, claro, es cierto, eso no lo he indicado! Discúlpenme, tengo la cabeza...
  • El Bueno es lo que predomina en nuestros hospitales: un equipo médico y una plantilla de enfermería, auxiliares, técnicos y celadores que trabajan de forma capaz, diligente y científica, de resultas de lo cual nosotros sabemos que hacen lo posible -y, a veces, lo imposible- por tratar nuestro mal, tenga cura o no, el pronóstico sea bueno o no. El Bueno es lo que todos buscamos, lo que queremos, lo que en realidad predomina en nuestros hospitales, lo que caracteriza el trabajo cotidiano de la mayoría de plantas, servicios, unidades y secciones de nuestro centros hospitalarios. El Bueno conforma esa sensación inefable, imposible de describir y muy grata, de que se ha hecho siempre y en todo momento lo mejor para nuestra situación, recuperemos o no la salud, se tenga un final feliz o el resultado haya sido la muerte. Porque a veces las personas van a morir al hospital; entonces la muerte no es un fracaso si no algo esperado, cuyo tránsito se allana muchas veces en las camas de los hospitales, no sólo para los pacientes sino para sus familias, siendo ése el verdadero éxito.
  • El Feo. La Fea, más bien, es la enfermedad. Esa desagradable compañera de viaje que, a veces, nos obliga a tomarle las manos, se empeña en caminar a nuestro lado y se alimenta de nuestra vida, nuestra ilusión, nuestras fuerzas, agostándolas, hundiéndolas. Obligándonos a mirarla a la cara, a afrontar sus facciones, a pasar nuestra vista por sus duros rasgos, por sus arrugas, sus verrugas, su desagradable rostro. Pero sólo, sólo cuando se la mira directamente a los ojos y no se huye su mirada podemos empezar a dominarla. ¿Echarla de nuestro lado, espantarla, apartarla? Sí, quizá es posible, pero se volverá a esconder en un recodo del camino y más pronto o más tarde volverá a acariciar nuestros dedos, los asirá con fuerza para no abandonarnos jamás. Sólo por ella visitamos los hospitales. Ella es la que, por su abrazo agobiante, nos obliga a ponernos en manos ajenas. Y, demasiadas veces, les pedimos a los médicos a los enfermeros, a todos los que allí trabajan, que nos curen. No, no sólo pedimos; muchas veces exigimos que nos vuelvan a llevar al otro lado de la barrera, a la zona de la Salud, aunque eso sea imposible, aunque el resultado sea sólo el fin. Aunque nos hayan explicado que eso no es científicamente posible.
  • El Malo, se lo pueden imaginar, supone esas veces en las que los médicos, los enfermeros, los auxiliares, los celadores, los técnicos... juntos o por separado, no hacen lo correcto para que nuestro mal se cure o para que nuestra situación llegue a buen puerto. Supone esas veces en las que la negligencia de todos o alguno de ellos, añadida a un corporativismo mal entendido fuera de los muros de sus castillos-fortaleza que son las cuatro paredes del hospital, conllevan consecuencias a veces irremediables para nuestra salud. Sí, a la mente de todos acuden, de sopetón, muchos de esos casos, sonados, con gran repercusión mediática, en los que el saber que alguien ha muerto como consecuencia de una mala práctica nos pone la piel de gallina y nos hace rezar en silencio para que nunca nos pase nada así. Esas cosas pasan... y creo que seguirán pasando. El ser humano comete errores aunque se esfuerce con todas sus fuerzas en no equivocarse. Por eso creo que esto siempre seguirá pasando.
Sí, este es el resultado de un duelo mortal entre lo que nos obliga, lo que deseamos y lo que, por desgracia, a veces sucede. En ocasiones gana el Malo, cierto, pero casi siempre gana el Bueno. Hay mucho bueno, mucho. Pero no se ve. Hacer bien el trabajo no es noticia casi nunca. Se da por hecho que esa es la obligación de los que trabajan en los hospitales. Y es verdad. La gente, las personas, entran y salen de los hospitales a diario con un trabajo bien hecho en sus cuerpos, en sus espíritus, en los sobres de sus radiografías, de sus analíticas, resumido en sus informes, en los puntos de sutura de su piel, en el marcapasos que les da una nueva oportunidad de que su vida pueda tener una cierta ¿normalidad? aún con el pesar de estar enfermo.
Sí, casi siempre el resultado es el Bueno.
Pero muchas personas sólo se fijan cuando gana el Malo.
Mi nombre es Auxiliadora o Joaquín, quizá Alberto o Mara... A todos nos gustaría estar siempre sanos. Pero no puede ser, en nuestro camino nos cruzamos con la parte Fea de la vida. Acabo de salir del hospital tras sufrir una grave isquemia cerebral o un fracaso renal, quizá una apendicitis o una diabetes descompensada y todo me ha ido...

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Es una entrada poco lustrosa. Sí. Lo sé.
He hablado por boca de un paciente para que nadie crea que pretendo dirigir a quién lo lea hacia un juicio de valor que me haga afín sus opiniones.
Sé, soy consciente porque trabajo en esto, que muchas personas consideran que no se hace todo lo que se podría hacer. Que los profesionales de la salud nos dejamos llevar por la desidia, por el desinterés, por la rutina y que no nos esforzamos lo suficiente en hacer nuestro trabajo.
Eso pasa a veces, claro que sí. Pero los casos malos son tan pocos con respecto a los miles de casos en los que los profesionales de la salud echan el resto por hacer un buen trabajo, el mejor trabajo, que no es justo que se juzgue la labor de todos por la falta de profesionalidad de unos cuantos.
No soy corporativista. Lo que está mal, está mal, lo haga quien lo haga.
Y yo rompo mi lanza, la mía, por todos los que se esfuerzan cada día por ser mejores, por esos profesionales de la salud que trabajan en turnos imposibles, muchas veces sin medios materiales ni humanos, que estudian durante toda su vida para estar al día, que sonríen a sus pacientes aunque estén al borde de la extenuación, que dedican minutos que no tienen en un agobiante horario a escuchar... y no sólo en hospitales, sino en centros de salud, residencias, ambulatorios, centros de Urgencias, centros de diagnóstico, clínicas.
Rompo mi lanza sólo por ellos. Que son muchísimos. Muchísimos.
Y, por ahora, nada más.

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sábado, 14 de agosto de 2010

Reflexiones: Ideas al viento

Como sigue haciendo un calor que abrasa los cerebros, como sigue siendo verano y casi todo el que puede se larga de vacaciones, quiero continuar presentando temas que no obliguen a una lectura muy sesuda; por ello me lanzo a escribir sobre cuestiones varias respecto al trabajo de un/a enfermero/a. Espero que os guste.
Una de las muchas razones por las que me lancé a escribir una novela en la que su protagonista, una enfermera, nos mostrara en primera persona la verdadera realidad del trabajo en un hospital, fue el menudeo, en nuestras televisiones, de series de producción nacional o extranjera sobre hospitales y centros de Urgencias. Series que me parecen, en su mayoría, infumables y falsas como un euro de plomo. Esa imagen que dan de que los médicos se enrollan constantemente con las enfermeras... matizado hoy día en que las médicas se enrollan siempre que pueden con los enfermeros -por eso de la paridad y tal-, es tan verdad como lo puede ser en cualquier otro trabajo en el cual hombres y mujeres trabajen juntos. Las series extranjeras, me dan igual; pero las de este, nuestro país, contribuyen a generar una bola enorme, llamada falacia, en la que parece que las hormonas del personal sanitario forman una capa espesa sobre sus cabezas y no pueden hacer otra cosa que dar salida horizontal o vertical a sus feromonas entre baldas llenas de toallas, sistemas de suero, kit de suturas y carros de parada.
En las diversas plantas y unidades de nuestros hospitales, la mayor parte del tiempo, el personal está tan cargado de trabajo y tiene tanto de lo que ocuparse, que poco tiempo les resta para lanzarse a saciar apetitos sexuales por almacenes o salas de estar. Por supuesto, pueden existir algunas excepciones. Pero no es el ambiente natural o inherente a nuestro trabajo. Por mucho que se siga creyendo lo contrario.
Por lo menos, en la actualidad, en estas horripilantes series ya no sacan a sus 'enfermeras' como hace unos años en una conocida serie de TV, en la que su 'prota' aparecía con uniforme escotado y super-estrecho que no dejaba ningún detalle de la anatomía de la susodicha a la imaginación. Y por lo menos, ya aparecen mujeres médicas y hombres enfermeros... Antes no se salía del cliché «mujer-enfermera que obedece ciegamente las órdenes de un hombre-médico», cliché que hoy día es tan real como que hay vida en la luna o que alguna tertuliana sea princesa.
No se puede negar, es cierto, que la imagen de 'las enfermeras' ha estimulado muchos estereotipos a lo largo de nuestra historia, en los cuales se primaba su imagen como icono más o menos sexual, frente a su capacidad profesional, capacidad que ni se conocía ni sobre la que se necesitaba indagar. Ello ha supuesto que en nuestro medio de trabajo hayamos sufrido -me incluyo- cierto acoso sexual por parte de pacientes o familiares; a veces, incluso, de compañeros de todos los estamentos. Miradas como proyectiles a nuestro escote, comentarios sobre nuestro aspecto o la talla de alguna parte de nuestra anatomía, manos que se posan donde no deberían estar, comentarios obscenos de todos los colores... son pequeños detalles -no voy a ahondar en los más truculentos- que dicen mucho de los que se ha sufrido y supongo que se puede estar sufriendo en servicios y plantas de hospitales. Tan sutil es a veces que no se le puede tachar a nadie de nada en concreto y, por lo tanto, tampoco se puede erradicar. Forma parte, ya, del ambiente natural de los hospitales.
Supongo que, cuando los pacientes se ponen bajo nuestros cuidados, a veces se genera una relación a la que muchos y muchas no saben ponerle límites. No entienden que no deben ir más allá de lo meramente profesional y nos adoptan en su vida personal. Muchos y muchas te cogen un cariño sincero, un afecto que no saben evitar. No siempre esta 'adopción' es molesta -por supuesto, depende del paciente-; a veces adopta una forma entrañable y simpática que no resulta molesta pero que sí nos embarca en situaciones embarazosas.
Me explico.
Cuando trabajaba en planta, siempre en Medicina Interna, la mayoría de mis pacientes eran mujeres mayores, muchas de ellas con hijos y nietos, por supuesto. Algunas te cogían tal cariño que te manifestaban su deseo de que fueras su hija o nieta, según el caso... Entonces, siempre, de forma nada casual, salía el tema de su hijo, nieto o sobrino soltero al que le encantarías y con el que harías una pareja magnífica... ¡Más de una de esas mujeres llegó a presentarme formalmente a su 'hombre-soltero' en medio de la habitación, sacándome los colores, con la paciente sonriente de satisfacción al ver 'la buena pareja' que hacíamos!
Tengo el gran 'honor' de reconocer que, en los años que estuve en planta, muchas mujeres -y algunos hombres- me presentaron a su allegado soltero con la esperanza de que la química hiciera saltar chispas en cuanto nos conociéramos y fuera el inicio de una bonita historia de amor...
¡¡En fin!!
Espero que estas palabras sencillas y amenas -espero haberlo logrado- sirvan para cambiar la imagen que se tiene de los profesionales de enfermería y su verdadero papel... ¿Sí?... ¿No?
Bueno, lo he intentado. Eso es lo único que cuenta.
Y, por ahora, nada más.

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martes, 3 de agosto de 2010

Reflexiones: Comunicación II o "El arte de ponerlo difícil"

En estos días de estío en el que se presupone que muchos están de vacaciones, me lanzo a afrontar el tema de la Comunicación en su vertiente más complicada: la de los pacientes y usuarios. Complicada, afirmo, porque para que podamos proporcionar muchos de los cuidados propios de nuestra profesión debemos saber con precisión qué carencias sufren nuestros pacientes. Y les aseguro que no es nada fácil, dado que millones de expresiones copan nuestro lenguaje, expresiones muchas veces privativas de una cultura, región, provincia o pueblo que no es conocida por el resto.
Afronto este tema desde mi experiencia personal que, por suerte o por azares del destino, me ha llevado a dos ciudades lejanas entre sí y por diversos pueblos.
Con el máximo respeto a todo tipo de individualidad personal, cultural o idiomática, paso a relatar.
Dentro de la riqueza de nuestro idioma oficial -el único que hablo y escribo en el desarrollo de mi profesión- existen variadas maneras para decir lo mismo. ¡No saben cuántas! Como he indicado más arriba, en nuestro trabajo cotidiano debemos pedir muchos datos a nuestros pacientes para abrir una historia de enfermería, para valorar día a día su evolución, para valorar su aprendizaje en nuevas habilidades, para saber nuevas molestias, síntomas o indicadores de mejoría... En definitiva: la comunicación fluída y fácil es una herramienta imprescindible para llevar a cabo nuestra labor.
Empecé, hace muchos años ya, a trabajar como auxiliar de enfermería. Ahí me tropecé desde el primer día con el escollo lingüístico, cuando la primera mañana del primer día -uniforme nuevo y casi crujiente, zuecos de madera...- una mujer me pide:
«¡Señorita quiero hacer pum!»
En ese instante de profesional novata y nada curtida, mi sonrisa se congeló en mis fríos labios, sobre todo cuando la buena mujer se enfadó sobremanera porque no reaccionaba en segundos a su requerimiento de mi habilidad profesional. A partir de ese instante, de ese día, un rosario de expresiones, a cual más rebuscada e intuitiva, se desgranó ante mis narices como magnífico reflejo de la habilidad metafórica y cacofónica, para mi hasta entonces desconocida, que la mayoría de la población femenina de Madrid utilizaba para dar a conocer sus ganas de evacuar. A saber: «pum», «obrar», «plas», «popó», «hacer», «mover el vientre», «ya sabe... señorita...eso»
Si algo tan básico como manifestar la necesidad de llevar a cabo una función fisiológica puede llegar a ser rebuscado, no les quiero decir cuando entramos en campos desconocidos. Cuando la gente de a pie se sumerge en las procelosas aguas de la Medicina y la Enfermería podemos encontrarnos con importantes escollos lingüisticos, cierto y lógico, dado que, si el lenguaje científico que caracteriza esta profesión es complicado, a veces incluso para nosotros, no podemos esperar y menos aún pretender, que la gente sencilla lo domine. No es eso lo que motiva esta entrada. Palabras como «apendi», «visícula», «arteria torta», «estógamo» nos pueden hacer sonreír, es verdad, pero no vamos a negar que las originales conllevan una enorme dificultad, y no poco mérito, cuando se ponen en boca de personas que nunca han tenido la oportunidad de ir al colegio o estudiar.
A lo que me refiero es a la forma que tienen de expresar los males que les aquejan, que para las gentes de una provincia, una ciudad o un pueblo son harto conocidas, pero para los que venimos de fuera es un idioma en toda regla; y si lo asociamos a un fuerte y cerrado acento, el resultado es la incomprensión más absoluta.
A saber:
«Mi hija está volá» (presentar erupción en la piel o granitos)
«Mi hijo tiene balsas» (mucosidad en garganta y bronquios)
«Yo como peras, manzanas, peros...» (manzanas de las amarillas)
«Mi padre casi se murió porque se enguñipó» (se atragantó)
«Estoy muy molesta porque estoy ocupá» (estreñida)
«Tengo una fatiguita...» (angustia y nauseas)
«Me operaron hace tiempo y ahora estoy hueca» (estirpación de útero y/u ovarios)
«¡¡Señorita, ayúdeme, mi madre está flatá!!» (mareada, casi inconsciente)
«Se puso pálida como la cera y se quedó privá» (perdió el conocimiento)
Son sólo unos pocos ejemplos de lo que nos podemos encontrar cuando tratamos con la diversidad dialéctica de este país. Y no es necesario señalar ciudad o población alguna: con el enorme trasvase de gentes de lugar a lugar ya no existen casi fronteras idiomáticas. Cada uno es un universo en sí mismo. Creo que es fácil de comprender que, en el ambiente relajado de una consulta o de una habitación de hospital -¡ojo, si esto último alguna vez llega a ser posible!-, una se puede permitir la opción de pedir al paciente o usuario que se explique, pero cuando este intercambio de «expresiones propias» se lleva a cabo en el fragor de una urgencia médica, la situación puede ser estresante e, incluso, irritante. Alguno y alguna han llegado al extremo de manifestar desagrado, enfadado y algo más, cuando no les he comprendido a la primera y les he solicitado que me expliquen... Los menos.
Por supuesto, no pretendo que los pacientes y usuarios de la sanidad se adapten o realicen ningún esfuerzo para controlar nuestra jerga o para resultar más científicos cuando nos describen sus males o sus alteraciones. En absoluto es ésa mi intención. Sólo deseo mostrar la dificultad de comunicación que se puede ocasionar cuando uno no controla la idiosincrasia dialéctica de un grupo poblacional. Respeto y defiendo la diferencia, las particularidades, la riqueza de expresiones de toda la gente en general. Me parecen fascinantes.
Supongo que somos nosotros, como profesionales, los que debemos hacer el mayor esfuerzo para facilitar la comunicación con nuestros pacientes, no sólo para hacernos comprender, sino para llegar a entenderlos a ellos... que a veces no lo ponen demasiado fácil, la verdad.
Con una sonrisa, finalizo esta entrada.
Y, por ahora, nada más.

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