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jueves, 22 de julio de 2010

Reflexiones: Comunicación I

Estamos en verano. La mitad de la gente -y de los potenciales lectores de este blog- está de vacaciones o de brazos caídos por efecto del calor y por ello sigo con los temas «tranquilos»
Creo que uno de los aspectos más importantes en todas las profesiones que tratan cualquier aspecto de salud es la comunicación. En esta entrada daré un repasito a «los males» en la comunicación por parte de los profesionales sanitarios. En el siguiente, afrontaré la cuestión desde el punto de vista de los pacientes y usuarios de los servicios de salud.
Mucha gente se queja de lo enrevesado e ininteligible que resulta, para los profanos, la jerga que se utiliza en Medicina y Enfermería. Cierto. Se utilizan una serie de palabras enrevesadas y de significado desconocido para hablar sobre patologías, síntomas y diagnósticos... ¡y no hablemos de las modernas técnicas en diagnóstico y tratamiento! Se utiliza -y se abusa, en algunos casos- de un sinfín de siglas que a nosotros mismos, si no estamos muy habituados, nos llega a costar comprender. Creo que es lógico: todas las profesiones, todas las artes, todos los conocimientos tienen su propio vocabulario que puede resultar confuso para los que no están metidos en la materia. Entre nosotros hablamos y podemos soltar una enorme parrafada que, a quien no esté preparado, puede resultarle incomprensible por completo. Efectivamente.
¿Pero qué pasa -se puede preguntar alguien- cuando los médicos, los enfermeros, los auxiliares... se dirigen al paciente, al usuario, que desconoce el significado de tal terminología? Es cierto, sí, que muchos sanitarios hablan sin preocuparse en traducir lo que quieren decir cuando hablan con un paciente.
Un hombre sufría una enorme distensión abdominal y fuertes dolores cólicos. El médico, tras explorarle, le dice al paciente:
- Usted tiene una constipación habitual, una impactación intestinal de materia fecal; para resolverlo le introduciremos una sonda hasta el colon ascendente e introduciremos un líquido salinojabonoso para facilitar su evacuación.
- Y eso, ¿es grave?
El médico se da la vuelta y se va sonriendo con autosuficiencia.
El paciente se echa a llorar desconsolado por el temor que le provoca su mal.
El enfermero se le acerca, le pone una mano tranquilizadora en el hombro y le dice:
- ¡No, hombre, no tiene nada grave: sólo está estreñido!
Al rato viene una auxiliar y le pone un enema. El hombre, tras hacer la correspondiente deposición, mejora su estado y se tranquiliza.
¿Cuántas veces alguien conocido nos ha contado que ha ido al médico y que éste le ha dado una serie de explicaciones que no ha comprendido?
- Usted tiene hiperglucemia... compatible con una diabetes.
-¡Aaaah!
-Le recetaré unos antidiabéticos orales y a ver cómo evoluciona...
-¡Ummmm!
- Media pastilla antes del desayuno...
- Vaaaale.
El paciente sale de la consulta. Si alguien le pregunta qué le pasa dirá:
- No sé, pero tengo que tomarme esto: media pastilla antes del desayuno.
Muchos pacientes crónicos, sobre todo ancianos, toman determinadas pastillas que no saben para qué sirven...
Y eso sólo puede ser el resultado de una falta de explicaciones por nuestra parte como profesionales de la salud. No nos hacemos entender en numerosas ocasiones porque damos muchos conceptos por entendidos. Cuando no es así, en absoluto.
Yo misma, en mis primeros años como enfermera, utilizaba términos para mí tan naturales como 'glucosa', 'enema', 'esputos', 'sonda'... A base de encontrar a personas que no sabían lo que significaban tales palabras las he debido sustituir por 'azúcar', 'lavativa', 'mocos' o 'tubo'. Decirle a una persona profana, tras tomarle la tensión, que tiene de 120/70 le deja frío, inmutable... a la espera del dato tensional. Pero si le digo que tiene 'doce-siete' la vida toma otro color.
Esto es verídico:
En uno de los hospitales que trabajé, el primer día que me tocó turno tras unos días de vacaciones, falleció un paciente. Habíamos estado dentro de la habitación durante un tiempo, intentando reanimarlo un par de médicos, dos enfermeros y un auxiliar. Pero no pudo ser.
La auxiliar salió al pasillo. Por supuesto, los familiares, preocupados, se lanzaron hacia ella y le preguntaron. Ella respondió:
-Ha sido un exitus(1).
La familia grito aliviada... y preguntó:
- ¿Está mejor?
Yo creo que estas cosas pasan cada vez menos, en los hospitales, sí, pero sobre todo en atención primaria, porque el médico dedica más tiempo a sus pacientes que hace años y dan más explicaciones, en general. Eso sí, romperé una lanza en favor de la Enfermería y diré que tiene un enorme papel en Educación Sanitaria y en Educación para la Salud, papel que facilita el acercamiento a los ciudadanos de a pie de ciertas cuestiones técnicas, ciertas enfermedades y cientos de medidas preventivas. El acceso a Internet y las series televisivas de corte médico-científico que menudean por los medios despiertan en la gente la curiosidad por saber y el gusto por estas materias. Creo que gracias a esta moda, y la matraca que nos dan episodio tras episodio, pocos pueden dudar ya de lo que es una 'punción lumbar' o un 'TAC'... ¿o no?
El nivel de conocimientos por parte de la gente de a pie, hoy día, es más elevado que cuando yo empecé hace años, pero aún así, muchas personas me siguen preguntando por una cuestión que les agobia: ¿qué es el colesterol bueno y qué es el colesterol malo?
Por supuesto, todavía queda mucho por hacer. No se nos debe olvidar que debemos hacernos entender por nuestros pacientes y por los usuarios de la sanidad. Nuestra jerga científica, imprescindible a todas luces, la debemos reservar para utilizarla entre nosotros y en nuestros escritos.
Y, por ahora, nada más.

(1) en Medicina se suele utilizar el término exitus perteneciente al latín exitus letalis, para indicar muerte

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domingo, 11 de julio de 2010

Reflexiones

Tras las últimas entradas creo que debo detenerme un momento y pensar...
Por una vez en mucho tiempo, voy a escribir sobre cuestiones livianas, que relajen el ambiente, que hagan sonreír mientras se leen. El cuerpo lo pide.
Y, supongo, que los que puedan leerme, también.
Es verano y en esta época muchos enfermeros y auxiliares de enfermería empiezan sus contratos de sustitución en hospitales, centros de salud, residencias. En verano comencé yo, tanto como auxiliar de clínica, en la Paz, un verano lejano ya -con 18 años recién cumplidos-, como de enfermera en el Clínico de Madrid. En las dos ocasiones el terror a lo nuevo, a la enorme responsabilidad, a la realidad abrumadora, tuvieron la dudosa virtud de privarme del sueño y del apetito haciéndome las primeras semanas una experiencia angustiosa y horripilante acompañada de un tirón perenne en las entrañas que no me dejaba vivir, que no me permitía sosiego alguno. Fue algo muy duro, sobre todo en mi nueva andadura como enfermera, tras tres años de carrera, de estudio estresante y agotador. En mi primer día de trabajo llegué a la pasmosa determinación de que ¡¡me había equivocado de profesión, que la Enfermería NO era lo mío!! Llegué al final del turno de ese primer día al borde de las lágrimas y con una sensación de espanto rayana en la locura.
Hoy lo recuerdo y me sonrío.
Pero si me esfuerzo, aún puedo recordar ese sudor frío y pegajoso bajo el áspero uniforme que no me abandonaba ni un instante, más una sensación constante de pánico al creer que algo iba a suceder, algo irremediable... Todos los días regresaba a mi casa con la firme determinación de abandonar, de tirar la toalla, de buscarme otro trabajo. Se lo decía a mi madre entre enormes lágrimas, enormes como melones que dibujaban en su rostro una preocupación serena que la animaban a decirme frases hechas -¡la pobre, qué me podía decir!- pretendiendo animarme, pero que conseguían irritarme aún más.
Al día siguiente regresaba a mi planta, a mi trabajo y al siguiente y al otro... sin dejar, ni por un momento, de decirme que me estaba equivocando. Y un día me descubrí decidida, tranquila, sin miedo, sabedora de mi labor y sin gritarme en mi interior mi firme decisión de abandonar. Satisfecha por haber conseguido mi ritmo, por haber podido sacar los conocimientos que llevaba dentro, obteniendo día a día la experiencia y el rodaje que procuran confianza en la propia labor. Aprendiendo a trabajar, a organizarme, aprendiendo a todo aquello que en las prácticas no se aprende... ni se enseña.
Hace de esto ya 21 años.
En ese tiempo he pasado por muchos sitios, he trabajado en muchos hospitales, en varios centros de salud, en un centro de minusválidos físicos, he sido docente, todo ello repartido entre dos ciudades diferentes. He sido nueva en un puesto innumerables veces, cierto... pero ninguna, ninguna de esas «primeras veces» fue como la de ese día de julio en el hospital Clínico de Madrid. Ninguna.
No abandoné y me alegro. Habría sido muy triste no poder ejercer la profesión para la que nací, la profesión que llevo marcada a fuego en los genes, la profesión que amo y que respeto. En definitiva, la profesión que me ha impelido abrir este blog y estar aquí contando mis cosas y mis experiencias.
En medio de ese amplio margen de años han pasado tantas, tantas cosas...
Bueno, creo que lo dejaré aquí. Todo lo que haya que contar se lo dejo a «Mi Enfermera» que lo cuenta mucho mejor que yo. O eso creo.
Así, que aquí dejo mis reflexiones. Muchos enfermeros comienzan en estas fechas su nueva andadura profesional tras terminar sus carreras en junio. Sé, porque aún lo tengo muy fresco en la memoria y en el corazón, que algunos lo habrán pasado mal, que habrán tenido miedo, que estarán, incluso, asustados... Pero eso sólo es el resultado del conocimiento pleno de lo que tienen entre manos, del hecho de asumir seriamente la responsabilidad que se deja caer sobre sus hombros. Ese temor sólo es el resultado de su calado profesional. Y ese temor es bueno en dosis pequeñas... mantenido por siempre jamás y controlado en todo momento.
Mucha suerte a todos y a todas.
Mucha suerte a ti, Ana.
Y, por ahora, nada más.

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viernes, 2 de julio de 2010

Memoria de mi enfermera XIII: "Palabras prohibidas"

Estoy encerrado en mi cuerpo. Prisionero. Condenado...
Condenado a una muerte que no llega, que tardará en llegar, que no puedo esperar a que llegue.
Una muerte a la que llamo y no acude.
Una muerte que no puedo posibilitarme porque mi cuerpo no me pertenece, no me obedece. Es mi prisión.
Una muerte que muchos temen, pero que yo anhelo como única liberación para el calvario que sufro.
Hace quince años ya que me encuentro en esta situación. Quince años en los que cada día que pasa es un calvario de dolor y pesar. Los dolores, intensos, paralizantes, desgarrantes, apenas desaparecen con los fármacos. No puedo mover ni un sólo músculo excepto los ojos y un poco la boca. Cuando dejé de tragar me pusieron un tubo por la nariz hasta el estómago, hasta que el médico se decidió a operarme y ponerme otro tubo directamente en el estómago que cuelga de mi abdomen como un cordón umbilical de silicona por donde me alimentan para mantenerme vivo...
¿Vivo?
¿De verdad estoy vivo?
Me cuidan, me lavan, me asean, me cambian de postura, me encienden la tele, me leen un libro porque ya no puedo fijar la vista, me ponen música y yo cierro los ojos, lo único que aún puedo hacer de forma voluntaria, y me imagino que camino, que voy y vengo a mi antojo, que río a carcajadas, que me paseo al brazo de mi esposa, que uno mis labios a los suyos y la acaricio y nos abandonamos a la pasión, mi corazón latiendo como loco en el pecho arrebatado por el deseo...
... Y abro los ojos y me encuentro en la habitación, la misma habitación desde hace quince años.
Y lloro de rabia, de pena. De dolor.
He pedido a un juez que me ayuden a morir. Me costó encontrar un abogado que defendiera mi deseo de poner fin a esta cadena perpetua, que se aviniera a poner en un papel la palabra prohibida, «eutanasia», y lo presentara en un juzgado. Que aceptara defender mi causa sin alegar falsas moralinas del respeto a la vida y al ser humano.
¿Vida? ¿Qué vida? Mírenme: ¿creen que tengo una vida? ¿Creen que esta es la vida que uno desearía tener? ¿Ustedes, alguno de ustedes que camina, que habla y es escuchado, que come, que ríe, que ama y es amado, que hace el amor y se abrasa en el cuerpo amado, que acaricia la vida a manos llenas... alguno de ustedes desearía vivir como me veo obligado a vivir yo?
¿Qué vida defiende la justicia alegando que la palabra prohibida arranca unos derechos que se deberían considerar inviolables?
Vida, sí. Pero lo mío no es vida. No es mi vida. No es la vida que yo quiero.
El juez, cómo no, denegó mi solicitud... ese mismo juez que, cuando su perro más querido, está agonizante por la enfermedad y la vejez, no duda en llevarlo al veterinario para que le ponga una caritativa inyección que acabe con su insoportable penar, con el calvario de su enfermedad terminal. Y a mí me lo deniega. La «eutanasia» no es legal, lo sé, lo entiendo. Pero a mí me da igual la palabra: yo quiero morir.
Decido quitarme la vida... pero yo sólo no puedo. Otra palabra prohibida: «suicidio». ¡Qué a gusto me tomaría cualquier cosa con tal de poder escapar a este suplicio que no tiene fin! Pero yo sólo no puedo. He decidido, por ello, pedírselo a mi cuidador, un hombre bueno y caritativo, tanto, que está dispuesto a jugarse su libertad con tal de posibilitar mi liberación. Mi decisión.
Yo no pretendo que se haga lo que yo deseo hacer con todos los que se encuentren en mi situación o peor. ¡No! ¡Yo deseo morir! Es mi decisión, mía y de nadie más, que llevaría a cabo si pudiera hacerlo yo sólo, pero no puedo.
Esta tarde será. Quiero irme con el día, quiero apagarme con el sol...
Beberé el líquido. Cerraré los ojos... y no los volveré a abrir en este cuerpo.
Se acabará y seré libre.
Sé que muchos no lo entienden. Pero es mi decisión.
Para mí, aquí, ahora, no hay palabras prohibidas.
Ya no.

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No estoy mostrando con este relato una decisión ni un punto de vista personal... por ello os habla directamente la persona que lo sufre. Por una vez, muestro una situación en la que prefiero mantener mi opinión a un lado y mostrar sólo una situación que se da con más frecuencia de la que muchos se piensan.
Durante mi experiencia como enfermera me he encontrado con personas que deseaban morir al sentirse prisioneras en un cuerpo que ya no consideraban como propio. Pero también me he encontrado a muchas personas con situaciones que resultarían espantosas a los ojos de muchos, que vivían una vida para ellos plena y llena de esperanza, no siempre ayudados por fe o creencia alguna.
¿Qué quiero decir con esto?
Que no hay una respuesta válida para todas las personas. No hay una única respuesta. Supongo que la decisión de cada cual es la que debe imperar... o debería imperar.
Y, por ahora, nada más.

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