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lunes, 21 de junio de 2010

Memoria de mi enfermera XII: "No deseado 2"

Se miró en el espejo. Primero de frente, luego de lado. Se levantó la camiseta y se acarició la suave piel de la barriga aún plana y lisa. Posó la palma sobre el lugar que, según había visto ya en los libros, debía de estar ocupando ese nuevo ser en sus entrañas. Se concentró por si notaba algo, lo que fuera, un latido, un rumor, un suave aleteo.
«Aún es demasiado pronto»
Sin apartar los ojos de su reflejo en el espejo apretó los dientes con rabia mordiéndose los labios que le escocieron haciéndola reaccionar. No, no iba a llorar más.
Se bajó con un brusco gesto la camiseta y empujó el espejo de una palmotada que a punto estuvo de golpearse con el armario y, quizá, romperse.
«¡Sólo tengo quince años, por Dios!»
Empujó la puerta de su dormitorio con el pie y, corriendo, se echó boca abajo en su cama enterrando el rostro contra la almohada. Desde que se había enterado de su estado el día anterior, gracias a un test de embarazo que Richi había comprado en una Parafarmacia, no había parado de llorar. A su madre le dijo que había discutido con su novio y la muy ingenua la había dejado a su aire. «¡Mejor no te insisto -le dijo ante el mutismo empecinado de su hija-, que cuando te pones así, no hay quien te aguante!»
Aún recordaba con rabia cómo se había creído las explicaciones de Richi cuando le dijo que la primera vez que se hacía era imposible quedarse embarazada...«¡estúpida, eres una estúpida, una ignorante estúpida!». La pasión del momento, que estaba medio borracha y la fe ciega que depositaba en su novio tuvieron el efecto nocivamente confiado de dejarse hacer, de dejarse llevar sin pararse a pensar más. Fue emocionante hasta que pasó todo, hasta que descubrió que las prisas de Richi no incluían en su bagaje sus propias necesidades.
Y pasó lo que no esperaba que pasara. La regla no le bajó ni ese ni el mes siguiente.
Y un test de embarazo dio positivo el día anterior.
La puerta de la calle chirrió tras girar una llave en su cerradura y se abrió. La voz cantarina de su madre anunciando que había llegado a casa aceleró los latidos en su pecho de forma dolorosa. Se sentó rápidamente en la cama y se puso en pie, nerviosa. Se alisó el cabello, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, mientras pensaba a toda velocidad lo que iba a hacer. Lo que debía hacer. La única en este mundo que podía ayudarla con su problema era su madre. Sólo su madre y nadie más. Nadie más.
Tomó aire y salió de su cuarto camino de la cocina, donde su madre sacaba la comida de las bolsas de mercado. La madre la miró con sus hermosos ojos llenos de alegría por estar de nuevo en casa tras una agotadora jornada de trabajo, por volver a ver a su hija, expectante porque le contara cómo le había ido el día.
«¡Nena, te he traído para cenar...!» Dijo y se interrumpió de pronto al ver el rostro descompuesto de su pequeña. Su sonrisa se murió en sus labios apenas esbozada.
«¿Qué te pasa, hija, qué te...?
«¡Mamá, tengo que contarte algo...!» Le dijo la pequeña, al tiempo que abrazaba a su madre y escondía el rostro en su pecho sin poder evitar empezar a llorar de nuevo.
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Estas cosas pasan tan a menudo que no creo que sea una historia que a ninguno de los que lean esto no les haya rozado alguna vez en su vida, de forma más o menos cercana pero siempre conocida.
Se lo dedico a mi madre, esa mujer de educación antigua y sin estudios de ningún tipo, pero que se tomó la enorme tarea, desde que cumplí once años, de ponerme al día sobre la vida sexual en todos sus aspectos y me explicó los riesgos que conllevan practicar sexo sin poner algún tipo de protección, no sólo para evitar infecciones de riesgo importante y conocido, sino para evitar que me fastidiara la vida para siempre jamás con un hijo en plena adolescencia. Y algo que me dijo siempre y que me repitió hasta la saciedad como si de un mantra se tratara, fue: que si, de todos modos, algún día me veía en un «apuro» contara con ella, con ella y con nadie más.
La educación sexual de nuestros hijos es responsabilidad de nosotros como padres y madres y debe empezar desde el momento en que los niños nos puedan entender, desde el instante en que empiezan a preguntarse sobre el sexo y a acribillarnos con «por qués». Existen aún muchas leyendas sobre sexo que circulan entre los adolecentes, leyendas absurdas que ellos se creen, a veces porque desean creer, otras veces por rebeldía y otras por... ¡quién sabe!
Supongo que poco más puedo decir.
Y, por ahora, nada más.

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Este tema me ha preocupado siempre. Tengo un relato escrito del mismo título -de ahí lo de '2'- que trata el tema de los embarazos en diversas circuntancias. Si alguien desea leerlo:

lunes, 14 de junio de 2010

Memoria de mi enfermera XI: "Turno de noche"

Por fin, a las cinco y cuarto de la madrugada, Manuel se sentó en el sillón de la sala de estar con una humeante taza de café entre las manos. Elena, la auxiliar de enfermería, aún se encontraba con el celador acomodando a Evaristo, el paciente de la 6-A, al que habían tenido que cogerle una vía central de urgencia para pasarle la medicación y los concentrados de hematíes, en cuanto llegaran del banco. El internista de guardia, un adjunto con gesto adusto y desabrido, aún escribía las nuevas pautas en el mostrador del control. Con un desagradable gruñido había rechazado la invitación de Manuel para que se tomará un café con él en la sala de estar de enfermería. La mala suerte, propiciada por unos hados con un sentido del humor incomprensible, había determinado que, cuando llamaran al internista de guardia apareciera este joven adjunto de humor agrio y simpatía inexistente en lugar de la adjunta que también se encontraba esa noche de guardia, Adela, más mayor y con un talante más positivo y colaborador. Nadie tiene la culpa «¡y menos aún yo -pensó Manuel ahogando un bostezo» de que en medio de la noche, Evaristo sufriera una crisis que casi le lo lleva por delante. Eso y lo movidita que estaba el resto de la planta, habían convertido una noche más -y ya iban seis-, en un infierno.
El murmullo de las conversaciones de Elena con el celador le llegaron a través de la puerta entornada. Ya habían terminado de limpiar y acomodar a Evaristo. En la mesa de la salita, Manuel había puesto ya otras dos tazas, leche y café calientes y unas madalenas para que se sirvieran en cuanto terminaran. Se lo merecían.
Suspiró al tiempo que cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás.
Las cosas en la planta estaban regular, pero en su casa no estaban mejor. Sus dos pequeños estaban con fiebre... probablemente una gastroenteritis. Sería algo banal, seguro, pero su madre le había llamado una decena de veces para consultarle todo lo que hacía, el apiretal o el dalsy que les daba, si los bañaba o no... ¡Un agobio! Como padre soltero debía de reconocer que a veces las fuerzas y las ganas no eran suficiente bagaje para ocuparse de todo, de su casa, del trabajo. ¡Menos mal que podía contar con su madre! Pero, ¿qué haría si su madre le faltara o cayera ella misma enferma...? ¡¡No, mejor no pensar!! El turno de noche fijo le había costado su matrimonio. La necesidad de ganar un poco más en el magro sueldo que supone el trabajo como enfermero se había cobrado demasiadas bajas. Su vida, su pareja, casi su salud...
Manuel se incorporó en la silla, abrió los ojos y le dio un largo sorbo a su café ya frío.
En el control de enfermería el adjunto terminó de escribir las nuevas pautas y se fue hacia los acensores sin despedirse, arrastrando los pies como única forma de avisar que se marchaba a descansar. Manuel sonrió con malicia cuando escuchó cómo sonaba el busca del adjunto una vez más. «¡Por lo estúpido que eres, te mereces una mala guardia!», pensó Manuel con rabia.
Elena y el celador entraron en la salita. Mientras se servían un café, le informaron de cómo había quedado Evaristo. Él asintió en silencio. Elena trabajaba mucho y bien. No era necesario que le informara de nada, pero ella siempre lo consideraba oportuno.
De repente, un timbre sonó. Su suave cadencia retumbó en el silencio del pasillo como una bomba. Manuel se levantó con ligereza y atendió la llamada en el mostrador del control... Y unos minutos más tarde llamó a su compañera:
- Elena, llama al adjunto de guardia ¡rápido!
La mala suerte propiciada por unos hados con dudoso sentido del humor consiguieron que...
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El trabajo y buen hacer de muchos profesionales de la salud no es algo que se note a menudo o que se conozca con frecuencia. Se da por hecho, se presupone.
Me gustaría que con este pequeño relato se conociera un poco más.
Y, por ahora, nada más.

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jueves, 3 de junio de 2010

Memoria de mi enfermera X: "Irene"

Se miró las manos. Con tanta costra y tanto pinchazo parecían las manos de una pordiosera. La piel aparecía arrugada y ajada, amarillenta como un viejo pergamino. «¡Quién diría que sólo tengo veintinueve años», pensó sin poder evitar que se le nublara la vista por unas ardientes lágrimas que ya no tenían el poder de aliviarla. Se sentó en la cama, bajó las piernas hasta el suelo y se ajustó el camisón. Sería mejor que estirara un poco las piernas antes de la comida, antes de que los carros con las bandejas abarrotaran los estrechos pasillos de la planta de medicina interna en donde se encontraba ingresada desde hacía poco más de dos semanas. Esa misma mañana le habían retirado los sueros y le aseguraron que si comía bien y bebía suficiente agua, le retirarían la vía heparinizada que horadaba la fina piel de su antebrazo derecho.
Llevaba dos semanas ingresada, pero su enfermedad la atormentaba desde hacía seis años.
Salió al pasillo. No había casi nadie; un par de enfermeras repartiendo la medicación del almuerzo. Se alisó el corto cabello y se estiró nuevamente el camisón. Su madre no le había traído aún una bata decente por lo que debería pasear apenas cubierta con la fina tela azulada. Comenzó a caminar si a eso se le podía considerar los cortos pasitos de muñeca con los que inició su recorrido.
A su mente volvieron de golpe, como por ensalmo de un espíritu maligno, sus primeros meses de espanto, de dolor, de temor de una muerte segura... de incredulidad.
Sí. Incredulidad.
Porque esa enfermedad no afectaba a mujeres jóvenes, cultas y sanas y hermosas como ella. Esa enfermedad afectaba a los drogadictos, a los tirados de la calle... a los homosexuales. ¡Qué equivocada estaba!
Sida.
Sólo pensarlo y apretaba fuertemente los párpados, como si el mero hecho de cerrar todo paso a la luz, tuviera el milagroso efecto de conseguir que nada hubiera pasado en realidad, que todo hubiera sido una penosa pesadilla de tintes horripilantes. Pero volvía a abrirlos y todo seguía igual. Y ella seguía enferma.
Sabía cómo, cuándo y de quién se había infectado con ese virus del que tantas veces había escuchado hablar pero pocas se había detenido a conocer sus armas. Su apasionado romance con Ricardo, el ejecutivo de una importante firma de discos, en Ibiza. Romance que duró seis semanas, en el que no pusieron otros medios para hacer el amor que la píldora que ella tomaba de forma habitual desde que cumplió los dieciocho, tuviera pareja o no, nunca se sabía. Ricardo, ese hombre tan limpio, tan atractivo, tan escrupuloso de todo lo suyo, tan seguro de sí mismo. Adinerado, poderoso, apasionado. Ricardo murió tres años después de que acabara su corto idilio veraniego. Ricardo estaba enfermo de sida cuando se enrolló con ella y murió tres años después, justo hacía ya seis años.
Irene se enteró de la muerte de su antiguo amante por un amigo común y, cuando lo supo, se lanzó como una loca a la consulta de su amigo Rafa que le hizo las pruebas y le dio el fatal diagnóstico...
«Tienes sida, Irene»
Y su mundo se hundió a su alrededor con tan espantosa noticia. No era portadora de anticuerpos, no tenía una oportunidad de que la enfermedad no se desarrollara, no. Tenía, ya, sida.
Comenzó un tratamiento de choque con medicaciones de todo pelaje, pastillas a todas horas, infusiones intravenosas de líquidos ambarinos que tenían la puñetera virtud de hacerla sentirse a las puertas de la muerte...
Pero lo peor, lo indiscutiblemente peor, no fue el dolor de su carne, el sufrimiento de su cuerpo; fue el rechazo de los demás.
Perdió a todos los que consideraba amigos. A todos. Aquellos a los que consideraba personas amadas y cercanas, le dieron la espalda de forma radical y no negociable. Al ver la cruel reacción de esas personas, Irene no se molestó en pedirles apoyo. Quizá, pensó con amargura, ella habría hecho lo mismo si se hubiera encontrado con alguien cercano en su situación. Mantener alejado al infectado reduce las posibilidades de contagio... Sea cual sea la vía. ¡Cuánta ignorancia! No contó, por tanto, con otro apoyo que el de sus padres, únicos incondicionales que no temían tocarla, acariciarla o besarla para darle esos ánimos que cada día más le escaseaban y que necesitaba tanto como respirar.
Suspiró.
Aún se sentía débil. Este último achuchón que le había dado la enfermedad había sido muy fuerte y la había dejado extenuada, las fuerzas agostadas, resecas, como esos desiertos agrietados que tantas veces vio en la tele.
Se giró lentamente y volvió a su cuarto. Apenas se había alejado unos metros y parecía que hubiera recorrido kilómetros. Se alisó el camisón, se mesó el cabello, hoy pajizo y frágil, en su día hermoso y rizado.
Estaba muy cansada; mejor regresar.
Se miró las manos, las costras, las arrugas...
Y se perdió dentro de su habitación.

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Demasiado a menudo, a la gente en general se le olvida que el sida es una enfermedad de la que cualquiera se puede contagiar por vía sexual si no pone medios para evitarlo. Existen muchos individuos -hombres y mujeres- seropositivos, que no están enfermos y quizá no lo estén nunca, que pueden contagiar el VIH. No tienen un perfil concreto ni tienen unos rasgos determinados ni podemos identificarlos a simple vista de ninguna forma. Su aspecto es tan saludable como el de cualquiera. La cuestión es que muchos seropositivos no saben que lo son. Por ello es conveniente que siempre se adopten las medidas básicas universales cuando se mantienen relaciones sexuales con personas a las que no conocemos bien o que no estamos seguras de que no van a ser portadores.
Es decir, siempre se debería utilizar el preservativo, no sólo para evitar embarazos no deseados, sino para evitar el contagio de infecciones como sida, hepatitis, sífilis, gonorrea... enfermedades que muchos consideran que pertenecen a tiempos pretéritos y están ahí. Y cada día se infectan más personas.
Preservativo.
Y, por ahora, nada más.


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