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miércoles, 26 de mayo de 2010

Memoria de mi enfermera IX: "¡Señorita, por favor...!"

Bego abrió su taquilla, sacó su ropa de calle y se dispuso a cambiarse.
Había sido un turno muy largo e intenso. Muy duro. Desde que Estela, la supervisora de su planta, les había dicho durante el cambio de turno que esa tarde serían un enfermero menos, se habían sumergido en una vorágine que pareció en un momento que nunca iba a terminar. Bego trabajaba esa tarde con Paco y con Susana, pero ésta había llamado a las dos. Había tenido un incidente en su casa -se había excusado- y no podría ir a trabajar esa tarde... Ése era el cuarto incidente del mes y sólo estaban a 20. Si a Estela le había preocupado la falta de formalidad de su compañera, no lo demostró. Por algo Susana era la mujer del jefe de servicio. ¡Bueno eso era otra cosa! «¡Ay, Bego, qué tiquismiquis eres!»
Estela se fue de la planta esperanzándolos con palabras vagas sobre la posibilidad de que, durante la tarde, el supervisor de guardia les enviara alguien del retén, alguien que les ayudara. Eso sí, la supervisora se fue rápidamente, murmurando no se qué obligaciones de gran importancia que no podían esperar a ser resueltas sin demora alguna... Sus palabras evitaron toda réplica, no fuera a ser que se les ocurriera a Paco y a ella pedirle que les echara una mano hasta su hora de salida oficial, a eso de las cuatro. Hasta esa hora, Estela, como enfermera que era, podría tomar las tensiones o sacar la medicación parenteral o...
Estela se fue rauda pasillo adelante dejando tras ella una gran sensación de soledad. Y de vacío.
Paco y Bego se repartieron los enfermos de la planta lo mejor que pudieron. Ambos estaban muy bregados y sabrían afrontar lo que les viniera; muchos años de experiencia les avalaban. Pero, por otro lado, ser enfermero en una planta de Medicina Interna no era -ni es ni será- nada fácil. Todo podía ser una balsa de aceite y en dos segundos convertirse en una 'tormenta perfecta'.
Todos sus temores se materializaron en sus más arduos colores.
Tuvieron cinco altas y... por lo tanto, cinco pacientes a los que pedir ambulancia y dar informes y medicación y explicarles cuidados en casa...
«¡¡Señorita, me duele la cabeza podría...!!»
Por lo tanto, tuvieron cinco ingresos a cual más grave, pero no tanto como para ingresar en la UCI, con vías por coger y con sondas que permeabilizar, lavados con suero frío que realizar y constantes cada tres horas... bueno, mejor cada dos y electro por turno...
Además, estaban los pacientes de ayer, todos delicados...
«¡¡Señorita... por favor!!»
«¡¡Sí, sí... dígame!»
«Ya sé que tienen mucho jaleo esta tarde pero parece que me duele un poco el pecho y...»
A media tarde se tuvieron que llevar a la UCI a Julián, el señor de la 6. Muy grave y monitorizado.
Todas las vías que tuvieron que salirse, se salieron.
Todas las glucemias de antes de la cena fueron desastrosas...
«los pacientes sienten que la planta va mal, lo sienten, como si la nave fuera a naufragar; se alteran y se alteran sus constantes...»
...y se tuvo que consultar todas y cada una de ellas al internista de guardia para que dispusiera nuevas pautas de insulina y de glucemias posprandiales.
La ayuda prometida por Estela no llegó ni del retén ni de los supervisores de guardia ni de ningún otro control de enfermería. Estuvieron solos Paco y ella.
Las nueve y cuarenta y cinco dieron en el reloj sin haber terminado de pasar los tratamientos ni de escribir las incidencias ni... El internista de guardia esperaba con cara de pocos amigos a ver el electro urgente de la señora de la 10 antes de pautar la amiodarona... «¿Esta noche hay fútbol?»
Paco cerró la carpeta dando por finalizada su labor de amanuense y sonó un timbre, al tiempo que unos gritos aterrados en el pasillo les adelantaba la mala nueva...
«¡¡¡Señorita... mi madre, mi madre!!!»
Bego terminó de abrocharse el abrigo y cerró su taquilla. Miró el reloj que había sobre la puerta de los vestuarios. Las once y cinco. En casa ya no se asustaban cuando tardaba. Era habitual que dieran las diez en el reloj y su turno no pudiera concluir. Cada día por una cosa o por otra, pero pocas veces terminaba a su hora. «Eso son horas extras», pensó mientras sonreía sin alegría, cansada, harta, extenuada... Cuando llegara a casa los niños ya estarían en el quinto sueño y Fernando intentaría disimular su enojo y sus miradas de furia al reloj cuando la escuchara entrar por la puerta.
«¡¡Algún día podrían pagarte las horas extra!!», por fin explotaría él. «¡Date por contento con que no me despidan en el siguiente traslado de fijos!» Respondería ella.
Y cuando por fin se acostara en su cama, cientos de recuerdos de ese turno la acosarían. La inseguridad ocasionada por hacer tareas a destajo, todas importantes, haría el resto...
Antes de que la venciera el sueño, rezaría a un dios que pocas veces la escuchaba, pidiéndole que al día siguiente estuvieran los tres enfermeros que correspondía.
Así no se podía trabajar ni hacer bien las cosas.
«¡¡Gracias a Dios no ha pasado nada!!»

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Poco voy a añadir.
Esto no es ficción. Esto mismo o algo similar ocurre a diario en muchas plantas de nuestros hospitales.
Muchos profesionales trabajan sin medios humanos y/o materiales y sacan el trabajo a diario.
Trabajar de esta forma quema.
Nadie le pone remedio, porque hoy día sigue sucediendo. No se cubren muchas de las bajas, ni de los permisos y los que dan la cara son los que están en esas plantas cuidando pacientes, corriendo de un lado a otro para que les de tiempo a hacer todo lo que hay que hacer.
Yo lo sufrí en mis tiempos hospitalarios y sé que hoy muchos lo siguen sufriendo.
Y yo me quemé...

Y, por ahora, nada más.

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jueves, 20 de mayo de 2010

Esta vez, mi cáscara.


Por una vez voy a hablar de mí... he pensado que quizá a alguien le interese o tenga curiosidad. ¡Quién sabe! No puedo hacer otra cosa, porque intento ponerme en el sitio de otros como hago habitualmente y no me sale, no puedo entrar. No puedo escribir. ¿Habré perdido la llave?
Quizá alguno se habrá preguntado qué cosas son esas que hago que me impiden plasmar historias en este santo lugar que tanto bien me ha proporcionado desde el mismo instante en que un loco día decidí escribir... «por si alguien lo lee», me dije a mí misma, no muy confiada.
Y entonces aparecisteis vosotros y vuestras fotos diciendo que estáis ahí. Y sonreí.

Esta soy yo...

Vivo en una ciudad que no es la que me vio nacer. Me siento orgullosa de haber nacido en el barrio de Vallecas, en Madrid, lugar largo tiempo denostado de forma injusta por ser residencia de gente trabajadora y sufriente entre los que se intercalaban maelantes de diverso pelo y adictos a sustancias tóxicas... igualicos a los que vemos todos los días en los barrios pijos y de gente bien, pero peor vestidos y casi siempre mal duchados, eso sí, potencialmente igual de peligrosos.
Estudié mucho, muchísimo, gracias al esfuerzo de mi familia y a varias becas.
Enfermera, quería ser enfermera y lo conseguí. Trabajé como una burra en plantas de medicina interna en las que me daba patadas en el culo con los zuecos, arriba y abajo de los pasillos, trabajo agotador, extenuante a la par que gratificante, maravilloso... Hoy día lo echo de menos. Bueno, echo de menos el trabajo en sí, no los turnos rotatorios, ni los fines de semana ni festivos malpagados... ni otras muchas cosas que no detallaré para no aburrir.
Tras la carrera de Enfermería me lancé como una loca a estudiar Geografía e Historia por la UNED. Creía que necesitaba saber más... «lo hago por gusto» me decía a mí misma mientras sonreía como una imbécil sin saber que dedicaría nada más y nada menos que 17 largos años en completar cinco cursos de interminables asignaturas, algunas de ellas aburridas como una tumba.
Durante ese tiempo saqué dos oposiciones, una de ellas en el IMSERSO -interesante lugar del que puede que un día me decida a hablar-, la otra en el INSALUD... que ya no existe. Me casé con un buen hombre, una bella persona, cambié de ciudad, tuve dos hijos «Pin y Pon», cambié de trabajo múltiples veces, llegando a ser docente de cursos FPO en el ayuntamiento de mi pueblo, aprobé otra oposición «la que me proporcionó el trabajo que desempeño como enfermera hoy» y la enfermedad entró en mi vida, aunque no en mi cuerpo, obligándome -obligándonos- a reestructurar toda nuestra existencia para que giremos alrededor de ella sin posibilidad alguna de escape. Así de tirana es...
Un día comencé a escribir, hace 6 años ya. Comencé con un relatillo; «a ver cómo se me da», me dije insegura y avergonzada de mi atrevimiento... y terminé escribiendo una novela. Tras esa novela y quince relatillos más, alguno de los cuales me han premiado de forma harto modesta, la verdad -pero para mí son oro puro, porque no me van a premiar más-, varios incautos que me leyeron me animaron a que siguiera escribiendo. Así que he escrito dos novelas más... Mi éxito es modesto, casi inexistente, pero tengo varios 'fieles' que leen todo lo que saco y se lo beben sin que tengan, en apariencia, efectos secundarios nocivos. Quizá los verdaderos efectos de mis textos son de tipo psicológico y el que me animen a escribir más es un signo irrefutable del mal que les aqueja, del trastorno que sufren y que yo no soy capaz de ver.
Además, tras la carrera de Historia, como tenía morriña y creía aburrirme, me lancé de forma inconsciente al doctorado «¡Ea, que quiero intentarlo!», me dije, con una sonrisa de gilipollas dibujada a fuego en el rostro... y con más años que la tos me sumerjo en las procelosas aguas del doctorado en la UNED «¡¡habrá mayor imbecilidad!!» en las que llevo nadando a contracorriente tres años ya. Y hoy, agarrada a una roca, agotada por el esfuerzo, esquivando los troncos enormes que el agua empuja hacia mí, me planteo abandonar y tumbarme en la orilla, dejar que el agua siga su curso y dedicarme a...

«¿A qué, Lola, hija? ¿A qué quieres dedicarte tú, alma de cántaro?»

A parte, como alguien debió pensar un día que valgo para ciertas cosas, bellas personas me pidieron mi participación en un par de webs de corte cultural en las que colaboro gustosa y modestamente desde hace algo más de un año, en una, y unos tres meses, en otra.
Y por fin, para culminar este somero cuadro de mi persona, SOY AMA DE CASA... a mi pesar, en contra de mi voluntad, a regañadientes, pero lo soy. Respeto a las gentes que gustan y aman esta ocupación. No es mi caso. Este ingrato trabajo me roba demasiado tiempo y reniego de la esclavitud a la que me tiene sometida...

Esta soy yo. Esta es mi cáscara, mi envoltorio de mujer cuarentañera, edad que tengo pero no me creo, porque en mi interior no tengo edad...

-¡qué chascos me doy cuando me miro al espejo y veo esa piel ajada que se arruga cada día más!-,

...sólo ilusión por vivir, por contar historias, por comunicarme, por transmitir. Que adoro mi profesión de enfermera, que la defiendo, que la reivindico y la enarbolo allá por donde voy. Que me encanta escribir.
Que adoro a mi familia, a mis hijos y a mi marido, a mis amigos... a mi vida.
Soy yo... ¿me veis, me sentís?

Besos miles
Y, por ahora, nada más

jueves, 13 de mayo de 2010

Ausencia indeseada...

Llevo varios días que no aparezco ni escribo nada nuevo en las memorias de mi enfermera. Un montón de obligaciones que no me gustan tanto como estar por aquí me reclaman, arrancándome las fuerzas con dientes afilados, de tal forma que, cuando abro el blog, no puedo escribir ni una línea...
No sé si esperáis con ansiedad mis entradas, si os preguntáis en algún momento dónde estoy, dónde me he metido, pero si alguien entra con la esperanza de ver algo nuevo y ve lo de siempre, le pido disculpas desde lo más profundo de mi corazón. Hasta que no solvente la cuestión que me arrebata la inspiración, no podré aportar nada nuevo... pero, ¡por favor no me abandonéis! Volveré en breve...
Imaginaos que estáis viendo una película en la tele y acaban de poner los anuncios...



Os dejo con una foto-denuncia que desde hace poco forma parte de este blog. No puedo perder la ocasión de reclamar y solicitar que aunemos todo nuestro esfuerzo para acabar con esta lacra.

Besos miles.
Hasta pronto, pues.
:D

sábado, 1 de mayo de 2010

Mi nueva novela "A TRAVÉS DEL PASADO"


Esta vez me permito la osadía de no hablar sobre mi profesión de enfermera.
Esta vez me permito la libertad de presentaros la novela que estos días estoy dando a conocer, por si alguien está interesado en leerla.
La sinopsis es la siguiente:

César Ortega es un inspector de la policía nacional. Se dirige a Madrid para incorporarse a la UDYCO de Madrid, unidad de la Policía Judicial que se ocupa de investigar el crimen organizado. Es un buen policía, tenaz, inteligente, eficaz, pero se ve aprisionado por un episodio de su pasado cuyos fantasmas no le dejan vivir...

A Madrid llega un preso que acaba de salir de la cárcel de Morón. Tiene una deuda con un importante jefe de una banda que le ayudó cuando lo cogieron seis años atrás. Pagará su cuenta pero antes debe resolver una cuestión de su pasado...

Manuela es una madre que vive sola con sus hijos. Se gana la vida como «escort». Se ve obligada a pagar una deuda que forma parte de su pasado pero que no le corresponde...

Inquietante historia en la que los tres personajes verán entrelazados sus destinos, en un misterio que no se resolverá hasta la última página. Trepidante relato en el que se conjugan de forma magistral secretos inconfesables, asesinatos e investigación policial.
La documentación de esta novela se ha realizado gracias a profesionales que han actuado como asesores.
Se trata de una historia real y cercana. Un relato en el que aparecen personajes que podemos encontrar en nuestro barrio en nuestro entorno más cercano.

Sé que os puede gustar su lectura por ello os invito a que le echéis un vistacillo on-line en LibroVirtual.org:


Acepto opiniones, encantada de la vida.
Y, por ahora, nada más.