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martes, 20 de abril de 2010

Memoria de mi enfermera VIII: "Es más que una enfermedad"

Sonia observó su reflejo en el espejo. Comenzó por los pies y fue subiendo por los tobillos hasta las rodillas. Llegó a los muslos y cerró los ojos. No podía. No podía seguir mirando al, según su cruel apreciación, «monstruo» que clavaba sus ojos en ella desde el otro lado, eso que se suponía que era ella misma. ¡Nunca, nunca imaginó que llegaría a alcanzar un tamaño tan impresionante, tan exagerado! Su peso sobrepasaba ya los 130 kilos. Con sus poco más de metro cincuenta, apenas se podía mover, apenas se podía desplazar por su propia casa sin tener que detenerse cada dos pasos para tomar aire. Y sólo tenía treinta años.
Con el llanto atenazándole la garganta por la rabia, por la humillación de su propia vergüenza, golpeó el espejo aún con los ojos cerrados y se alejó de él. Todo era más fácil si no se veía, si no tenía que mirar el reflejo cruel que se le imponía como propio. En su interior ella no era así. No.
Ojalá pudiera retroceder en el tiempo, a su niñez. Entonces le diría a su madre que no la obligara a comer hasta el último poso del plato, que no le diera un puñado de galletas cada vez que lloraba para que se callara tras un berrinche, que no le comprara los pasteles o las chuches que ella se empecinaba en degustar antes de las comidas... Pero ¿De quién era la culpa de su obesidad? ¿De su madre?¿De ella misma que era casi incapaz de controlarse cada vez que se sentaba a comer? ¿De los demás, que la hacían sentirse rechazada porque era gordita y eso la impulsaba a realizar dietas imposibles que le prometían perder 20 kilos en un mes? ¿De los que se reían de ella, de los que la humillaban o insultaban sin motivo por la calle? Ya no era capaz de recordar cuántas dietas había hecho ya... Ahora sabía que todas eran absurdas e, incluso, peligrosas. Por la desesperación de llegar a tener algún día un cuerpo de modelo se dejó engañar por los cantos de sirena de decenas de seudo-dietistas y seudo-médicos que la atiborraban de pastillas de composición siempre secreta y la lanzaron a dietas a base de pollo frito o de huevos o de chacina que comía de forma compulsiva y que, de forma inexplicable, le hacían perder un porrón de kilos en pocas semanas y que la amigaban de nuevo con su imagen en el espejo y con esas tallas que siempre soñó lucir. Pero era un sueño efímero... al poco Sonia volvía a convertirse en calabaza y despertaba del sueño. Engordaba nuevamente, incluso más kilos de los que había perdido. Se encontraba inmersa en un bucle del que no podía escapar.
La angustia por el fracaso, la ansiedad por tener un aspecto no deseado, el rechazo que sentía en los demás, no siempre real, por su importante sobrepeso, la llevaron más pronto que tarde a las puertas de la depresión, al abandono de sí misma, a la pena extrema que le hizo la idea de la muerte algo atractivo o incluso deseado.
Médicos que te medican y te recomiendan perder peso; endocrinos que te dan un papel en el que escrito con magras palabras te imponen una dieta imposible destinada a fracasar desde el primer filete de pollo a la plancha... el sobrepeso llegó a ser obesidad y la magnitud del dato un día se perdió entre llanto y llanto, entre pena y depresión. Y un día, del que ya no existe retorno, el diagnóstico es demoledor: obesidad mórbida. Tu corazón falla, tienes diabetes tipo dos, hipertensión... El exceso de kilos es ya una bomba sobre tu cuerpo que se queja y se lamenta: adelgazar, en ese momento algo prácticamente imposible por los medios normales, se convierte en un imperativo para que tu vida no corra peligro.
Sonia estaba enferma de muerte.
Se detiene en el pasillo. Retrocede sobre sus pasos y se acerca nuevamente al espejo. Aún no ha abierto los ojos que tiene firmemente apretados. Toma aire y los abre poco a poco. Comienza por su cabello, ensortijado y un día bonito, baja a su rostro y posa en sus iris verdes su cruel mirada.
«Esta soy yo -se dice con lágrimas en los ojos-, este es mi cuerpo. Soy Yo»

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Los niños obesos no son más «ricos», ni más graciosos: lo niños obesos sufren el primer estadio de una enfermedad crónica que con los años les puede provocar otras graves enfermedades crónicas. Es en las primeras etapas de la vida donde se debe afrontar este problema y corregirlo. Una correcta educación para la salud que posibilite hábitos de vida saludable en dieta variada y ejercicio físico se han demostrado como las herramientas más adecuadas para afrontar este problema.

Las personas obesas no son más felices.

Las personas obesas no son obesas porque quieren. Sufren una enfermedad crónica.

Las personas que sufren obesidad mórbida requieren un tratamiento casi siempre quirúrgico o invasivo que puede poner en riesgo, muchas veces, su vida. Pero también psicológico y, muchas veces, psiquiátrico.

La obesidad no es un problema estético: es una enfermedad crónica y como tal un problema de salud.

La prevención de la obesidad es algo a lo que todos debemos mentalizarnos. Y se debe prevenir desde los primeros años de vida de cada persona.

Debemos aceptar a todas las personas tal y como son. Tal y como son. Basarse sólo en apreciaciones estéticas para establecer una baremo de calidad para admitir o rechazar a los seres humanos muestra la estupidez y la superficialidad a la que ha llegado nuestra sociedad.
La obesidad es una enfermedad crónica y como tal se debe de tener en cuenta y establecer recursos adecuados para su diagnóstico, tratamiento y control.
Y, por ahora, nada más.

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sábado, 10 de abril de 2010

Memorias de mi enfermera VII: "Agresiones cotidianas"

Cerramos la puerta de la habitación. Acabamos de dejar todo recogido y a Sara dispuesta para que la familia la visite un ratito antes de que lleguen los del tanatorio a llevársela. Como siempre en estos casos, procuramos que la familia no se quede en el pasillo y llore su pérdida en un lugar recogido, fuera de las miradas de los demás familiares y pacientes. Pero como suele pasar a menudo, no todos aceptan y su hijo se ha quedado ante la puerta cerrada, esperando, no sé en realidad el qué, atento a nuestros movimientos, a nuestras palabras dentro de la habitación. Susana, la auxiliar, y yo, hemos retirado todas las vías y sondas del cuerpo aún cálido y terso de Sara, la hemos lavado, la hemos vestido con un camisón limpio, hemos cambiado la ropa de su cama y la hemos cubierto con una sencilla sábana. Parece dormida, pero no lo está.
Ingresó ayer por un problema de corazón en apariencia leve. Se la ingresó para realizarle varias pruebas y, hace un par de horas, mientras cenaba tranquilamente mirando la televisión, su corazón se paró. Se intentó todo, todo por reanimarla. El médico, saltándose lo que dicta la prudencia protocolaria, dirigió la reanimación más allá del tiempo recomendable y tras casi una hora de infructuosas maniobras de resucitación, se dictaminó su fallecimiento.
Sara era una mujer de ochenta y seis años, pero aunque era muy anciana, su estado general era bastante bueno y su vida era muy activa. Era una mujer anciana, pero aún así la sensación de tristeza que asola el pasillo de nuestra planta cada vez que fallece alguien es igual de abrumadora, igual de paralizante. La miro un instante antes de salir al pasillo. « -pienso con tristeza-, algo se ha ido de ese cuerpo, algo que tiene el poder de arrebatar expresión a ese rostro»
Susana se va hacia el control y yo me detengo unos instantes a hablar con el hijo de Sara. En su rostro encuentro no pena, rabia. Sus ojos miran húmedos de lágrimas, con ira, buscando, exigiendo una respuesta que yo no puedo darle. Le noto tenso, los dientes apretados. Pongo con cautela una mano en su brazo al tiempo que murmuro unas palabras que hasta a mí me suenan inútiles y él me golpea el brazo con enorme brusquedad al tiempo que me grita «¡¡No me toques. No te atrevas a tocarme!!» En ese momento, por el pasillo aparece el médico y le pide al hombre que le acompañe a su despacho. El médico, un adjunto de Medicina Interna que se ha hecho cargo de la inesperada muerte de Sara, cree adecuado ignorar el golpe que el hijo de Sara me ha dado en el brazo y que me duele con un intenso latido. «Acompáñeme, por favor -le dice el médico al tiempo que con una mano le invita a seguirlo-, hablemos en el despacho» El hombre me lanza una furibunda mirada y sigue al médico. Mientras camina, el hijo de Sara comienza a insultar al médico con palabras violentas, le amenaza con medidas judiciales ante al inesperada muerte de Sara que para él sólo puede ser el resultado de una negligencia por parte de los médicos y de todo el personal del hospital. Llegan al despacho, pero los gritos no ceden; los insultos y las amenazas tampoco. Echo a correr al control de enfermería y le indico a mi compañera que llame a seguridad. En ese momento la puerta del despacho se ha cerrado con un estruendoso golpe que hace eco en el pasillo y un montón de rostros curiosos se asoman por las puertas de las habitaciones de los otros pacientes. Me acerco al despacho a ver si puedo ayudar de alguna forma, pero mi corazón late dolorosamente en el pecho, mis manos tiemblan. Estoy aterrada.
Los vigilantes de seguridad llegan y se acercan a la puerta del despacho. Los gritos dentro y fuera se suceden durante demasiado rato. Los golpes dentro vaticinan una mala situación para el adjunto.
Por fin, se hace el silencio.
La puerta se abre. El hijo de Sara sale.
Su aspecto abatido, desinflado, lleva a imaginar que se trata de otra persona, otra distinta de la que entró braceando violentamente e insultando al médico. Su paso titubeante y su llanto quedo nos da la imagen de un hombre roto de dolor, abatido por la pena. Los vigilantes le toman cada uno por un brazo, con precaución pero de forma decidida y le invitan a que les acompañen. Con el corazón aún latiéndome en la garganta por el miedo, entro en el despacho del médico. Está en el suelo sentado, tras el escritorio. La sangre que brota de sus labios rotos y de su nariz es suficientemente elocuente. Me mira. Y entonces leo el miedo que ha pasado en ese despacho encerrado con el hijo de Sara, sin posibilidad de escapar hasta que la puerta se abrió y la furia escapó por el pasillo. Me acerco a él y le ayudo a levantarse.
Estas cosas no deberían pasar. Nunca.
Fin

Esto es una narración que podría parecer ficticia, pero yo viví algo parecido. Por supuesto, los personajes no son reales.
Las agresiones en los centros sanitarios, verbales y físicas, son algo demasiado cotidiano, demasiado habitual. Trabajamos con el sufrimiento ajeno, con el dolor, la desesperación y la muerte y eso lleva a muchas personas a descargar sobre los que los atienden toda su rabia o frustración cuando el final de una enfermedad o accidente es el que menos deseamos. He de confesar que a mí me han pegado y golpeado varias veces a lo largo de mi carrera, me han lanzado objetos con la intención de herirme y me han insultado, amenazado y humillado tantas veces que ya he perdido la cuenta. Y, de la misma forma que me ha pasado a mí, lo han sufrido otros miles de compañeros, sin que en muchas ocasiones nadie haya hecho nada por defender nuestros derechos como personas, como profesionales.
Hace poco leí una carta de opinión en un diario, escrita por un usuario de la sanidad pública, que decía que se creía con derecho de amenazar, insultar o incluso golpear a médicos y enfermeros porque la sanidad de su ciudad era mediocre e insuficiente y que se consideraba con el derecho de tomar las medidas que le parecieran oportunas para que se le escuchara o se le atendiera. Ese derecho le daba el pagar puntualmente sus impuestos.
A eso hemos llegado.
Y, por cierto, yo también pago mis impuestos puntualmente.
Y, por ahora, nada más.

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viernes, 2 de abril de 2010

"No lo entiendo..."

Esta entrada, llevando la contraria a lo que en mí es habitual, será breve.
En estos días mucha gente viaja de acá para allá buscando en otros lugares lo que no tiene donde vive habitualmente: sol, playa, campo, descanso, monumentos... Lo que sea, siempre existe un motivo suficientemente justificado para salir de viaje. Muchos lo hacen en coche. En los trayectos largos nos ponemos todos lo medios de sujeción necesarios por si sufrimos un accidente... Bueno, todos no. Aún hay muchos... incautos -por elegir una palabra políticamente correcta- que se creen que el cinturón agrava cualquier accidente. Allá ellos, las estadísticas hablan de forma suficientemente elocuente de la utilidad de este medio para evitar consecuencias nefastas de muchos accidentes de tráfico.
Lo que no comprendo y nunca comprenderé es por qué muchos padres no le ponen el cinturón a sus hijos y los dejan triscar por el interior del coche, saltando, o les dejan ir de pie entre los asientos delanteros para poder ver bien el paisaje.
He comentado esta circunstancia en numerosas ocasiones y he escuchado cientos de excusas. Todas estúpidas. Una de las que más me llega al alma es que la silla o el elevador cuesta mucho dinero... Y a veces me lo dice una persona que tiene un vehículo de más de tres millones de las antiguas pesetas y que viste a la última con ropa de marca y que me observa a través de una gafas de sol muy cool de diseño. ¿En qué valor material tasan estas personas la seguridad y la vida de sus hijos?
Creo que no poner los medios para salvaguardar la vida o la seguridad de los niños es una forma de maltrato. Creo que a los padres que les pillan sin medios de sujeción adecuado para sus hijos deberían ponerles multas astronómicas y, si reinciden, valorar medidas más drásticas. Mucho más.
¿Que soy dura?
¿Que qué digo, que estoy loca?
¿Que no sé lo que digo?
Si un adulto decice libremente jugarse la vida y la pierde o la fastidia, es cosa suya. Pero si un adulto se juega la vida de un niño, de una persona que no tiene capacidad de valorar las consecuencias de sus actos por sí mismo... ¿qué es?
¿Alguien me lo sabe decir?
He visto y, alguna vez, colaborado en la extracción de personas entre los hierros resultantes de un accidente de tráfico. Es algo demoledor, espantoso, horripilante...
Dejo a la imaginación de los que quizá lean esto, lo que puede suponer que una de esas víctimas sea un niño que iba sin sujeción alguna... por el motivo que sea. Por favor, imagínenlo y díganme si las excusas de los adultos sirven para explicar, para justificar, la muerte de un pequeño o unas graves lesiones en su cuerpo para toda la vida.
Espero y deseo que todos regresen bien de sus vacaciones. Cuidense y tengan cuidado. Besos miles.
Y, por ahora, nada más.