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lunes, 22 de febrero de 2010

"No todo es sufrimiento en el hospital..."

Nuevamente me permito la libertad de incluir un pequeño episodio de mi novela "A ambos lados" en este, mi humilde balcón, en el que lanzo mis historias que llegan a vosotros impelidas por ¿el viento? No, por la magia de Internet. Os recuerdo que la protagonista es Marian, una enfermera cuarentañera, soltera a su pesar, que trabaja en una planta de medicina interna de un gran hospital... Muchos que me conocen, cuando han leído la novela han identificado a la protagonista conmigo. ¡Hombre, mucho tiene de mí, sin duda alguna, pero no soy yo!
Os dejo en sus manos.
"... Estoy terminando un café en la sala de estar. Estoy sola. Aún es pronto para repartir la medicación de las seis. Auxi y Caridad, mis compañeras esta tarde, están cogiendo una vía a un paciente que acaba de ingresar. Piedad asoma la cabeza por la puerta. Es una mujer muy guapa y muy atractiva, de las que les gustan a los hombres y a muchas mujeres nada más verla. Mejor aún: es de ese estilo de mujeres a las que todo el mundo se gira a mirar cuando va por la calle, aunque vaya en bata de felpa, zapatillas de lona y rulos. Rubia natural y cabello rizado; ojos verde azulados, enmarcados por pestañas como abanicos; cara perfecta y preciosa; sonrisa de anuncio siempre natural; cuerpo escultural y pecho prominente determinado genéticamente, que le causa más de un disgusto en su trabajo, porque algunos pacientes no pueden despegar sus ojos de este elemento de su anatomía, aunque ella se cierra el escote en pico del uniforme con esparadrapo de tela o con imperdibles de diseño. Como la planta está tranquila y el ambiente navideño la embriaga, se ha colocado una cinta de espumillón rojo en la cabeza y se ha fabricado unos pendientes con dos polvorones. Indiscutiblemente es perfecta; encima es buena persona y tiene sentido del humor.
«Un asco de mujer!» La ponzoñosa envidia me corroe.
-Marian, anda acompáñame a cambiar a la señora de la 16 B. Socorro ha bajado un momento...
-¡Venga, vamos! –me levanto con la mayor agilidad de la que puedo hacer acopio, que no es mucha, dada la cantidad de mantecados que me estoy comiendo en estos señalados días. No me gusta la Navidad, cierto, pero los dulces propios de estas fechas me hacen perder el sentido. Una cosa no tiene por qué estar reñida con la otra. Según avanzo con Piedad por el pasillo me obligo a recordar y me refuerzo en mis intenciones de cambiar de vida a partir del día de año nuevo. Muy poco original, cierto, pero necesito una fecha y esa era tan válida como cualquier otra. Hasta entonces quizá tenga vía libre a casi todos los excesos. Me sonrío.
La señora de la 16 B es una mujer mayor, setenta y cinco años; mide metro cuarenta y debe pesar unos noventa kilos. Es oronda y sus brazos, piernas y cabeza apenas sobresalen de su circunferencia.
«Así seré yo en tres meses como no me cuide», pienso mientras miro mi reflejo en el cristal de la ventana. Me refuerzo, una vez más, en mis deseos de cambio y renovación con el nuevo año.
La señora de la 16 B se llama Rocío García. Es de Sevilla. Está en nuestra ciudad de visita ya que uno de sus hijos se casaba el fin de semana pasado y ella era la madrina. Es asmática. Con el frío que está haciendo por aquí se le ha complicado un pequeño catarro que tenía y ahora está ingresada por una neumonía. Es una mujer simpatiquísima y con un sentido del humor fabuloso. Además su forma de hablar hace que la gracia sea inmejorable. Bromea constantemente con su aspecto físico y con lo gordita que está. Pero no pierde la ocasión de lanzar alguna pulla al personal más joven, pero eso sí, a los médicos los respeta mucho; a ellos y ellas los llama doctor, los trata de usted y de don.
Piedad le ha puesto la cuña en el sillón ya que no puede ir al baño por dos razones: el cable del oxígeno no llega al cuarto de baño y el médico le ha prohibido que haga ningún tipo de esfuerzo. Está sentada en el sillón negro de polipiel. Como es tan bajita los pies no le llegan al suelo, así que se le ha puesto una caja de cartón, de esas en las que vienen los sueros empaquetados, para que pueda apoyarlos y esté lo más cómoda posible. La verdad es que la señora está muy simpática allí sentada y con su moño tirante en el cogote, que según ella le sirve para estirar todas sus arrugas de la cara y hacerle un lifting –ella pronuncia litin-, por eso parece que tiene el pelo tan largo, según dice la mujer, «de la cantiá de pellejo que esho p’atrás».
La señora Rocío está rodeada de un montón de familiares. Ya nos contó que tenía diez hijos, todos machos, como dice ella. Pues todos han venido a verla esta tarde. Naturalmente la presencia de mi compañera, Piedad, hace que nadie repare en mí cuando entramos en el cuarto. Diez pares de ojos están posados en su espumillón y sus polvorones.
-Niña, quítame esto o se me van a gangrená las piernas –señala la cuña doña Rocío.
Piedad se acerca a un lado de la mujer para retirar el artilugio mientras me mira invitándome a que me coloque al otro lado e, inmediatamente, todos los retoños se acercan ayudarla, levantando por los brazos y piernas a la madre y dejándola en vilo sobre la cuña como si fuera una aparición levitante. Yo no he movido un músculo; me quedo en un rincón observando la escena con deleite. Mi compañera retira la cuña y la madre vuelve a ser depositada con delicadeza sobre el sillón, pero los diez pares de ojos no se han despegado ni un sólo instante de Piedad. Mientras tanto, Rocío no ha parado de hablar, contándonos las muchas cualidades de sus pequeños –el más bajito no mide menos de metro ochenta-, sus nombres, nos habla de sus trabajos, de sus casas, de sus hijos, de sus bodas. Es muy difícil salir de una habitación cuando un paciente tiene tanto verbo y tanta capacidad narrativa; cortar su prolífico relato sin llegar a ser maleducado es un arte y Piedad lo domina a la perfección.
Al fin salimos. Sonrío y miro a mi compañera. Ella también sonríe.
-Me anoto mentalmente que la próxima vez también me pongo un espumillón y unos polvorones en las orejas, a ver qué tal me va.
Lo he dicho bajito y aguantando las carcajadas que me explotan en la boca. Entramos en la sala de estar de enfermería, cerramos la puerta y rompemos a reír como dos locas. Cuando conseguimos que las carcajadas bajen de intensidad mi compañera me agarra del brazo, con la otra mano me toma la cara y me dice con el gesto serio y los ojos brillantes por la risa.
-Marian no me digas que no te mueres de ganas por volver a la habitación. A lo mejor doña Rocío te da alguno de los que tiene solteros...
Volvemos a reír hasta no poder respirar. Pero en el fondo de mi alma pienso que a lo mejor tiene razón y no le importa a esa buena mujer que yo me quede a uno... "

(c) Lola Montalvo

martes, 16 de febrero de 2010

Memorias de mi enfermera V: "Aprender a vivir"

Cerró los ojos, un gesto innecesario ya que aún estaba oscuro. Pero necesitaba tener la sensación de que la oscuridad no le iba a engullir. Necesitaba sentir que si veía oscuridad era porque él cerraba los ojos. Fue inútil. Las lágrimas se agolparon tras sus párpados escociéndole, quemándole, impidiéndole respirar. El silencio era absoluto. Sólo se escuchaba a su lado el rítmico y sereno respirar de ella, dormida, acurrucada de cualquier manera en el sillón, ajena a su vigilia, benditamente ausente. En la otra cama de su habitación de hospital no había nadie y en el oscuro pasillo hacía horas que se había dejado de sentir el ir y venir de las enfermeras del turno de noche.
      Suspiró profundamente intentando controlar su cuerpo, pero fue en vano. El llanto ganó la batalla y, sin fuerzas para resistirse más, lo dejó fluir ya sin voluntad alguna. Aún vencido por la vorágine de su dolor, la habitación permaneció en un eclesial silencio que permitía seguir escuchando el respirar quedo de ella.

Cerró los ojos y recordó...

Tres años hacía ya que comenzó todo. La pérdida de peso sin justificación, los intensos y paralizantes dolores de cabeza, el malestar constante, el cansancio y esa insalubre sensación que te grita por lo bajini que algo va mal, que algo en tu interior se está tomando la libertad de estropear algún recóndito resorte que te lleve a una situación jamás deseada, jamás, cuando uno acaba de tener un hijo, cuando uno acaba de empezar una vida. Nunca es un buen momento para enfermar, nunca, porque ella estaba embarazada y la nena era demasiado pequeña, demasiado pequeña...
      Daba igual que te resistieras; el resorte de tu organismo estaba definitivamente roto. Sin solución. Roto.
     En un aciago día, tras meses de negar lo evidente, te ves ingresado en una cama de hospital, las fuerzas agotadas, cien mil cables saliendo y entrando por tu cuerpo, un cuerpo que ya no te pertenece, que ya no funciona como debe. En un sólo día te ves al borde de la muerte, desesperado por el dolor, por la angustia... Tu vida ya no es la misma y nunca volverá a serlo.
    Tus riñones ya no funcionan. Debes asumir eso. Y debes aprender a vivir... de nuevo. Tienes que aprender a vivir, de nuevo.

Se te concede una tregua de meses antes de empezar la hemodiálisis, meses en los que la dieta se reduce hasta los límites de la malnutrición. El agua, los alimentos y sus componentes —de los que hasta ese momento fuiste completamente ajeno, porque ¿a quién coño le importa lo que es el fósforo, el potasio, la creatinina y lo que hacen en nuestro cuerpo?— son un veneno potencial para tu averiado organismo. Comer ya no es un placer, es un ejercicio de cálculo, una ecuación ponzoñosa en la que la incógnita a despejar es cuánto líquido puede encharcar tus pulmones si te saltas las restricciones.
      Pero esta dieta tan estricta no te va a curar... esto sólo es el preámbulo de lo que viene después. A los pocos meses empiezas con la hemodiálisis y empiezas a comprender lo que será tu existencia a partir de entonces. La vida sigue allá fuera mientras tú tienes que pasarte cuatro horas enganchado a una máquina que te limpie lo que tus riñones ya no pueden. Cuatro horas en el que eres consciente de que la gente vive su vida fuera, completamente ajenos...
      Aprendes a vivir. Sí, claro que sí. Aprendes a organizar tu vida y tu trabajo alrededor de esas cuatro horas, tres veces en semana. Aprendes a intercalar tu ocio en ese tiempo tirano que nunca te da tregua. Aprendes a irte de vacaciones llevándote tus cuatro horas tres días en semana allá a donde vayas. Claro que sí. Aprendes a vivir con tus hijos al máximo antes de tener que irte un sábado al mediodía a cumplir con tus cuatro horas. Hasta aprendes a sonreír con educación cuando alguien tiene la osadía de decirte, sin perder la sonrisa, que te ve muy bien, muy bien... que lo tuyo lo llevas estupendamente y que no dejes de pensar que hay cosas peores... Esas personas que, en su atrevida ignorancia de personas aparentemente sanas, no se dan cuenta que ellos no pueden juzgar eso, que nadie puede juzgar si una enfermedad es peor que otras. ¿Qué es peor? ¿Ellos lo saben? ¿Saben ellos lo que cada persona sufre con esas enfermedades? Para cada uno su enfermedad es su infierno, da igual que sea cáncer, esclerosis múltiple, Alzheimer, cualquier patología rara o insuficiencia renal crónica.

Un día, de repente, te abren la puerta a la esperanza. La esperanza de un trasplante. Y entonces aprendes a vivir con la ilusión de que un día tu calvario tendrá un final, que no es para siempre, que puede ocurrir un milagro: el milagro de que te pongan un riñón sano que haga lo que los tuyos un día decidieron dejar de hacer.
      Y ese día llega y tú eres muy feliz. «En unas semanas seré libre, me libraré de mis cuatro horas tres veces en semana y volveré a llevar una vida normal» te dices.
     Antes de la operación te dan un papel para que lo firmes. En él se recogen los riesgos que corres en tal intervención, riesgos derivados de la operación o de los medicamentos que te darán durante y después de la misma. Pero eso es algo que le pasa a ¿cuántos? ¿Uno de cada mil? ¿Uno de cada quinientos? ¡Va, da igual! Lo firmas, lo firmas con la esperanza de que eso a ti no te suceda. Algo puede ir mal, claro, lo entiendes, pero a ti no te va a pasar nada. Sabes que los adelantos de hoy día no permiten que eso no suceda. Firmas el papel de la autorización con una sonrisa contenida entre los labios. ¡Bendita ignorancia! «¡Esto se va a acabar, se acaba!»
      Entras en el quirófano con el billete de un beso en tus labios, un beso impregnado de esperanza, un beso de ella. Cuando despiertes tu vida será otra. La vida de los dos será mejor.
     Pero todo va mal. Mal, tan mal que casi las Parcas consiguen arrancar tu esencia por siempre jamás y transformarla en un recuerdo. Las advertencias del papel que firmaste se quedaron cortas, muy cortas. ¡Oh, bendita ignorancia! Más dolor, más sufrimiento, más pesar. Sí, pero vivo.
      Y una semana más tarde te encuentras en una habitación a oscuras. Está a punto de amanecer. Ella duerme en el sillón junto a tu cama. Su mano posada en el colchón, esa mano que se durmió cogida a la tuya, dándote fuerzas, dándote unas ganas que aún no tienes.

Por fin, el llanto cedió. Tuvo la virtud de lavar tu dolor, de llevar tu pesar al sitio justo en donde debe descansar. Abres los ojos y sabes que algo ha cambiado. Sí.
      Un resquicio de luz tiñe de oro el horizonte tras la ventana, delimitando majestuosamente los edificios que te impiden ver el sol. Amanece un nuevo día. Miras el halo dorado y sientes renacer en tu interior lo que creías perdido en su sufrir.
      Y entonces lo sabes. Te sonríes a ti mismo tímidamente.
     Aprenderás a vivir, aprenderás a recuperarte de esto.
     Sin dejar de sonreír, tomas la mano de ella y la acaricias.

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Esta historia no es fruto de mi imaginación. Los personajes, él y ella, son reales.
      Cada uno tiene su pequeña porción de dolor en esta vida. Todos tenemos algo que nos hace sufrir o que nos impide llevar la vida que desearíamos. Todos sufrimos en nuestra existencia tropiezos que nos obligan a detenernos un instante y reflexionar. Y aprender a vivir con lo que el destino nos pone en nuestro camino. No mires a los demás, ni en lo bueno ni en lo que crees que pueda ser peor. Ninguna enfermedad grave es mejor o peor que otras. Aprende a vivir y lucha con uñas y dientes...
     Recuerda, todos somos mucho más fuertes de lo que creemos. Nada nos puede vencer.
    Esta historia, real, muy real, pretende ser un soplo de esperanza, una inyección de energía para los que sufren algún grave padecer. Para ellos va mi apoyo.

Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...
editado 23 febrero 2017

martes, 9 de febrero de 2010

Libro Solidario para Haití

Os invito a participar en esta campaña solidaria, llevada a cabo por Escritores Solidarios, grupo al que pertenezco, como algunos de vosotros pudisteis comprobar en la campaña de navidad.
La idea ha partido de una escritora, Silvia Ochoa Ayensa
El motivo de esta campaña no es otro que ayudar a las víctimas del terremoto de Haití. Decenas de autores: escritores y poetas, diseñadores, ilustradores y fotógrafos han colaborado de forma desinteresada para dar forma y hacer realidad esta idea. El portal de LibroVirtual.org ha facilitado el espacio, gracias a la ayuda desinteresada de Antonio Arteaga, su creador.
Si pulsáis el enlace, éste os dirigirá a la página de LibroVirtual.org en la que está colgada la obra. Allí podéis leer la obra gratis on-line, descargarla en pdf, hacer un donativo mediante sms o por tarjeta. También está disponible en libro, gracias a la colaboración, igualmente desinteresada, de Bubok.
Podéis ayudar en esta campaña con poco, con ese poco que a diario nos gastamos en cosas sin importancia, por un valor económico modesto. Pero recordad que muchos de los que sobreviven en Haití no tienen ni lo más básico, ni lo más imprescindible para vivir.
Todo lo que se consiga recaudar en esta campaña se destinará integramente a la Cruz Roja, ONG que trabaja de forma activa en aquélla región.
¡Colaborad!
Y, por ahora, nada más.

jueves, 4 de febrero de 2010

Memoria de mi enfermera IV: "María"

Pocos desean ingresar en un hospital. Muy pocos.
La mayoría de las personas siente una extraña desazón cuando se imagina el olor característico de los hospitales, esa inquietante mezcla de desinfectante -dicen casi todos, con el gesto arrugado por el desagrado - y de otra cosa que yo me sé... Muchos cruzan los dedos cuando sienten algún dolor en el pecho, en el costado o cuando algún bulto toma la osadía de crecer en una parte del cuerpo que no es la esperada... o la deseada, invocando a la diosa Fortuna, mientras le ruegan que, sea lo que sea, no le obligue a ingresar en un hospital.
- Cuando te meten allí ya no es fácil salir -se dicen entre susurros-. Los médicos buscan y rebuscan en tu cuerpo y te encuentran lo que no tienes... (algo harto difícil de entender, pero que forma parte del creer popular... ¡palabra!)
Evocan la imagen de un hospital como el de un ser de ávidas garras, sediento de sangre, que engulle sin posibilidad de vuelta atrás al que ingresa. Terrorífica imagen cuanto menos, sin lugar a dudas.
Da igual, por supuesto, la imagen que las personas de la calle tengan de los hospitales, porque dentro se cumple con un fin muy concreto: devolver las personas restablecidas en la medida de lo posible a la calle y lo cumplen muy bien en una amplia mayoría de los casos.
Yo creo que a lo que se teme de verdad, es a la enfermedad, al sufrimiento... entes incorpóreos que no conforman sustancia hasta que no es demasiado tarde. Por ello, mientras que se está "sano", se busca un objeto material sobre el que enfocar su rechazo, su odio incluso. Los hospitales.
Sí, las personas en general le tienen terror a los hospitales, les provoca un intenso rechazo el imaginarse dentro... ¿a todas?
No, a todas, no.
Es necesario, por tanto, que les presente a María.
María tiene más de cincuenta años pero menos de noventa. Es una paciente que viene ingresando en mi servicio de Medicina Interna cada cierto tiempo... no sé, cada dos o tres meses, pero siempre en vacaciones. Y cada vez que ingresa no sale antes del mes o el mes y medio. Tiene un montón de enfermedades crónicas que afectan a todos sus órganos vitales. A todos sin excepción. Es obesa, sufre de artrosis en las piernas y las caderas que le impide moverse con soltura, tiene cataratas que le obligan a llevar unas gruesas y pasadas de moda gafas negras. ¡Qué más dan sus patologías, qué importa su aspecto físico! No, no podemos juzgarla por lo que padece o por lo que semeja a nuestros ojos. No.
María es una persona desagradable, mal educada, desabrida, tirana, altanera, injusta, déspota, machista... No utilizo ni un sólo insulto en los adjetivos que le dedico, dado que lo que digo es una descripción objetiva de sus no cualidades morales como persona.
Los pacientes son personas y, como tales, nos llegan con su elenco particular de cualidades y de defectos. María era escasa en lo primero y abusaba peligrosamente de lo segundo.
Sin embargo, nos obligábamos a tolerarla siempre que aparecía como una paciente más.
María ingresaba siempre alerta. Nos llegaba sentada en la camilla como una efigie egipcia, acompañada de un enorme bolsón del que extraía objetos personales necesarios para su higiene y acomodo, pero también de una radio, varios libros, dos cojines, un par de fotografías de familiares, su juego de cubiertos, servilleta y vaso y su labor de punto.
Verla sacar tantos enseres hacía entender dos cosas al instante:

1. Que María nunca se dejaba arrollar por la improvisación.
2. Que María venía para quedarse.

Antes de conseguir darle el alta terminaba una media de dos jerseys y se llevaba uno comenzado.
Las pacientes que tenían la mala fortuna de compartir la habitación con ella, se quejaban de su mal genio, de las voces que daba para decir todo lo que le parecía, de lo alto que ponía la radio, de la poca inhibición que le ponía a sus orificios naturales para dejar salir el aire que le sobraba, de los exabruptos que lanzaba a las visitas de los demás... visitas que ella jamás recibía.
A María nunca nadie venía a verla, pero ella a diario besaba las fotos que colocaba en su mesilla y que mostraba unos sonrientes rostros que abrazaban el orondo cuerpo de una desconocida María-Sonriente. A diario nos deleitaba con una disertación propia de un líder caribeño sobre las cualidades de su hijo, su nuera y sus nietos, rayante casi en la ciencia ficción. Nos daba detalles del mucho amor que por ella sentían, de lo necesaria que ella era para el devenir cotidiano de sus vidas. Si alguien osaba hacer patente la ausencia crónica de su familia ante su ingreso y enfermedad, ella cerraba sus ojos con determinación: no, no aceptaría críticas a su familia. Aunque no venían, la querían, la adoraban, la necesitaban para poder respirar día a día... algo difícil de comprender viéndola tan sola.
En cuanto a María se le nivelaban las cifras de glucemia, los niveles de potasio, las diuresis y el colesterol, todos en el servicio conteníamos el aliento esperando a que el médico dijese las palabras mágicas:
- Le voy a dar el alta a María...
Y las llegaba a decir, sí, pero el alta nunca se materializaba.
La noche antes, ella se ponía mala malísima, las glucemias se descontrolaban, el potasio se disparaba y... vuelta a empezar. Otra larga temporada hasta que todo se volvía a colocar en su sitio. Otra vez las pacientes se quejaban de sus malos modales y su falta de urbanidad.
Hasta que llegaba el día en que el médico daba nuevamente su veredicto: Alta y el alta se hacía realidad.
Un día, mientras una auxiliar le ayudaba a recoger sus pertenencias y regresarlas a su enorme bolsa, mientras María pedía a gritos a la enfermera que llamara a la ambulancia o insultaba al celador que le ayudaba a subirla a la camilla, nuevamente su efigie egipcia en la puerta de salida, a alguien se le ocurrió expresar en voz alta algo banal. Algo como:
- María, y su hijo...
María miró con desprecio a esa persona y, con el gesto más feo que yo he visto en mi vida, le dijo:
- Mi hijo es la mejor persona del mundo. Hoy regresa de vacaciones y me espera en casa -se rió con desprecio- Como yo no puedo ir con ellos porque el apartamento en Marbella es demasiado pequeño y la chacha se debe de ocupar de otras cosas, unos días antes de que se vaya, dejo de tomar la medicación y de ponerme la insulina. Me pongo malísima de la muerte y me llevan al hospital. Me ingresan y yo me quedo aquí hasta que ellos vuelven. ¡Dónde voy a estar mejor que aquí! Si me quieren dar el alta antes de tiempo, me atiborro a azúcar y ese día no me tomo la medicación. Otra vez me pongo mala y no me voy a casa. Hoy mi hijo regresa y me ha traído un regalo casi seguro... ¡Y me voy a casa!
Todos los allí presentes, incluyendo la paciente de la cama de al lado y su marido, nos quedamos con la boca abierta por el estupor.
María, ajena a todo juicio de valor que sus palabras hayan podido ocasionar en nuestros espíritus, agarra su bolso y mira al frente preparada para el retorno junto a su familia, preparada para su regalo...
Y al verla marchar, al ver cómo las puertas del ascensor se cierran ante ella provocando en mi corazón un inconfesable alivio, me pregunto si el próximo periodo vacacional María volverá...Porque un día, un día María no volverá.
FIN
Relato inspirado en personas reales, pero totalmente inventado

Esto es una historia, quizá algunos pueden pensar que un cuento, pero es más verdad de lo que muchos se imaginan. Hay personas que creen que el mundo debe girar exclusivamente a su alrededor. Hay personas que no creen que le deben respeto a otras, que se deban molestar porque su convivencia en un medio difícil y complejo como es una habitación de hospital, sea lo mejor posible por ambas partes.
Y sí, un día la María -hombre o mujer, quién sabe- que yo conocí en mis tiempos de enfermera de planta, no regresó. Supongo que su jugada, un día, le salió mal.
Y, por ahora, nada más.