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viernes, 29 de enero de 2010

«BOLSAS SIN FONDO»

La Bolsa... ambiguo concepto, ambiguo sin lugar a dudas, dado que a nuestra cabeza acuden con este vocablo decenas de imágenes que no se corresponden con la idea que origina esta entrada.
        «La bolsa o la vida...»
      Los profesionales de la Salud en este país, y quizá también en otros muchos, se ven sometidos a una lista de contratación cuyas leyes no siempre están adecuadamente claras. Esa lista cuya denominación metafórica, sin tintes literarios de ningún tipo, es Bolsa... Bolsa que pretende regular osistematizar el orden por el que se atribuirán los contratos conducentes a cubrir vacantes y plazas disponibles en el sistema sanitario público... Se supone un algo estructurado en las máximas de igualdad, equidad, anonimato, publicidad... Y en mi fuero interno creo que, más bien que Bolsa, debería recibir el feo nombre de Saco, dado que en muchos casos es eso, un saco sin fondo en el que se pierden las esperanzas de los profesionales de la salud de poder desarrollar su labor de una forma digna, estable, segura, estimulante...
      Nada de eso se cumple en este ambicioso proyecto con denominación ambigua.
      Bolsa.
      Yo sufrí esa Bolsa durante varios años. Llamadas de teléfono desde un distrito, a destiempo, apresuradas, indicándote que debías incorporarte en un destino a decenas de kilómetros de tu domicilio, en un tiempo máximo de una hora... «...¡Si no lo quieres, si no te incorporas hoy, corre turno y se te sanciona...!», te dicen al otro lado del teléfono, con tono neutro, indiferente, sin empatía alguna... Y el corazón latiéndote en la garganta, mientras razonas a toda velocidad, planteándote si tienes transporte para llegar a ese pueblo, si tienes quien te recoja a los niños, si cubrir una vacante de tres horas supone algún alivio a tu penosa situación laboral... Y al final dices que sí, que lo aceptas... Te vas al recóndito pueblo, trabajas esas tres horas y mañana vuelves a estar en el paro. ¡Prueba superada, por Dios! ¡Has cumplido con lo que te imponen y aún sigues en la Bolsa! ¡Aún tienes esperanzas de trabajar algo más de un día o dos seguidos! ¡Algún día -sueñas con los ojos abiertos, la mirada perdida en un incierto horizonte- conseguirás un contrato de una semana... no, no, de un mes!
      Todas las profesiones de la Salud, todas, y la enfermería de una forma más específica cuanto es la que mejor conozco, deben... deberían ser vocacionales. Uno estudia un montón de años con ilusión, hace prácticas durante meses intentando absorber la mayor cantidad posible de conceptos en un tiempo record, esa ilusión que uno cree a prueba de balas... esa ilusión languidece, se apocha, se mustia... se muere, a veces, cuando una vez finalizada la carrera y ya con un precioso y anhelado título bajo el brazo, te ves sometido a las duras y arbitrarias normas de la Bolsa, ese oscuro lugar en el que las ilusiones se pierden, hacen eco en sus oscuros rincones, se ennegrece... y ¿muere?
      Y mientras tantos profesionales se avinagran en un proceso de maceración de duración indeterminada de la Bolsa, los diversos servicios de cirugía, de medicina interna, de ginecología, de pediatría, los centros de salud, los centros de especialidades... adolecen de forma crónica y casi irreversible de falta de personal.
...Bajas que no se cubren.
...Permisos que no se cubren.
...Vacantes que no se cubren.
...Servicios que se cierran por falta de personal.
...Listas de espera de pacientes que se alargan porque se cierran plantas, porque no hay personal...
...Enfermeros y enfermeras que trabajan a destajo porque llevan más cantidad de pacientes de lo que está recomendado porque no cubren las bajas, no cubren las vacantes...
...Y miles de profesionales de la salud, de enfermeros y enfermeras, languidecen por la desesperanza de encontrarse en una Bolsa que los engulle y no les da trabajo... ése que hay, pero que no se genera.       ¿Falta de presupuesto? ¿Eso es lo que alegan las administraciones? No sé, valórenlo ustedes mismos. Aunque yo creo que no. Para muchas otras cosas, siempre hay presupuesto.
      No sé ahora, porque ahora no me veo sometida a la dictadura del pozo sin fondo de la Bolsa, pero cuando yo la sufrí, y la sufrí mucho en mis doliente espíritu, el ser amigo de o el mi padre es íntimo o primo de (vamos, el enchufe de toda la vida) funcionaba mucho para que alguien recién salido de la Escuela o con mucha menos puntuación que yo en la Bolsa, consiguiera una vacante de meses o una interinidad -que según las normas de la Bolsa aun no le correspondía- sin tener que despeinarse.
      No, no acuso de nada, ni por supuesto a nadie. Pero yo viví eso. ¿Sigue sucediendo hoy? ¿Y los sindicatos defienden esto?
      ¡Ay, no, mira, hoy no voy a hablar de los sindicatos...! Pero lanzo una idea al viento: si esto sucede y sigue sucediendo...
      Defiendo la Sanidad Pública con uñas y dientes. Pero me fastidia que se hagan estas cosas que lo único que consiguen es quemar a los profesionales, quemarles su moral, su ilusión, sus ganas de trabajar y de aportar cosas nuevas... como un día me quemé yo. Hasta convertirme en cenizas.
      Y, por ahora, nada más.
editado el 26 enero 2015

lunes, 18 de enero de 2010

Memorias de mi enfermera III: "Los malos tratos desde siempre..."

Desde que comencé a trabajar como enfermera me he encontrado personas que han sufrido malos tratos: esposas, ancianos, niños,discapacitados... Una vez, al poco de terminar la carrera, le pregunté a una paciente que cómo podía aguantar que su marido le pegara y ella me respondió que era lo lógico, dado que ella muchas veces le contestaba mal y por ello se lo merecía... ¡En fin! Esos tiempos han pasado y el maltrato, el abuso, las vejaciones hoy día son delito.
Quiero compartir un fragmento de mi novela, algo extenso pero creo que entretenido, en el que pretendo aunar los tiempos de antes con los valores sociales de respeto que pretenden imperar hoy día. Espero que os guste. La protagonista, Marian trabaja en una planta de medicina interna y en este relato atiende a una mujer mayor...

«...Pongo el compresor de goma en el brazo de Begoña, un poco por encima de la flexura del codo. Busco una vena en condiciones de ser canalizada por lo que prefiero localizar alguna lo más centrada posible en el antebrazo, sobre todo porque va estar bastantes días con el suero puesto y la vía no debe limitarle la capacidad de movimiento con ese brazo. Palpo con los dedos índice y medio cubiertos con el guante de vinilo. Le giro el brazo para un lado y para el otro. Encuentro una lo bastante gruesa, recta y con suficiente recorrido como para soportar un catéter del 18G.
-…Mis hijos eran entonces muy pequeños y yo rezaba todas las noches para que no les pasara nunca nada, para que no sufrieran con lo que veían todos los días…
Cojo una gasa estéril y la empapo en povidona yodada. Limpio la zona en la que voy a pinchar; soy bastante generosa y pinto unos seis centímetros de piel a cada lado de donde tengo pensado llevar a cabo la punción, delimitando un amplio rectángulo. Mientras se seca el desinfectante, compruebo que tengo cortados los esparadrapos que utilizaré para sujetar la vía, que el sistema está correctamente purgado con el suero que le voy a dejar pasando, sin burbujas, con la llave de tres pasos y la rueda de regulación de flujo conectadas.
-…En aquéllos años, ya sabes, no se denunciaban estas cosas. Los hombres podían poner orden en su casa y a sus mujeres en cintura sin que nadie les dijera nada y si te atrevías a denunciarlos a la policía corrías el riesgo de que te mandaran a tu casa con viento fresco. A mi vecina Asunción le pasó eso y luego su marido le dio para el pelo, cuando se enteró de lo que había intentado hacer. Era un bruto de mucho cuidado y ella muy menuda y muy poquita cosa, pero le echó cojones y lo abandonó llevándose a sus tres hijos y no la volvió a ver el pelo, pero yo no tenía tanto valor. No, yo no. Yo no tenía a donde ir ni trabajo ni sabía hacer na de na. Yo sólo me limitaba a rezar todos los días para que cuando él llegara los niños estuvieran ya en la cama, la cena puesta y todo recogido.
Miro a Begoña a los ojos. Ella me sonríe con tristeza. Le aprieto la mano y ella me corresponde agarrando la mía con una fuerza increíble en tan frágil cuerpo, con esos minúsculos dedos de abultados nudillos y tortuosas venas. No, la vejez no hace los cuerpos feos. La vejez solo refleja en nuestra piel, en nuestros músculos, en nuestros huesos toda nuestra vida, nuestro pasado y nuestro sufrimiento. Y eso es lo que quita belleza.
-Esto ya se ha secado. ¿Vamos allá?
-¡Vamos!
Saco el catéter de su funda de plástico y compruebo que el fiador se desplaza correctamente. Pongo el bisel del mismo hacia arriba mientras que con la mano izquierda sujeto el antebrazo de Begoña y tiro de la piel que voy a pinchar. La anciana aparta la mirada y se muerde el labio con la encía superior. La vena se ha quedado más o menos fija bajo la piel tensa por lo que al pinchar la una, atravieso la otra sin dificultad. Inmediatamente el catéter se llena de sangre en su extremo más distal.
-Ya la tengo. Ya está.
Begoña suelta todo el aire que había contenido en sus ajados y enfermos pulmones, mientras sonríe sin molestarse en disimular el gran alivio que siente.
-Pinchas muy bien, Marian, casi no lo he sentido.
Sonrío con satisfacción sin apartar la vista de lo que estoy haciendo. Me encanta pinchar a la primera y sin ocasionar más daño que el estrictamente necesario. Mantengo la piel de su antebrazo tensa mientras que hago avanzar el catéter por el interior de la vena, al mismo tiempo que voy extrayendo con cuidado el fiador metálico. Retiro el compresor, saco del todo el fiador y lo dejo sobre la batea en un lugar adecuadamente visible, para tirarlo después al contenedor de punzantes. Cuando finalizo la vena está perfectamente canalizada pero debo apretar para que no salga la sangre a presión. Conecto el sistema de suero, procurando con escrupuloso cuidado evitar que pueda entrar la más minúscula burbuja de aire. La sangre refluye tal y como espero en el tubo de plástico mezclándose con el líquido, abro un poco el suero que, al caer, arrastra la sangre nuevamente al interior de la vena. Con sumo cuidado fijo el catéter a la piel con una fina tira de esparadrapo haciendo una especie de corbata alrededor del cono rosa y evitando cubrir el punto de punción.
-Mis hijos nunca llegaron a entender que me separara de su padre. Aguanté treinta años. Treinta años hasta que se hicieron mayores y fueron capaces de vivir por sus propios medios. Al día siguiente de casar a mi pequeña, Cecilia, le dije a mi marido: "¡Ahí te quedas!" y me fui a casa de mi hermana que llevaba viuda diez años. Allí lo dejé, solo. Me llamó por teléfono mil veces, me esperó en la puerta del portal infinidad de veces, me amenazó y, lo peor de todo, volvió a los chicos contra mí. Ellos tomaron partido a favor de él. Me dijeron de todo y me tacharon de mala mujer. ¡Eso fue lo que más me dolió!
Pongo una gasa doblada debajo de la unión del catéter con el sistema de suero para que no le vaya a producir una úlcera en la ajada y frágil piel por la presión continuada. Por fin, cubro todo con un apósito transparente que me permitirá observar en todo momento el punto de punción y detectar de inmediato cualquier signo inicial de una flebitis o de una extravasación. Regulo la velocidad del suero con una ruedecita de control de flujo que permitirá que los quinientos mililitros de salino con quince miliequivalentes de cloruro potásico le duren cerca de seis horas y que no se vacíe más rápido de lo conveniente por error. Tomo un frasquito con cien mililitros de suero glucosado al cinco por ciento con la medicación intravenosa que le toca a las dieciocho horas y con su propio sistema de suero ya purgado. Lo conecto en la llave de tres pasos y abro su sistema para que el líquido caiga alegremente, para que pase en unos quince minutos, más o menos.
-…¡Yo había aguantado todos esos años al bestia de su padre, sus malas palabras, sus insultos, sus golpes, sus borracheras y sus babas y sus manos manoseando mi cuerpo cuando a él le venía en gana o no estaba demasiado borracho; yo había evitado que él la tomara con ellos y fui el muro donde descargaba sus golpes, para que a ellos los dejara tranquilos, a ellos que lo más bonito que les decía era bastardos o monos llorones de mierda! Pero no cedí, no volví y cuando Dionisio nos amenazó a mi hermana y a mí con cortarnos el cuello lo denuncié a la policía. Y mis hijos se me echaron encima. ¿Te puedes creer, Marian?
Asiento. No me veo con fuerzas de decir nada, de interrumpir nada de su relato. Me limito a mirarla y a animarla con un gesto, con un apretón de mi mano sobre su hombro, mientras le coloco el manguito del aparato de tensión.
-Pero un día, Dionisio se atrevió a pegar a mi pequeña. Él me había esperado en la calle y yo llegaba sola del mercado con las manos llenas de bolsas. Había quedado con mi hija en casa para ir a comprar ropa para el bebé que estaba esperando. Él se me echó encima cuando abría la puerta del portal y en ese momento mi hija, que aparcaba su coche cerca de mi casa, lo vio todo. La pobre salió como pudo con su enorme barriga de ocho meses y lo agarró por detrás mientras él me apretaba el cuello con las manos…
Me quedo inmóvil, expectante ante el espantoso relato, que es más horripilante por el detalle de que es auténtico, verídico. Mi mano se cierra paralizada sobre la pera para llenar el manguito.
- El muy cabrón no dudó en empujarla con todas sus fuerzas y tirarla al suelo, gracias a eso me soltó. Entonces se giró hacia ella y le arreó una patada en la barriga…
-¡Qué tío más hijoputa!
-Yo creía que me volvía loca. Agarré una botella de leche de litro y medio que llevaba en la bolsa de la compra y le di con ella una vez y otra hasta que le vi caer al suelo. Me cegué, perdí el control. Soportaba que a mí me hiciera casi cualquier cosa, pero a mis hijos, no. Al final, no recuerdo muy bien el resto; llegó la policía y nos separó a todos que nos dábamos golpes a diestro y siniestro. Mi hija dio a luz esa misma tarde y gracias a Dios no le pasó nada y el niño estaba perfectamente. Juro por lo más sagrado que si llega a pasarle algo a alguno de los dos lo mato, ¡lo mato!
Reacciono y por fin insuflo aire en el manguito hasta que el aparato electrónico da un pitido indicándome que no meta más aire, entonces su sistema digital empieza la medición acompañado de otros pitiditos más tenues. Una voz en mi interior me dice que, dado lo frenético del relato, Begoña tendrá una cifra de tensión exorbitante. Pero me equivoco: ciento veinte setenta y dos y una frecuencia cardiaca de ochenta y tres. Lo anoto en mi libreta para pasarlo más tarde a la gráfica.
-Al final, resulta que yo le había roto la nariz y el hueso de la mejilla – me mira con gesto burlón-. ¡Y eso que la leche era desnatada, que si llega a ser entera me lo cargo!
No puedo hacer otra cosa que reír mientras no dejo de asombrarme por lo maravilloso de algunas personas que han estado en el mismo infierno durante años, pero que no dejan de ver el lado bueno y positivo de las cosas y que, sobre todo, no pierden el humor. Quizá, por eso mismo, por el hecho de haber sufrido esas espantosas situaciones, esos momentos de horror y de temor por la propia vida, saben apreciar mucho más las cosas más sencillas de lo cotidiano. Después de vivir durante años en la más absoluta oscuridad, la luz del sol y los colores de las cosas más simples les parece mucho más hermosas.
-Bueno y a Dionisio qué le pasó. Poca cosa: lo arrestaron, le hicieron un juicio y le dijeron que no podía acercarse a mí. Pero el mejor castigo se lo dio Dios, porque al año siguiente le dio un derrame cerebral y se quedó pajarito. Ahora está en una residencia de monjas en Cáceres.
Me dispongo a recoger las cosas. La batea con los restos de la punción venosa, el aparato de la tensión y el frasquito de la medicación de las seis que ya se ha acabado. Cojo un vasito de plástico que hay sobre su mesilla y miro el interior.
-Begoña, no se ha tomado la medicación de la merienda.
-¡Ay, hija, se me ha pasado! Mira que la niña que se ha llevado la bandeja me ha dejado el vaso con el agua para que me la tomara.
Le acerco las pastillas que ella toma con sus sarmentosas manos y se las mete en la boca, al tiempo que las empuja hacia atrás con la lengua. Toma después el vaso y se toma dos buchitos minúsculos de agua que traga después junto con la medicación.
-Gracias, Marian. Eres estupenda, de verdad.
Sonrío nuevamente, esta mujer me cae cada vez mejor.
-Es mi trabajo, Begoña, no hay nada que agradecer.
-¿También es tu trabajo escuchar?
-Pues sí, la verdad es que debe ir incluido en el servicio.
Begoña suelta una carcajada gangosa que me recuerda a la de la madrastra de Blancanieves. Me coge la mano y yo me siento algo violenta.
-Estoy muy contenta con todos los que trabajáis en la planta. Los médicos son estupendos y muy simpáticos…
Hago un esfuerzo por recordar quién es su médico: Gracia. Prefiero mantener mi gesto de falso asentimiento. Si por lo menos se tratara de Salvador o Lázaro o Cesáreo… ¡pero Gracia, simpática!
-…son muy buenos en su trabajo y cada vez que vengo me mandan a casa como nueva. Pero los únicos que escucháis de verdad, de verdad de la buena, sois vosotros los enfermeros y los auxiliares y, sobre todo tú, y eso muchas veces es mejor para una vieja como yo que todas las pastillas del mundo.
Se me cae el corazón a los pies cuando Begoña me besa la mano antes de soltarme.
-Begoña, no sea boba, que tengo la mano llena de talco de los guantes.
No puedo resistirlo y le paso una mano por la cara. Esta mujer me produce una ternura que me cuesta trabajo controlar. Recupero mi gesto más profesional y me dispongo a marcharme.
-Recuerde que tiene el timbre justo al lado del brazo del sillón –ella lo toca con sus nudosos dedos-. Si necesita algo, llame ¿vale?
Antes de salir la miro una vez más. Se está colocando una sábana doblada sobre las rodillas. Veo a una mujer de casi ochenta años, con una artrosis brutal que le deforma todas las articulaciones, enferma de mil cosas, ninguna de las cuales por sí misma es mortal pero que juntas conforman un peligroso cóctel, y con una vitalidad y una paz consigo misma que me cuesta trabajo de entender. Si yo hubiera tenido que vivir la vida que a ella le tocó en suerte estaría renegando hasta el mismo día de mi muerte...»
© Lola Montalvo Carcelén

No olvidemos que «violencia de género» implica que la mujer sufre agresiones físicas y/o psicológicas por el mero hecho de ser mujer y que no se sufriría si no lo fuera. Es una violencia machista del hombre hacia la mujer, amparado en un sentimiento subjetivo del hombre de superioridad, de posesión, de necesidad de humillación. Es un detalle de este concepto que a muchos se les escapa y necesitaba aclararlo... Creo que algún día esta lacra podrá desparecer. Así lo espero. Hasta entonces no volvamos la mirada hacia otro lado y ayudemos a toda persona que pueda sufrir algo por el estilo. TODOS PODEMOS HACER ALGO... para prevenirlo, para paliarlo, para denunciarlo, para ayudar a estas mujeres. Todos.
Y, por ahora, nada más.

editado 30 de diciembre de 2014

martes, 12 de enero de 2010

Memorias de mi enfermera II: "Marta"

A Marta la llevaron a Urgencias del hospital una noche a las diez. Se encontraba muy enferma. El familiar que la acompañó, una mujer que dijo ser su hija, proporcionó toda la documentación oportuna sobre sus enfermedades crónicas, sus alergias e informó de su limitada situación cotidiana, dado que Marta no podía aportar ningún dato de ella misma. Desde hacía varios años sufría una demencia senil avanzada de nombre impronunciable que le había privado de la esencia de sí misma, de su conciencia como persona, de sus recuerdos... Su capacidad de interactuar con el mundo que la rodeaba era más que limitada, inexistente, aunque aún conservaba el reflejo de abrir la boca cuando le daban de comer o la de sonreír cuando alguien se fijaba en ella y la abrazaba o acariciaba, aunque las razones que hacían surgir su risa y su llanto apenas tenían lógica para los que la rodeaban.
Deshidratada, con una importante cardiopatía e insuficiencia respiratoria y una diabetes descompensada, el médico de urgencias informó a su hija que habían decidido dejarla ingresada para poder tratarla en condiciones.
«¿Se morirá?» preguntó la hija con los ojos muy abiertos sin preocuparse de si Marta la podía oír o no.
«No se puede descartar esa posibilidad, dado que Marta está muy enferma» respondió el médico, prudente en sus afirmaciones.
Marta ingresó en la cuarta planta. Nada más llegar, la hija le preguntó al enfermero con el que se topó, un joven de gesto amable y sonrisa fácil:
«¿Es necesario que me quede con ella
«No -respondió el enfermero con amabilidad-, no es necesario, pero sí conveniente»
La hija murmuró una escusa de gran peso y, tras dejar un número de teléfono, se fue a toda prisa.
Marta pasó varios días muy grave, pero al cabo de una semana su organismo volvió a funcionar sin peligro de nada definitivo o irremediable. Y todos y cada uno de esos días, estuvo sola.
Ningún familiar o amigo la acompañó ni fue visitarla. De vez en cuando, en el control de enfermería, se recibía una llamada interesándose por ella, pero no daba identidad ni razón alguna. «No se informa por teléfono del estado de los pacientes», se le explicaba al que llamaba, tras lo que siempre colgaban.
Llegó el día de darle el alta. Pero no había nadie que se responsabilizara de Marta a quién decírselo. Se llamó al teléfono que la hija proporcionó la noche de su ingreso, pero nadie respondió. Tras un mes de infructuosos intentos, la trabajadora social gestionó su tutela e ingreso en una residencia de ancianos. No podía vivir eternamente en el hospital, además necesitaban camas libres.
La auxiliar de clínica que la había cuidado, aseado y alimentado, durante ese mes en el turno de tarde, que le contaba todos los días cómo iba el mundo y cómo las notas de sus hijos o el trabajo de su marido, que, de vez en cuando, al ver tanta soledad en esos ojos tan tristes, tanta pena en ese rostro tan ajado, le había dado algún que otro beso, algún que otro abrazo, le dio la buena nueva: «¡Marta, mañana te vas a casa!» Y Marta gritó y lloró por primera y única vez en ese mes. La auxiliar, satisfecha por lo que creía una reacción de alegría, la besó y le dijo al oído: «¡Mañana estarás en casa
Aquella noche, cuando las luces del pasillo se apagaron y el ritmo frenético de la planta se sosegó, cuando el rocío perlaba los campos y la luna se escondía tras una guedeja de algodón, el corazón de Marta se detuvo, suspiró y entrecerró los ojos. «Ya estoy en casa», fue su último pensamiento.
Fin
Los personajes y la historia son de mi invención, aunque el relato está basado en hechos reales.

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A nadie le gusta hacerse viejo, a nadie le gusta la merma de sus posibilidades, de sus aptitudes físicas y/o mentales que, con los años y la enfermedad, pueden ir apareciendo con la vejez. Todos tenemos nuestro pasado, todos tenemos nuestro carácter y nuestras manías, ésas que reconocemos y nos negamos a cambiar. Con la edad, con el venerable preludio de la ancianidad, se producen pocas metamorfosis de gusano a mariposa, pocos se vuelven santos cuando han sido demonios, pocos adquieren el candor propio de un niño... pero todos, todos tienen miedo a la soledad, a la enfermedad, al dolor, a la muerte. Cuidar de un anciano enfermo con una patología terminal es difícil, duro, agotador, desesperanzador, sobre todo cuando esa persona no ha sido demasiado buena en sus años mozos, pero nada justifica, a mi criterio, el abandono, el maltrato. Muchos miran a sus hijos, a sus sobrinos o nietos, a su pareja, esperanzados con la idea de que cuando más lo necesiten y sus capacidades mengüen en la vejez puedan recibir eso que, por ahora, no se compra con dinero: cariño.
Porque nadie tiene la fórmula mágica para segurarse una vejez en compañía de alguien que te quiera y que te cuide.
He visto a muchos ancianos abandonados.
He visto a muchos ancianos morirse solos.
Y rezo para que un día no me toque a mí.
Y, por ahora, nada más.

martes, 5 de enero de 2010

«ATS no, por favor...enfermera» #EnfermeríaVisible

Ha llovido mucho ya desde que desapareció la titulación de ATS y se creó la titulación universitaria para sustituirlo conocida como Diplomatura en Enfermería. Ya ha llovido, sí. Desde 1977 no existe ya esta titulación, cuyas siglas para muchos son una palabra en sí: A.T.S. que no significa otra cosa que Ayudante Técnico Sanitario. Se le reconocía así a los nuevos profesionales de la enfermería, desde entonces universitarios, su capacidad para proporcionar cuidados de calidad, para investigar y para formar a otros nuevos profesionales tanto en pre como en postgrado. Se creó esta titulación universitaria, en definitiva, porque su capacidad de trabajo estaba destinada a ser más amplia y sobre todo, más científica.
      Se abrió desde entonces un periodo amplio -y tanto, dado que duró hasta por lo menos el curso pasado en la UNED-, para que los ATS que quedaban realizaran un examen de Nivelación por el cual, si lo superaban, pasaban a poseer el titulo de Diplomado en Enfermería.
      Bien, por supuesto esto es teoría y bla, bla, bla...
     ¿Por qué?
    Porque en la vida real de nuestra profesión enfermera se nos sigue llamando y considerando ATS. Muchos, cuando pedimos y recomendamos que se nos llame enfermeras o enfermeros, nos miran con incredulidad y nos preguntan que qué más nos da, si es lo mismo.
    Pues no es lo mismo. Sencilla y llanamente, quiero que me llamen enfermera porque es lo que estudié. La falta de ganas de nombrarnos adecuadamente, generalmente está relacionada con el más total desconocimiento con respecto a cual es nuestro verdadero papel en los cuidados que un profesional de enfermería puede proporcionar tanto en salud como en enfermedad. Y los primeros, los medios de comunicación...
      Muchos siguen pensando que el médico, es el jefe de los enfermeros. Que debemos obedecer ciegamente sus órdenes, que no tenemos criterios para diagnosticar problemas, planificar y proporcionar cuidados en el marco del método científico. Muchos pacientes, cuando sanan después de un proceso que les ha supuesto un tiempo, ingresados o no, de tratamiento y cuidados a quién le siguen dando las gracias es al médico. Pero se olvidan de los enfermeros, de los auxiliares de enfermería, de los celadores, de los limpiadores, de los técnicos de laboratorio, los técnicos de rayos, de los farmaceúticos, de los trabajadores sociales... 
      Hoy día se trabaja -o se debería trabajar- en equipo, tanto en los hospitales como en los centros de salud y residencias, en el que cada profesional aporta sus conocimientos para el objetivo común que es cuidar la salud de los sanos, recuperar la salud de los enfermos o reincorporar al individuo a su entorno, cuando su patología no tiene cura.
      Esto que afirmo se ha visto recientemente con respecto a la Prescripción Enfermera sobre la que escribí hace unas semanas ya. Si la población en general no sabe que ya no somos ATS ¿cómo pretendemos que entiendan que los profesionales de enfermería pueden prescribir y en algunos casos, hasta recetar?
      Bueno, ahora llegamos a la Grado de Enfemería y a las Especialidades en Enfermería, aprobada, la primera, y en proyecto congelado sin luz al final del túnel, las segundas. Los enfermeros seremos graduados. Muchos se echan las manos a la cabeza, ¿pero todo esto qué significa? Que nuestra carrera es independiente de la de Medicina, con un cuerpo de conocimientos propio, con nuestra propia capacidad de investigar...
      Los profesionales de enfermería tenemos que estar demostrando constantemente nuestra capacidad de trabajo, de investigación, pero gracias a nuestro constante esfuerzo, esto ya no hay quién lo pare.
     Me gusta hacer la comparación -aunque las comparaciones suelen ser odiosas casi siempre- con los licenciados en Medicina. A ellos, casi todo el mundo, e insisto en lo de casi todos, los llaman doctores, pero el doctorado no lo hacen todos los médicos cuando terminan su carrera universitaria, el MIR, sí, pero el doctorado, no. Y ellos cuando alguien los llama así casi nunca corrigen y piden: «no mire, es que yo soy licenciado, llámeme médico. No me llame doctor, porque no lo soy» ¿Por qué? Pues porque les suben de categoría, no se la bajan. Si se les empezara a llamar diplomados, ya verían todos como pondrían el grito en el cielo. Fijense en la tarjetita de identificación de nuestros compañeros los médicos y las médicas; pone en casi todos ellos, eso: Médico o Médica. Sólo algunos se sacan el doctorado como titulación de postgrado, que por cierto, cada día cuesta más esfuerzo conseguir. Y de hecho, ya hay enfermeros doctores.
      A los profesores de instituto no les gusta que se les llame maestros, porque los primeros son licenciados y los segundos, diplomados en Magisterio. Los dos enseñan ¿no es lo mismo? Pues no.
      Se podrían sacar ejemplos a cientos, pero no deseo aburrir. Hoy no.
      Cuando se convocan plazas para oposiciones o se reclaman profesionales las administraciones, nuestros puestos los siguen convocando como plazas para ATS/DUE. ¡Por Dios! Después de tanto tiempo, el ATS que no ha aprobado el exámen de nivelación es que no lo va a sacar ya. Esa desidia de las administraciones en el reconocimiento de la titulación necesaria para ejercer la enfermería es lo que más nos lastra.
      No pido que me suban ni me bajen grado. Quiero que me llamen lo que soy:
      «No me llame ATS, por favor, llámeme enfermera»
      «¡Ah, si los DUE!»

      ¿Es que tanto cuesta que nos llamen enfermeras y enfermeros?
Y, por ahora, nada más. Cuidáos, por favor...

Editado el 28 de octubre del 2014
Porque aún hoy día, los medios, nos siguen llamando ATS
#EnfermeríaVisible