Política de cookies

jueves, 30 de diciembre de 2010

Memoria de mi enfermera XXIII: "Nochevieja"


Miro el reloj del control. El tiempo pasa demasiado deprisa. Ya casi son las doce. De un momento a otro sonarán las campanadas...
La auxiliar asoma la cabeza por el control y me avisa de que ya está todo preparado. Apenas levanto la vista de lo que estoy escribiendo y le contesto que ya voy.
El médico, el adjunto de Medicina Interna, se dirige a toda prisa a la misma habitación que la auxiliar y yo. Francisco, el paciente de la 12-B, ha empeorado. Debemos cogerle una vía central para intentar controlarlo con una medicación más potente que por vía periférica no se puede ni se debe administrar.
Con la pericia que sólo proporciona la experiencia, en unos minutos el paciente ya está colocado en la posición adecuada, el campo preparado y la zona desinfectada con el antiséptico. El pobre Francisco «llámeme Paco, señorita, me gusta que me llamen Paco» está muy apurado, con muy mal color, sudoroso. Su respiración agitada dice mucho más que todos los signos vitales. Se encuentra mal y está asustado, muy asustado. A través de la puerta me llegan el rumor de las voces de su hija y su esposa que esa noche la pasan con él. En la mesita del fondo, junto a la ventana, veo las uvas envueltas en celofán y los mazapanes que han traído en la bandeja de la cena. El pobre Francisco esta noche no se los tomará... y su familia, probablemente, tampoco.
Escucho al residente de último año hablar con la familia en el pasillo, unas pocas palabras y entra en el cuarto. Intercambia cortos mensajes con el adjunto y se disponen a cogerle la vía.
En ese momento, en la torre del reloj perteneciente a una iglesia cercana, comienzan a sonar las doce campanadas. Una, dos... cuatro, cinco...
Una mano se mueve perdida bajo el paño verde que delimita el campo. La mano de Francisco, Paco. No puedo remediarlo y paso la mía bajo la verde tela y aprieto sus dedos entre los míos. Siento cómo se aferra a mí como si fuera una tabla en medio del mar.
... siete, ocho...
El adjunto murmura unas palabras al residente. Inmediatamente la sangre fluye por el catéter. El residente ayuda al adjunto a conectar el suero y a comprobar si el reflujo de sangre es correcto. La mano me aprieta más aún y yo correspondo a su fuerza. Quiero que sepa que no está solo, que estoy con él. Miro el rostro de Paco, sus ojos apretados, el sudor perlando su frente, una lágrima corriendo solitaria por su macilento rostro.
...diez... once y doce.
Un lejano bullicio de fuegos artificiales llega amortiguado a través de la ventana cerrada.
El nuevo año está aquí... sí, pero dentro de esa habitación el tiempo se ha detenido. Se ha detenido y ha pasado como un instante cualquiera, como unos segundos más en el reloj.
Fuera bulle la alegría, la fiesta, la felicidad.
En esa pequeña habitación de hospital, Paco abre los ojos y suaviza un tanto la presión sobre mis dedos. El mal rato ha pasado.
Sonríe y le sonrío. Lo médicos salen y yo me quedo con Paco ajustándole el apósito en su nueva vía...
Feliz 2011.
Y, por ahora, nada más.
Safe Creative #1012308166226

martes, 21 de diciembre de 2010

Reflexiones: Enfermedades Raras... ¿o más bien, olvidadas?

Este blog está dirigido a todas las personas en general. A todas sin distinción, aunque sé que sus entradas son consultadas con gran frecuencia por profesionales de la salud. A ellos, como a mí, nos resultan harto conocidas enfermedades como Cáncer, Esclerosis Múltiple, Miocardipoatía Dilatada... y un montón de nombres más que abarcan una serie de procesos crónicos que afectan a un gran porcentaje de la población. Al ser enfermedades graves habituales y repartidas en un volumen de población elevado, son procesos que los investigadores indagan con ahínco para encontrar una cura o, en su defecto, un tratamiento dirigido a mitigar sus efectos o su evolución. Se invierte en estas investigaciones, se invierte mucho dinero y recursos.
Pero ahora veamos otras enfermedades como: Acidemia Propiónica, Adiduria, Adrenoleucodistrofia, Anemia de Fanconi... No nos suena ¿verdad? Y sólo he elegido unas cuantas enfermedades al azar de una larga lista. Y sólo he cogido las que comienzan por la "A".
Estas patologías conforman lo que se conoce como ENFERMEDADES RARAS, también llamadas de Baja Prevalencia, y que abarcan, según la definición de la OMS, a aquellas patologías que afectan a la población con una frecuencia inferior a 5 casos por cada 10.000 habitantes.
Como la prevalencia es baja, no se dedican recursos económicos ni de ningún tipo a su investigación, de tal forma que el que tienen la mala suerte de estar incluido en ese grupo de 5 por cada 10.000 habitantes se queda sin que nadie le de una esperanza de tratamiento y/o cura.
Nos dicen que el motivo es que los recursos son escasos y que con ellos se debe buscar el máximo beneficio de la mayoría...
La verdad es que la mayor parte de las líneas de investigación están promovidas por particulares, muchos de ellos empresas farmacéuticas que no buscan otra cosa que sacar tajada con los fármacos dirigidos a tratar patologías frecuentes. ¿Imaginan lo que sacan hoy día las farmacéuticas con los antirretrovirales dirigidos al tratamiento del Sida o lo que les renta los diversos y onerosísimos tratamientos contra cientos de tipos de Cáncer? Por supuesto, iniciar una investigación, que suele ser larga y que agota numerosos recursos (no nos engañemos), suele ser carísimo. Que las empresas farmacéuticas buscan beneficios... por supuesto.
Pero mientras tanto, muchas personas, incluidas en ese feo dato de menos de 5 por cada 10.000 habitantes, padecen alguna de estas patologías extrañas con las que sufrirán toda su vida sin esperanza de ver paliado su avance o sus síntomas. Considero que es injusto.
Creo que las farmacéuticas se benefician ya con todo el gasto que se genera desde las propias administraciones públicas como para que no puedan dedicar parte de esos beneficios a investigar patologías igual de graves pero menos frecuentes. Es necesario buscar la vacuna del Sida, es verdad, o conseguir una cura infalible para el cáncer, también es verdad, pero más que el interés común parece que las empresas farmacéuticas buscan el rédito económico y enriquecerse un poco más. Por lo menos esa es la imagen que proyectan.
He buscado en Internet y he encontrado muchos espacios que hacen referencia a este problema. Una de estas webs, que recoge todos los recursos referentes a este importante problema, es ESTA del Instituto Carlos III.
En esta entrada he plasmado los aspectos económicos, administrativos y políticos de este enorme problema... no me he parado a mostrar las consecuencias sociales y humanas derivadas de padecer algunas de estas enfermedades: discapacidad, rechazo, dependencia, discriminación... Creo que a estas a alturas todos nos lo podemos imaginar.
Y, por ahora, nada más.
P.S. Que paséis unos días lo más agradables posible. Os lo deseo de corazón, pero no nos olvidemos de los que menos tienen, de los que sufren, de los que están solos. Besos miles
Safe Creative #1012218109863

jueves, 16 de diciembre de 2010

Reflexiones: Pacientes e Internet.

Internet ha copado todos los terrenos de nuestro mundo conocido. Se ha convertido en esa «gran enciclopedia» que pone la información e, incluso, el saber a disposición de todo el que sepa acceder a ella. Los profesionales de la salud estamos comprobando en estos tiempos que los pacientes y usuarios de nuestro Sistema de Salud toman la iniciativa en muchos casos y se lanzan a buscar información sobre aquellos aspectos de salud/enfermedad que más les interesa o que les afecta de forma directa.
Pero, he de decir y creo que no añado nada nuevo, que mucha de esa información Sanitaria o de Salud/Enfermedad que campa por Internet no es información fiable y contrastada y puede llegar a ser, en algunos casos, peligrosa o incluso nociva. Muchos pacientes llegan «auto-diagnosticados» a las consultas y servicios de urgencias, algunas veces de forma acertada, cierto, pero otras muchas de forma errónea, lo que puede llegar a ser, según los casos, algo muy peligroso. Algunos pacientes, empapados en información sin filtrar por un profesional, creen a veces saber más que el propio profesional de la salud y algunos, afirman, no ir al médico dado que «ya saben lo que tienen». He de hacer un poquito de auto-crítica al afirmar que, en ocasiones, este fenómeno está propiciado por la actitud excesivamente científica de algunos profesionales que no explican adecuadamente ciertos términos diagnósticos y/o de tratamiento o no creen preciso abrirles las puertas del entendimiento a sus pacientes. Por ello, estos pacientes, se lanzan a buscar la información por su cuenta. Hace poco leí un caso de este tipo, contado con meridiana claridad, en uno de los blogs a los que soy asidua lectora y lo explicaba tal y como lo cuento -iba a incluir el enlace en esta entrada, pero su dueño y autor no me ha dado permiso para ello-. Este tema, que considero de gran importancia y bastante más frecuente de lo que se podría suponer, lo trataré en fechas próximas. Aunque ya hice referencia en su día a los problemas de comunicación que se generan cuando el profesional de la salud no se hace entender.
Lo que es indiscutible es que los pacientes y usuarios cada vez están mejor formados, cada vez saben acceder mejor a la información científico-médica-salud-enfermedad y cada día requieren más herramientas para acceder de forma correcta a según qué temas.
Es lógico, sin duda alguna.
Es por ello que muchos Servicios Autonómicos de Salud han puesto en marcha dispositivos de información a sus usuarios para posibilitar, por un lado, su necesidad de saber y, por otro, que esa información sea de calidad, contrastada y fiable. En definitiva, poner a disposición de la población en general una herramienta útil y adecuada.
Voy a destacar una, no por nada, sino por la accesibilidad en Internet y su sencillez en el manejo:

ESCUELA DE PACIENTES, de la Junta de Andalucía. Esta web proporciona información sobre diferentes procesos patológicos y/o cuidados que puede resultar muy útil a los pacientes y usuarios. Es muy sencilla de manejar y creo que su propio enunciado nos lo dice todo. Clasificado por temas, pone a disposición de los usuarios las herramientas necesarias para llevar un correcto auto-cuidado con respecto a diversos procesos crónicos. Cuando un paciente conoce bien su enfermedad, cómo se desarrolla, cuál es su evolución y características es más fácil que se implique en su cuidado, no sólo respecto al tratamiento médico-farmacológico, sino en hábitos de vida, dieta, ejercicio físico, hábitos y habilidades higiénicos... Se parte, por ello, de la base de que el paciente no debe constituir un elemento pasivo en su tratamiento. Que sea la parte activa primordial en el mismo. Y quien dice paciente, dice cuidadores, familiares, allegados...

Internet pone a disposición de todos los que lo tienen a mano muchas herramientas para el cuidado de Salud/Enfermedad. Pero no todas son fiables. Por ello, a todos los que tienen inquietud por conocer o por saber más, sea cual sea su motivo inicial, les pediría que tuvieran mucho cuidado con las fuentes que consultan en Internet. Algunas páginas sólo buscan ofertar productos de dudosa utilidad y otras están realizadas por profanos con buena voluntad y sin malicia, pero que difunden datos e información erróneos o mal documentados que pueden desencadenar daños o, incluso, ser peligrosa.
Por ello, consulten siempre a quien mejor puede saber o vayan a páginas, como la que les muestro: seguras, contrastadas y fiables.
Y, por ahora, nada más.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Memoria de mi Enfermera XXII: "Esperanza"


Imagen obtenida de Down España

Me llamo Esperanza y hoy empiezo el cole.
Estoy muy nerviosa. Mamá me ha dicho que allí conoceré a nuevos amiguitos y que aprenderé un montón de cosas. Me hace mucha ilusión, pero estoy asustada. Aún no hablo bien del todo, me siento cohibida ante personas que no conozco y sé que soy más lenta para aprender.
Mamá me dice que no me preocupe que, en cuanto me conozcan, me querrán tanto como me quieren ella y papá...
Muchas veces, mamá me cuenta el momento en que nací, cuando ya por fin pudo tomarme entre sus brazos y me pudo acariciar y besar. Cómo miró mi carita de ojos rasgados y acarició son sus labios mi húmeda piel. Cómo yo no lloré y la miré con ojos sonrientes y supe que estaba en el mejor sitio del mundo, arropada por un amor sin fin. Mamá me dice que le doy tanto, tanto que jamás desearía tener a otra nena que no fuera yo.
Me miro al espejo mientras me peino. Hace poco que aprendí a colocarme el flequillo con el cepillo yo sola. Me miro y veo unos ojos rasgados, una boca pequeña, una piel rosada, casi transparente y no puedo evitar el preguntarme, mientras me entran los nervios por el miedo ante lo desconocido: ¿Me querrán como me quieren papá y mamá?
Me da miedo no gustarles.
Papá me dice una vez y otra que, aunque me cueste un poco más, puedo llegar a lo que me proponga; que otro chico con Síndrome de Down ha conseguido terminar una carrera y escribir un libro. Que varios de ellos han logrado cosas en esta vida que hace años eran impensables: son actores, músicos, escritores...
¡Ay, tengo miedo! Soy más lenta y algo torpe. Sí, tengo miedo y no puedo dejar de preguntarme si tendría el mismo temor si no fuera como soy...
Mi nombre es Esperanza y hoy empiezo el colegio.
¡Me voy, mamá me llama...!
-----ooooo00000ooooo-----

Poco puedo añadir a esta entrada. Creo que Esperanza reune en ella y en su nombre todo lo que quiero contar.
En este mundo estúpido nuestro, en el que se rechaza por sistema a los que no cumplen un canon estereotipado y ridículo de belleza y se infravalora a los feos, obesos, discapacitados... supongo que las personas que han nacido con Síndrome de Down deben tener todos los temores del mundo. Y con razón. O peor aún: sin ser rechazados, que se les trate como niños aún siendo adultos hechos y derechos. Que se les niegue su derecho a decidir por sí mismos su propio futuro.
Muchas cosas han cambiado en estos últimos años. Como se dice en el texto, muchos han conseguido finalizar una carrera, escribir libros, ser actores, músicos... No hay límites. Creo de corazón que no debe haberlos, toda persona es un potencial al que se le debe permitir desarrollarse al máximo sin establecer a priori límites estimados por una fría estadística. Cada uno debe tener derecho a luchar por lo que desea conseguir, sin actitudes condescendientes. Las personas con Síndrome de Down o con cualquier otra circunstancia que tiende a hacerlos diferentes, tienen aún mucho por lograr, horizontes por descubrir y límites que batir. Creo que una sociedad que integra logros obtenidos por todo tipo de personas, que fomente la diversidad, es una sociedad rica y excepcional. Luchemos juntos por ello.
Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1012098034477

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Reflexiones: Dia Mundial contra el Sida


Hace meses una entrada en este blog de la serie Memoria de mi Enfermera: "Irene" trató el tema del Sida y procuró plasmar en su texto y transmitir el mensaje, siempre importante, de que esta enfermedad puede afectar a cualquiera si no se toman las medidas preventivas universalmente conocidas y que pasan, entre otras, por evitar las relaciones sexuales sin protección o por no compartir objetos que supongan contacto con sangre o fluidos infectados con el virus.

El mensaje está claro.

Pero el número de infectados por esta enfermedad sigue creciendo, aunque es cierto que con una velocidad ralentizada. Algo pasa para que no se logre frenar su progresión. La información es fundamental e imprescindible.

Me choca leer en los medios que 50.000 personas en España no saben que están infectadas. Imagínense la «bomba de relojería» infecto-contagiosa que pueden suponer estas personas al relacionase con otras gentes. Ya hemos tratado con anterioridad la cuestión que yo denomino «ignorancia deseada», es decir, aquélla en la que la persona no desea saber si está enferma o no. Si no sabe, no sufre. Puede barruntarse algo, pero siente tanto temor a saberse enfermo, que no va al médico y no toma ninguna medida. Mientras tanto, con lo que se refiere el Sida, es un elemento de evidente riesgo para los que se relacionan con él.

Ahí radica la importancia incuestionable de las medidas de prevención: utilizar el preservativo SIEMPRE en relaciones sexuales esporádicas o con personas no conocidas... diga lo que diga el Papa y la Iglesia, porque tanto el uno como la otra no tienen nada que aportar en este tema. Esto no es una cuestión moral; es una cuestión de salud y no sólo de la propia, sino de la ajena.

Información, información, información, información. Esta es la más importante herramienta para acabar con la vertiginosa progresión de esta enfermedad, enfermedad que ya no supone una sentencia de muerte segura. Gracias a los avances científico-médico-farmacológicos las personas seropositivas tienen una esperanza de vida mayor que hace años y con una calidad aceptable.

Mucho se ha logrado en estos años, cierto, pero aún queda mucho por hacer. Y está en nuestra mano, todos podemos hacer algo. No es sólo responsabilidad de las autoridades sanitarias.

Prevenir es posible no nos olvidemos de ello.

Y, por ahora, nada más

martes, 23 de noviembre de 2010

Memoria de mi enfermera XXI: "Cruz y Cara"

CRUZ:

  • Me llamo Manuel y tengo cuarenta y cinco años. Soy diabético desde hace más o menos tres, aunque supongo que padezco esta enfermedad crónica desde hace mucho más. En mi familia todos mis hermanos y yo padecemos esta enfermedad, pero sólo yo me pongo insulina. Ellos se controlan con pastillas, con antidiabéticos orales. He de reconocer que ellos están mejor y eso que yo soy el más joven. ¿Por qué? Sencilla y llanamente porque desde que me diagnosticaron la enfermedad me negué a cuidarme, a reconocer que estaba enfermo, porque aunque tenía más de 200 mg/dl de glucemia basal, me encontraba perfectamente. Tengo sobrepeso y me negaba a adelagazar o hacer ejercicio; menos aún, a seguir una dieta. Tengo Hipertensión y no consentía en dejar de consumir sal y tomarme las pastillas de la tensión... que me tomaba cuando me acordaba, lo que no era ni todos los días ni a la misma hora. El colesterol comenzó a subirme pero nunca acepté la medicación ni me limité en mis comidas. De todo lo que sufría y sufro le echaba la culpa a la médica... «¡cuanto más me busque, más cosas me encontrará!», le decía a mi médica con sorna. ¡Como si todo lo que padezco fuera culpa de nadie! Era un mal paciente, aunque ella intentó con todas sus fuerzas que entrara en razón, ella y el enfermero de mi centro de salud que nunca dejó de informarme y de intentar que me cuidara; pero yo me negaba a reconocer lo evidente. Un día me puse muy enfermo... me llevaron a Urgencias y me tuvieron que meter directamente en la UCI. Sólo fueron unas horas, pero me sirvieron para darme cuenta del daño que había sufrido mi cuerpo por negarme a reconocer lo evidente: sufro una enfermedad crónica, Diabetes tipo II, que requiere una serie de cuidados a todos los niveles: dieta, ejercicio, bajar de peso, medicación. Debí de aceptarlo desde el primer día porque ahora sufro consecuencias irremediables por mi diabetes mal cuidada: una afección cardiaca, inicio de ceguera, mala circulación en las piernas, úlceras y los primeros estadíos de una afección renal irreversible. Sí, mis hermanos están mucho mejor que yo... como yo podría estarlo si hubiera hecho caso a mi médica y a mi enfermero.

CARA:

  • Me llamo Manuel y tengo cuarenta y cinco años. Soy diabético desde hace diez. Mis hermanos mayores también lo son. En cuanto supe que ellos estaban enfermos acudí a mi médico y pedí que me hiciera una revisión, dado que la diabetes que sufren ellos, la tipo II, tiene un compenente familiar-hereditario. Y, efectivamente, también yo padezco esta enfermedad crónica. Al principio mi médica me indicó que existía la posibilidad de que me tuvieran que pautar insulina por las altas cifras de glucemia basal con las que empecé y el sobrepeso que padecía, pero como he llevado la dieta a rajatabla desde el primer día, he hecho ejercicio de forma regular y he bajado mucho peso, aún sigo tomando antidiabéticos orales que me controlan las cifras de glucosa en sangre muy bien. Yo mismo me hago los controles y me ajusto la dieta en base a mis necesidades. He aprendido a controlar mi enfermedad gracias a mi enfermero del centro de salud que me ha facilitado, por medio de unos sencillos cursos de autocontrol de la enfermedad y visitas regulares de refuerzo, las herramientas que me posibilitan que sepa qué debo hacer en todo momento, lo que me evita la angustia ante posibles subidas o bajadas de las cifras de glucemia. Cada cierto tiempo me revisan la vista, la función del corazón y la circulación y el funcionamietno de los riñones, órganos que pueden sufrir a corto y medio plazo con esta enfermedad, pero hasta ahora todo está muy bien y correcto. Soy un paciente bien controlado y sin afeccciones secundarias. Consciente del riesgo, he llevado a mis hijos al médico para que los revise; por ahora no debo preocuparme, están bien, así que llevan una vida sana en alimentación y ejercicio saludable, lo que les disminuye el riesgo, más que probable, de sufrir esta enfermedad... Cuando se conoce al detalle a lo que uno se enfrenta, se pueden utilizar las herramientas adecuadas para plantarle cara.

----oooo0000oooo----

Con motivo del Día Mundial de la Diabetes, que se ha celebrado el pasado 14 de noviembre, me animo a mostrar las dos caras de una enfermedad que arrasa la salud de miles de personas en nuestro país. Es una enfermedad crónica que, en inicio, puede no dar unos síntomas muy llamativos, motivo por el cual las personas que lo sufren no suelen tener conciencia de enfermedad... Ello hace que no acepten, en ciertas ocasiones, el estricto plan de cuidados que muchas veces se les plantea. La mayoría de los diabéticos que sólo necesitan hacer dieta o toman pastillas para el control de su enfermedad, se miran a sí mismos pensando que ellos tienen «azúcar de la buena», lo que podría hacer que miraran con demasiada benevolencia su mal y dejaran de controlarse y cuidarse. No existe «azúcar» mala o buena. Existen enfermos de diabetes. Cada uno precisa un tratamiento y un plan de cuidados personalizado. Por último, sólo añadir que, una diabetes bien controlada, evita un montón de complicaciones. Evitar el sobrepeso, hacer ejercicio físico de forma regular, llevar una dieta saludable y variada y vigilar nuestras cifras de glucemia es vital. Y fácil.

Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1011237916988

jueves, 18 de noviembre de 2010

Manifiesto Abla 2010


Hola a todos y todas los que me seguís de forma habitual. Esta vez mi nueva entrada no va a ser de mi autoría. Esta vez os remito a otro blog. con un proyecto de Salud Participativa que ha nacido en el seno de Salud 2.0 Andalucía.
Creo que os gustará e interesará.
La salud no sólo debe ser una iniciativa por parte de los Estados, las administraciones o los profesionales de la Salud, de forma aislada. Debe partir de los propios ciudadanos en colaboración con los otros anteriores. Ése es el germen que posibilitará que todo proyecto tenga éxito.
Si visitas Facebook puedes adherirte en esta dirección
Si vistas Tiwtter, en esta otra, @ManifiestoSalud
Los ciudadanos, muchos de vosotros, debéis tomar conciencia de que la Salud no es algo que «os debe llegar», algo pasivo que se os debe proporcionar por parte de las administraciones y sus servicios de salud. Vuestra iniciativa, vuestra participación es siempre precisa, necesaria. Ese espíritu es el que alimenta esta iniciativa, a la que os pido echéis un vistacillo.
Creo que es una propuesta muy interesante.
Y, por ahora, nada más.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Memoria de mi enfermera XX: "Esperar..."


Hace seis meses que espero. Me dieron la noticia, me explicaron lo definitivo de mi enfermedad, tras varias semanas de estar ingresado por una terrible dolencia que, aunque siempre supe que era grave, nunca imaginé que pondría en riesgo mi vida.
El médico no se anduvo por las ramas al contarme lo que sería y lo que supondría desde ese momento mi realidad: necesito un trasplante.
Esas palabras resonaron en mi cabeza durante un tiempo que me resultó eterno, doloroso... Me costaba razonar la cruda realidad de que mi supervivencia dependa de que llegue un órgano sano y lo pongan en mi cuerpo para sustituir al mío que ya no hace su función.
Entender que tu vida depende de que en un tiempo, no demasiado amplio, en una contrarreloj infernal, se encuentre un órgano sano para que tú puedas tener una segunda oportunidad es algo desolador. Cierto. Una persona que vive, que respira, que piensa, que planea su ahora y su mañana, de repente dejará de tener todo eso. Por vueltas del Destino, ese tirano al que nunca comprenderemos y que regula nuestras vidas a su antojo pero con la exactitud del mecanismo de un reloj, un día esa persona dejará de vivir. Su familia, arrebatada por el dolor de la pérdida, de la noticia aún no asumida, acuciada por la falta de tiempo, sin posibilidad de detenerse a meditar, tomará una de las más terribles y a la vez altruista de las decisiones. Donará sus órganos. Entonces tendré una oportunidad gracias a la más absoluta generosidad que pueda existir: la posibilidad de dar vida.
Entender eso es desgarrador. Terrible, espantoso. Doloroso.
Asumirlo, difícil…
Pero..., pero aun así, ese trasplante supone una nueva oportunidad para poder llegar a tener una vida aceptablemente normal. Una vida como la de los demás, como la de los que, mientras caminan por la calle, viajan en el metro abstraídos en sus pensamientos o trabajan en los campos, ignoran el calvario que me ha tocado vivir.
Debo esperar... y espero.
----oooo0000oooo----

España es el país más generoso del mundo. En este país se realizan más trasplantes que en cualquier otro país del mundo, impulsados por la generosidad más absoluta, sin que los donantes o sus familias reciban nada a cambio. Hay ciertos trasplantes cuyos órganos no queda más remedio que obtenerlos de personas que ya no viven, como el que he querido reflejar en el texto, algo cotidiano y terrible que muchos desconocen. Pero otros muchos injertos y tejidos, gracias a los avances increíbles de la ciencia, se pueden obtener de personas vivas, que dan un trocito de sí mismas para que otros puedan recuperar la esperanza de una vida aceptablemente normal.
Hasta ahora, como donante vivo, solo se aceptaban a familiares directos del enfermo receptor. En España, por estas fechas, se está poniendo en marcha la posibilidad de que un donante vivo, sin relación alguna con los receptores, pueda donar. Es algo que ya existe en EEUU, por ejemplo. Se le llama «El buen samaritano»creo que una metáfora que se queda corta con respecto a lo que supone donar un órgano o un trozo de tejido para que otra persona pueda recuperar sus posibilidades de vida. El nombre técnico es «donante altruista» y Están incluidos en un estricto protocolo de la ONT desde 2010 —Protocolo de donación renal altruista,—.
Sé lo que supone estar en una lista de espera para recibir un trasplante. Vivir pendiente del teléfono, ver que pasan las semanas...
Mi corazón y mi esperanza están con todas las personas y sus familias que viven una situación similar. La generosidad de muchos permite que un día esa espera culmine con éxito y se abra ante ellos la esperanza de una vida mejor. Este mundo no es tan feo como aparenta a veces; hay mucha gente buena que sí piensa en los demás.
Con este como todos los artículos que escribo apoyo y hago campaña en favor de la donación de órganos y tejidos; donar es dar vida.

Y, por ahora, nada más.
Safe Creative #1011117825898

jueves, 4 de noviembre de 2010

Reflexiones: sin vocación ¿o no?

Bueno, me váis a permitir una vez más que acuda a mi novela A ambos lados para cerrar el tema de la vocación en las profesiones sanitarias. En este caso, Marian, la protagonista, acude a un seminario con alumnos que imparte una compañera de planta, su amiga Auxi, docente en la Escuela de Enfermería.
Les aseguro que, aunque es un fragmento novelado, está total y absolutamente basado en hechos reales.
Allá va...

«Llego en cinco minutos. Auxi está con unos diez alumnos en un aula pequeña y sin ventanas. Debe estar muy cerca de los lavaderos porque llega un intenso olor a jabón y a lejía, flotando en el ambiente una humedad incómoda. Están todos sentados formando un círculo con las sillas, incluida ella. No parece una clase magistral, sino más bien una sesión distendida con sus alumnos de enfermería. Auxi, que está de frente a la puerta, me ve llegar. Me hace un gesto invitándome a sentarme. Localizo una silla vacía en un rincón.

-Chicos, os presento a Marian –diez cabezas se giran hacia mí. Veinte ojos me escrutan con desgana-. Trabajamos juntas en la planta trece, en el servicio de Medicina Interna. Si no os molesta se unirá a nosotros.

Un murmullo de indiferencia recorre la sala. Tomo la silla y me coloco tras una alumna pelirroja, procurando permanecer en todo momento en un segundo plano. No pensaba que Auxi me iba a hacer entrar en su clase. Creía que ya iba a terminar.

-Como os decía, no debéis olvidar que sois alumnos de tercero. Debéis intentar aprovechar al máximo las prácticas porque en unas pocas semanas estaréis desarrollando vuestra labor en un servicio de hospital o en un centro de atención primaria. Una vez que os diploméis tendréis que valeros por vosotros mismos. A veces podréis consultar con otros compañeros más veteranos, pero otras no.

Paseo la mirada por los rostros de los futuros enfermeros. No puedo evitar una sonrisa de desencanto. A todos y cada unos de ellos les importa un pimiento lo que Auxi les está contando. Deben de tener mucha confianza en su capacidad profesional porque, salvo la pelirroja que tengo delante, el resto está en la inopia. Supongo que mi compañera es consciente de ello y quizá no le da demasiada importancia en este momento. Pero la verdad es que presentan un conjunto bastante triste. Posiblemente se trata sólo de estos alumnos y puede que el resto de la promoción tenga algo más de sangre en las venas.

Asombrada compruebo que una de las chicas tiene puestos unos auriculares cuyos cables oscuros se pierden entre su cabello y el uniforme. Indiscutiblemente está escuchando música de un reproductor digital de esos tan pequeñitos que hay ahora; mi suposición se ve confirmada al observar cómo lleva el ritmo con uno de sus huesudos pies.

Ajena a todo, Auxi sigue con su arenga en pro de la labor enfermera.

-Creo… No: estoy completamente segura de que varios de vosotros os habéis equivocado al elegir la carrera. No sé qué expectativas movían vuestros impulsos, pero esto no es lo vuestro.

Silencio.

Ni un solo gesto por parte de los jóvenes me permite saber si les ha molestado tal afirmación. La escena es algo absurda, surrealista. Ellos gravitan en un universo que no es el nuestro.

-Los enfermeros y enfermeras de la vida real no son como los de vuestras series de televisión preferidas. No son mini-médicos, ni supermodelos, ni están esperando a que sucedan cosas fantásticas, ni se van a forrar con los sueldos miserables que reciben. Los verdaderos profesionales trabajan día a día, se dejan la piel y la mente en su labor, no esperan constantemente un reconocimiento, que por desgracia casi nunca reciben, ni un protagonismo que no tienen –Auxi suspira exasperada-. Chicos es triste que os lo tenga que decir a las puertas de la finalización de vuestras carreras. La Enfermería es un trabajo de fondo, es saber cooperar con otros profesionales en un equipo multidisciplinar, es estudiar y formarse de una forma constante y lógica, es estar alerta, es observar y analizar, es razonar las órdenes y la pautas de otros profesionales, es utilizar el razonamiento científico, es investigar para mejorar la atención enfermera.

Reacción cero.

Auxi podría muy bien estar hablando en una lengua asiática. El efecto sería el mismo.

La perorata continúa unos diez minutos más aunque sus efectos sobre los cerebros de los alumnos no es el que quizá se espera. Cuando mi compañera da la sesión por finalizada, todos los alumnos se levantan con más vitalidad de la que se podía suponer dada su actitud de unos minutos antes. Auxi los mira con pena.»
Fin

----oooo0000oooo----
Esto es más frecuente de lo que muchos se creen. Y es real como la vida misma, por desgracia.
Y, por ahora, nada más
Safe Creative #0912215169079

jueves, 28 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera XIX: "Mi vocación"

Supongo que después de tratar el tema de la vocación en las profesiones sanitarias lo justo y adecuado sería hacer una exposición pública de la mía, mostrar en qué punto me encuentro después de 21 años de profesión -bueno, también trabajé un tiempo como auxiliar de enfermería, osea que serían algunos más-.
Os abro mi corazón... de enfermera.
Siempre, siempre, desde que tengo uso de razón, quise ser enfermera. Tuve una época, que duró poco la verdad, en la que creí querer ser policía, piloto de helicópteros o soldado... ¡Sí, fue durante poco tiempo!
En mi familia la capacidad económica fue muy limitada, por lo que eso de estudiar bachillerato y una carrera universitaria se encontraba descartado, por ello mis expectativas se decantaron por la FP... ¡gracias al cielo! Estudié Auxiliar de enfermería y Técnico de Laboratorio y con la nota obtenida, pude, por fin, acceder a la Escuela de Enfermería de la Complutense, donde gracias a una beca, pude sacar mi carrera en tres fabulosos añitos.
Mi vocación crecía y crecía por sí misma. Estudiaba lo que me gustaba y mis estudios de FP sólo consiguieron darme la razón: lo mío era ser Enfermera.
Cuando finalicé mi carrera me ofrecieron un contrato en el Clínico de Madrid, llamado hoy San Carlos. Recuerdo, y en el inicio de mi novela lo plasmo con toda fidelidad, ese primer día como si hubiera sido ayer mismo: esa angustia, esa responsabilidad que una cree que le viene grande, ese miedo al error. Pero ese temor de los primeros días, normal y habitual en las personas a las que les importa lo que hacen, pasa y en su lugar va creciendo una seguridad en la propia labor y un enorme gusto por el trabajo bien hecho, por superarse, por saber más y mejor. ¡¡Una gozada!!
Terminé ese contrato y durante algo más de 5 años estuve en un servicio de Medicina Interna en otro hospital de Madrid. Me encantaba mi trabajo. Me esforzaba a diario y me encantaba la labor bien hecha. Aprendí mucho de mis compañeros y llegó un momento en el que parece que la que aportaba algo de lo que aprender fui yo misma.
Aprobé una oposición en el IMSERSO y trabajé otros casi 5 años en un Centro de Minusválidos Físicos en la provincia de Madrid. Allí el trabajo era menos bonito, más rutinario, pero igual de complicado y de esforzado. Fue una época de trabajo en equipo con unos profesionales como la copa de un pino. De allí pasé a otro hospital madrileño unos meses y, al final, me fui de Madrid.
He de decir que yo terminé la carrera en un momento en que no había paro y que fui interina unos años y dejé de serlo para ocupar mi plaza en propiedad, obtenida por un concurso oposición. Nunca sufrí bolsa de trabajo alguna en Madrid
Me trasladé a una provincia andaluza y topé con el SAS.
Aquí ya no volví a ningún hospital, trabajé todo el tiempo en centros de Salud, la mayor parte del tiempo en pueblos lejanos a la ciudad en mayor o menor medida a nivel físico, pero a nivel espiritual a una distancia como de la tierra a la luna. Eso era, en ciertos casos, el lejano oeste.
En este trabajo, por lo menos durante el tiempo que yo lo llevé a cabo durante unos 4 años o algo más, sufrí de todo. Predominó el buen ambiente en los 5 pueblos en los que laboré, trabajé con muy buenos profesionales y me gustó mucho, mucho lo que hacía. Pero en dos pueblos en concreto, tuve la mala suerte de trabajar con compañeros enfermeros que dejaban mucho que desear, por decir algo que no sea ofensivo. Yo estaba acostumbrada a trabajar en equipo; pero allí viví días en las que estaba hasta el cuello de trabajo: urgencias unas detrás de otras, avisos, salas de curas con una media de 60 números, decenas de visitas programadas a domicilio... A veces alguien me ayudaba, cierto, pero otras muchas vi a algunos compañeros sentados en la sala de estar comiendo pipas o en el bar tomando cañas sin importarles nada más.
Reconozco que no aguanté. Soporté en uno de esos dos sitios en concreto tanta tensión con dos enfermeros, uno de los cuales era agobiante, acosador de mi labor, insultante, difamador, grosero... y otras cosas más que me guardo, que cuando me ofrecieron un contrato largo en ese centro de Salud... ¡lo rechacé!
Lo rechacé y me borré de la bolsa del SAS. También esta dichosa bolsa y el desprecio que hace de los profesionales que en sus listas se encuentran tuvo mucho que ver con mi decisión (pero no viene al cuento mi vicisitudes con la bolsa del SAS... algún día, quizá algún día explique su política nada justa de contratar en mis tiempos)
Sentía mi vocación en estado de coma y con pocas posibilidades de recuperación. Derivé mi vida laboral hacia otras profesiones, como bibliotecaria, presentándome a oposiciones que no aprobé. Conseguí contratos de docencia para impartir cursos de FPO de auxiliar de Geriatría y de clínica que me tuvo ocupada varios años. Me presenté a otras oposiciones, esta vez de enfermería, que aprobé. Este es el trabajo que llevo realizando desde hace otros, algo más, de 4 años.
Sí, mi vocación estuvo a punto de morir. Pero hoy está sana y fuerte, entusiasmada, pero resabiada y desconfiada. Cuando creí que ya no deseaba ser enfermera, llena de dolor y casi amargada por ello, empecé mi primera novela... terapia que me vino muy bien para hacerme recordar por qué elegí esta profesión y no otra y me trajo a la memoria lo que yo disfrutaba con mi labor, lo que me esforzaba porque estuviera bien hecha, la satisfacción y las amarguras sanas que me reportaba. Sí, tuve que recordarlo... para volver a saborearlo.
Y hoy, nuevamente, ya no deseo ser otra cosa. Cierto que mi trabajo hoy día no tiene nada que ver con mis inicios. Es verdad. Pero disfruto con lo que hago y me gusta. Me encanta ir todos los día a trabajar, me gusta el trato con mis pacientes, sus dudas, sus inquietudes que procuro solventar y me gusta estudiar para ponerme al día. Me encanta a lo que ha llegado esta profesión
Sí, mi vocación ha resistido.
Pero ¿qué habría pasado si se hubiera muerto? No, no lo sé.
Lo único que puedo afirmar bien alto es que, en mis momentos más bajos, mi trabajo con mis pacientes jamás se vio resentido, jamás dejé de intentar hacerlo bien, jamás me relajé ni ignoré las necesidades de los usuarios que estaban a mi cargo... y fue ese ralentí tan alto en el que me encontraba el que no pude soportar. Aún así, me retiré un tiempo de la enfermería asistencial porque me daba miedo hacer mi trabajo mal, no estar a la altura, obviar cosas importantes. Y ahora me alegro de dejarlo, pero en su día lloré amargas lágrimas, creanme. Porque la Enfermería, para mí, lo era todo... yo no podía, no entedía ser otra cosa.
Esta es mi historia... mi vocación, pasado y presente. Siento haberme extendido tanto.
Y, por ahora -¡uffffff!-, nada más.

jueves, 21 de octubre de 2010

Reflexiones: Vocación

Creo que a cualquier profesional de la salud: médicos, enfermeros, psicólogos... se les puede pedir muchas cosas en el desarrollo de su profesión. Pero creo que la principal, la que debería primar por encima de todas es vocación.
A estas profesiones se puede llegar por diversos caminos, unos más lógicos que otros. Leí hace poco que con el boom de las series televisivas de médicos y hospitales se había desencadenado una avalancha de solicitudes para las diversas facultades, de tal forma que, tanto Medicina como Enfermería eran las carreras más demandadas. Supongo que, los que se lanzaran a estas profesiones impelidos SÓLO por una serie de TV, se llevarían un chasco tremendo. No voy a entrar en detalles, pero ya he manifestado con anterioridad mi opinión de que las series televisivas no muestran la realidad de nuestros hospitales. Sólo son eso: ficción.
En estas carreras hay que estudiar muchísimo, muchísimos años. En Medicina, tras la larga carrera, viene el MIR; unos 5 ó 6 años más de duro trabajo y estudio, tiempo durante el que no tienes opción a trabajo estable y pocos se plantean formar una familia o tener hijos hasta que finalizan. Después hay que buscar trabajo...
En Enfermería pasa algo similar, pero para el desarrollo de nuestra labor aún no es necesario las especialidades -aunque sí muy recomendables, por lo menos cuando se regularice su existencia-.
En ambas profesiones NUNCA dejas de estudiar y formarte. Y es muy recomendable llevar a cabo programas de investigación, que requieren más esfuerzo aún.
El sueldo no es para lanzar cohetes, precisamente. Los horarios en la mayoría de los casos, tampoco.
No se tiene un trabajo fijo/estable hasta que han pasado mínimo de 10 a 15 años... y a veces, ni después de ese tiempo se consigue, dado que, casi siempre, es preciso realizar oposiciones para los puestos en sanidad pública. Oposiciones en las que de nuevo debes estudiar hasta desollarte los codos para conseguir algo.
Luego viene eso de ver sangre, de ver heridas, de tener que convivir con los aspectos más feos y desagradables de lo que suponen cuerpos humanos desde sus diversos aspectos biológicos, sanos y enfermos, cerrados y abiertos. Es cierto que hay que tener cierta dosis de lo que algunos de una forma muy fea llaman estómago, cualidad que muchas veces se tiene de forma natural y otras viene dado por la costumbre... porque sí que es verdad que a todo se acostumbra uno.
En este desgrane de lo que suponen las profesiones de la salud no hay que olvidar que todos debemos, más pronto que tarde, tratar con el público, con personas que no están casi nunca en su mejor momento, que se encuentran angustiados por su situación o son los familiares de alguien enfermo. Trabajamos con personas en su peor momento, en aquéllos en los que el dolor o el miedo es lo que predomina y que hace complicado la relación. Para tratar con las personas en estas situaciones hay que tener cierta dosis de tolerancia, de empatía, de comprensión que te lleven a aceptar al otro reaccione como reaccione. Pero también una gran dosis de diplomacia, de mano izquierda, de saber capear el temporal cuando las cosas pintan feas y te ves frente al típico energúmeno que exige y protesta e insulta o, incluso, agrede verbal o físicamente. Todas estas herramientas no te las proporcionan en la carrera: te las debes conseguir por ti mismo, con mucha paciencia y mucho coraje. Y no es fácil, se lo aseguro.
Otro aspecto importante es que estas profesiones se llevan a cabo en equipo, es decir, se trabaja con otros muchos compañeros de otras muchas disciplinas profesionales: psicólogos, farmaceúticos, celadores, auxiliares, limpiadores, pinches, trabajadores sociales... junto con profesionales de la enfermería y de la medicina. Y hay que saber trabajar en equipo, hay que saber respetar y valorar el trabajo de los demás. Cuando un paciente es dado de alta con éxito, ese éxito es el resultado de una labor conjunta... que muchos, equivocadamente, SÓLO ven como resultado del trabajo del médico. No sólo por parte de los pacientes y usuarios, sino por parte de algunos médicos.
Visto esto que planteo desde el punto de vista de la formación, pensarán que nadie es capaz de sobrellevar estas profesiones de la salud si no es con vocación... ¿verdad?
Pues se equivocan.
Muchos médicos, muchos enfermeros... hombres y mujeres, terminan sus carreras y su formación, sin la más mínima vocación, impelidos por unas expectativas falsas, quizá obligados por unas circunstancias que les impide arrepentirse o quizá amparados en la idea de que con el tiempo «el gusto por esto» llegará sólo, como esa pareja que se casa sin amor convencida de que el amor llegará con la convivencia... ¡en fin!
Todos queremos que nos atiendan médicos y enfermeros competentes, que sepan qué se traen entre manos, que se formen a diario en los nuevos avances de la ciencia para posibilitar una atención mejor y de calidad. Que sean simpáticos, que sean amables, que se tomen nuestro padecer como el más importante de la ciencia médica y que sepan dar respuesta a nuestras inquietudes y necesidades de una forma eficaz, eficiente y efectiva.
Pero todos sabemos que esto no siempre es así.
He afirmado en muchas entradas de este blog, que predominan los buenos profesionales frente a los que no lo son. Eso no sólo lo digo, sino que lo afirmo, lo aseguro y lo rubrico donde sea.
Pero, por desgracia, existen muchos malos profesionales de la salud a los que las personas, sus enfermedades o su salud, los avances médicos y de enfermería les trae sin cuidado.
¿Por qué -me imagino que se preguntarán- están estas personas desarrollando dichas profesiones si no valen para ello? Pues yo me pregunto lo mismo, sí. Algunos comenzaron con vocación pero tras un número de años trabajando en precario, la rutina, las malas condiciones, el nefasto sueldo o las escasas expectativas se quemaron como brasas y su vocación se murió irremediablemente. Otros muchos no la tuvieron nunca, nunca.
Creo y es mi opinión que quizá se podría hacer algo para filtrar a los que acuden a estas profesiones buscando un nosequé pintoresco y los que de verdad se ven motivados por una vocación sincera. Creo que nos encontramos ante unas profesiones de gran responsabilidad que no debería llevar a cabo cualquiera y hay muchos que están y no debería.
Supongo que con esto que afirmo muchos compañeros de profesión se me echarán encima y me regañaran por decir esto. Pero es lo que pienso.
Llevo 21 años meditando y ésta es mi conclusión: se debería hacer algún tipo de psicotécnico o similar, no sé. Al igual que lo hacen policías, militares, pilotos de aviones y usuarios de armas de fuego.
Y ya está... acabé.
Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1010217625810

jueves, 14 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera: XVIII: "Enfermera de Atención Primaria"

En esta entrada quiero contar cómo se trabaja como enfermera de Atención Primaria en los pueblos. Yo hice ese trabajo durante algo más de 4 años. Es un trabajo complejo, en el que la organización del profesional depende en gran medida de las posibilidades de los pacientes en sus domicilios, porque gran parte del trabajo se realiza en las casas, en los hogares de los pacientes. Me he permitido extraer un fragmento de mi novela A ambos lados (2008) para mostraros esta cuestión. La protagonista, Marian, antes enfermera de hospital, ahora trabaja en el centro de salud de un pueblo de la sierra granadina. Está embarazada y nos cuenta...

«Estamos ya en otoño pero hace un calor impresionante. Siento cómo me late el corazón a lo loco en el pecho por el esfuerzo. Tengo el coche aparcado en lo alto de una empinada cuesta, de una empinada calle del pueblo por lo que con el abultado y pesado maletín colgado en bandolera y la incipiente barriguita que es casi el doble de lo que corresponde para las fechas en las que me encuentro, me da la sensación de que estoy escalando el Moncayo. Me detengo un momento a tomar aire. El bebé me da una enorme patada que me obliga a doblarme. Me paso una mano por la barriga y no se repite ningún golpe más. Aprovecho para consultar mi dietario. Aún me quedan dos visitas programadas más, cada una en una punta del pueblo. Matías, un paciente de dieciocho años con una distrofia muscular muy grave que le ocasiona una importante insuficiencia respiratoria al que le han realizado hace unas semanas una traqueotomía y colocado una cánula conectada a un estimulador de la respiración. Su madre aún no se atreve a cambiarla ella sola y voy yo cada vez a ayudarla hasta que se vea capaz de hacerlo por ella misma. La otra es Margarita, una mujer de ochenta años, postrada en una cama desde hace quince, que padece todo tipo de patologías crónicas junto a una demencia senil. Su incapacidad de moverse por sí misma y de poder ser levantada de la cama le ha llenado el cuerpo de úlceras, escaras de grado III y IV brutales, a las que casi no doy a basto de curar y a la que debo visitar a diario. Necesita dos curas al día pero las de la tarde-noche se las hace su nieto cuando llega de trabajar del campo.

No sólo se aprende de los pacientes cuando se les ve ingresados en los hospitales, sino que es impresionantemente enriquecedor verlos en sus casas bregando a diario con sus enfermedades y sus pesares. El medio hospitalario es alienante para los seres humanos y son los pacientes los que se deben adaptar al mismo; nosotros los vemos con sus pijamas azules con el logo del hospital grabado en el bolsillo superior y nos resultan, demasiadas veces, seres sin rostro y con una enfermedad concreta que van y vienen en una sucesión sin fin. Sin embargo, en sus domicilios eres tú, el profesional sanitario, el extraño y tú el que se debe adaptar a sus peculiaridades, a sus posibilidades, a sus escasos recursos técnicos y humanos, a sus hogares de dimensiones variantes y llenos de olores y colores que los distinguen siempre de los demás. En ese medio siempre cambiante debes contar con ellos, enseñarles a hacer determinadas técnicas para que sus vidas sean más llevaderas o más fáciles, si eso es posible y por desgracia no siempre lo es. Y cuando sales de sus casas alguien siempre te acompaña a la puerta para verte partir, en ocasiones contando con ansiedad las horas para que llegue el momento en que vuelvas a llamar a su puerta.

Suspiro.

Cierro mi dietario y lo guardo en el maletín. Continúo el ascenso de la vertical K-2 del pueblo.

No se me debe olvidar que a las dos de la tarde he quedado en mi consulta con Adriana una mujer de cuarenta años a la que han diagnosticado hace poco de Diabetes tipo II y a la que debo enseñar a realizarse los controles de glucemia. Objetivo, que la paciente sea capaz de ser autónoma, que sea capaz de manejar su dieta y sus pastillas por sí misma, darle herramientas que le ayuden a controlar su enfermedad y a solucionar los imprevistos más leves. Proporcionarle un conocimiento que le dé seguridad, autonomía y reduzca la ansiedad, lo que a su vez mejorará el control de la enfermedad en sí…

Me detengo nuevamente, saco una botella de agua, doy un generoso trago que la vacía más allá de la mitad y sigo mi lento ascenso. Miro al suelo mientras camino, mejor no mirar el largo trecho que aún me queda.

Sí, me gusta este trabajo. Es un gran reto para una rata de hospital como era yo. Pero, ¡por Dios! A quién se le ha podido ocurrir poner unas cuestas tan empinadas como éstas.»

----oooo0000oooo----

Os aseguro que el trabajo que se lleva a cabo en este medio es el gran desconocido de la Enfermería. Las visitas se hacen con el vehículo propio, muchas veces no se tiene horario y, entre medio, surgen no pocas urgencias, incluso accidentes de tráfico, que se atienden a pie de carretera con escasos medios. Espero haberos acercado un poco más esta labor tan importante que nuestros profesionales llevan a cabo a diario.

Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #0912215169079

miércoles, 6 de octubre de 2010

Memoria de mi enfermera XVII: Recordar... me

Me miro al espejo.
Mi mirada se pierde en ese rostro arrugado y extraño. Que no conozco, que no considero propio.
Y me asusto y me angustio y me aterrorizo... ¿Dónde estoy? ¿Quienes son esas personas que me rodean, que se acercan a mí, que quieren tocarme?
Y lloro. Lloro mi miedo, mi pérdida de mí, mi angustia de mi interior desconocido.
Miro mis manos, pero yo las recordaba más jóvenes, suaves, blancas y tersas. No son mis manos. Busco con la mirada a mi madre, su amado rostro de sonrisa fácil. Busco el consuelo de su mirada arropándome desde lejos. Creo vislumbrarla en ese rostro que se acerca a mí con una sonrisa inquieta.
Pero sólo encuentro desconocidos, manos que me agarran, palabras que no entiendo... ¡Y grito! Grito y me sujetan y me pinchan y me amarran y... lloro. Lloro por mi miedo, por mi pérdida, por mi angustia.
Cierro los ojos porque la oscuridad me engulle y su vértigo me atenaza.
Despierto.
Miro mis manos. Y suspiro de alivio. Reconozco mis manos, arrugadas y llenas de manchas y grietas, resultado de cincuenta años de duro trabajo. Siento a alguien a mi lado... ¡mi hija! Que me acaricia el rostro y me besa y me baña con sus lágrimas que reconozco amargas por su sufrimiento diario. Por su pena, por mí. Me duele que sea yo quien le hace llorar con tanto dolor.
Y recuerdo.
-¡Hija -le digo con un susurro que amenaza llanto-, no llores hija!
-¿Sabes quién soy, lo sabes? -me pregunta ella con un temor en la mirada que me parte el corazón.
-¡Sí -respondo tragándome a duras penas la angustia-, ahora en este momento te recuerdo! ¡Me recuerdo!
Y me abraza y me besa y me acaricia el arrugado rostro que ahora sé que me pertenece, que es el resultado de una vida... Ya pronto no me recordaré. Pronto ya no volveré a recordarla. Me sumergiré para siempre en la celda de mis recuerdos, esos en los que siempre seré joven...
Perderé para siempre lo que he sido, lo que soy.
Tengo miedo de que llegue ese día, mucho miedo, sí.
Cierro los ojos.
Noto unas manos que me apresan, un cuerpo que me aprieta, unos labios desconocidos que me besan y me agobian.
Miro ese rostro que no conozco y en el que leo pena, pesar y le pregunto:
- ¿Quién eres?
---ooo000ooo---
Las demencias se llevan toda la esencia de las personas: su memoria.
Imaginen mirarse al espejo y no reconocer el rostro que te devuelve la mirada.
Imaginen a esa familia no viéndose reconocida en esos ojos, los ojos de un extraño.
No me extiendo más.
Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1010067513510

jueves, 30 de septiembre de 2010

Comienza un nuevo curso de Grado

Por estas fechas comienza el nuevo curso en las universidades españolas. Y este año es algo distinto con respecto a los anteriores: por primera vez comienza de forma generalizada el curso universitario en Enfermería siendo un Grado, es decir, el equivalente a una licenciatura.
Eso es, sin duda alguna, un gran hito en la Historia de Enfermería en España, desde que Florencia Nightingale proporcionara los primeros cuidados de enfermería como tal en la Guerra de Crimea. El papel de la Enfermería en nuestra Sanidad, en los cuidados de Salud-Enfermedad ha alcanzado en los últimos años una enorme relevancia, tanta que ya se hacía necesario este cambio, para mejorar su formación. Los conocimientos que se imparten y se adquieren durante la carrera de Enfermería son tan extensos, tan variados, tan intensos... que se hacía imprescindible que se aumentara el número de créditos. Por fin se ha conseguido.
Algo que, por otro lado, ya existe en muchos otros países desde hace muchísimos años. España es de las últimas en adoptar esta titulación.
Ahora, con la nueva titulación, muchos de los que hemos estudiado la Diplomatura nos debemos aplicar para convalidar nuestro antiguo título y aumentar el número de créditos para que nos reconozcan como licenciados. Ahora, muchos de los que miraban a la Enfermería como la hermana menor de la Sanidad y de los cuidados de Salud-Enfermedad comprobarán cómo ésta es una disciplina sin complejos y que está y estará a la altura de las expectativas que en ella se han depositado. Existirán -de hecho, ya existen- Doctores en Enfermería, porque el título de Doctor sólo se adquiere cuando se hace un doctorado -y no estudiando Medicina como muchos, erróneamente, se creen-.
Con esta nueva andadura en la formación universitaria de la Enfermería en España se abre un nuevo camino en el que ya no hay límites. Con el título de Grado y con las nuevas Especialidades la enfermería conseguirá ocupar el sitio que realmente le corresponde. Ya ha demostrado que se lo ha ganado, dado que la Enfermería española es reconocida internacionalmente como de las mejores, las más capacitadas y mejor formadas.
En estos días inician su curso los primeros alumnos de Grado en Enfermería.
Mis mejores deseos para todos ellos.
Y, por ahora, nada más.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Mi nueva novela...


Acabo de autopublicar mi nueva novela SANATIO. La tercera.

Su título no os lleva a error: se trata de una novela histórica cuya protagonista es una mujer con excepcionales conocimientos médicos. Se desarrolla en la Hispania romana del siglo I a.C. La trama, un poco compleja, pero creo que fascinante y misteriosa, o eso pretendí cuando la escribí, hace que esta mujer sea comprada como esclava por un tribuno de la XXX legión, asentada en Hispalis. Su extrema situación la llevará a servir como esclava pública en la valetudinaria (hospitales de campaña de las legiones romanas) de la legión XXX y a tener que viajar con las tropas en sus campañas en Gades y Osca.

He realizado una rigurosa documentación histórica. La historia es inventada, por supuesto, pero está encuadrada en un contexto histórico real. Los acontecimientos que narro ocurrieron en realidad, parte de sus personajes son históricos y me he permitido contar una parte destacada de la historia de Hispania en el ámbito de Roma en sus últimos años como República. Podréis sumergiros en la vida cotidiana de una domus, saber cómo vivían las tropas en un campamento o saber cuales eran las técnicas de cirugía en tiempos tan remotos.

Pero es una historia, un relato inventado, misterioso... no lo olvidéis. No es un hecho histórico novelado. Por si acaso alguien busca algo que luego no encuentra.

Si alguno se atreve a leerla, espero que os guste y que disfrutéis tanto como yo lo hice escribiéndola. El precio que véis es resultado de sus 740 páginas. En papel mi beneficio es cero.
Por ahora sólo se vende por internet. No pierdo la esperanza de que alguna editorial me publique, pero como no es así... me han rechazado todas, la pongo en venta en Bubok. La podéis encontrar pinchando ESTE ENLACE. Podéis encontrarla en formato papel, pdf o formato para e-reader. Podéis leer las primeras páginas, pinchando el enlace bajo la portada, en la página de Bubok.
Y, por ahora, nada más.

martes, 14 de septiembre de 2010

Memoria de mi enfermera XVI: "Ana y Mía"

Me gustaría presentarme. Me llamo... bueno, mi nombre creo que da igual. Tengo dieciséis años. Soy la mayor de tres hermanos, vivo en una gran ciudad y soy una buena estudiante. Mis padres están muy contentos conmigo, porque soy responsable, obediente, buena y cuido de mis hermanos y de mis cosas. Todos a mi alrededor dicen que soy estupenda y una niña maravillosa.
Pero ellos no me ven de verdad.
Ellos, los que sólo ven lo que les interesan, no saben cómo soy en realidad. No pueden saberlo.
Todo empezó hace unos dos años. Con unos catorce años era alta, desgarbada, cargada de hombros... ¡Por Dios, era caballona y vulgar! Mis amigas, mucho más guapas que yo, eran más guays, vestían fenomenal y la ropa les sentaba como a las estrellas más glamurosas de las revistas de moda. Yo tenía la talla 40 y estaba asquerosamente gorda y repugnante. No soportaba mirarme al espejo, ir de compras o dormir en casa de mis amigas y que me vieran en ropa interior. No podía tolerar que la gente se fijara en mis enormes michelines o en los bultos que las cinturillas de faldas y vaqueros provocaban en mis carnes blandas. ¡Me daba asco!
Un día, en internet las encontré. Visitando una página de moda topé con Ana y con Mía. Ellas me llevaron de la mano y me recibieron con una enorme sonrisa, sin criticarme, sin tacharme con apelativos ofensivos. Y me explicaron paso por paso qué debía hacer.
Pero había una condición: mis padres no podrían enterarse jamás. Ellos no lo entenderían. Entonces y ahora, siempre me están dando la brasa con que coma, con que me alimente, con que estoy muy delgada... ellos no saben nada de nada, no comprenden que no puedo estar tan obesa.
Ana y Mía me explicaron cómo hacer creer que comía cuando en realidad guardaba cosas en los bolsillos de la ropa que luego tiraba, cómo hacer para vomitar tras una comida que no se puede evitar, cómo tomar laxantes y diuréticos para conseguir perder peso rápidamente. Cómo pasar días enteros tomando sólo agua y zumos sin azúcar.
Miro el calendario de mi ordenador; objetivo: perder 10 kilos en un mes. Así llegaré a cuarenta y cinco. Sí, sí, sé que voy muy despacio, que debería intentar llegar a 40, pero mi madre está muy pesada últimamente y me amenaza con que me va a llevar al médico... ¡¡Qué sabrá ella!!
Aún me cuesta mirarme al espejo, no soporto mi imagen. Llevo algo mejor cuando me subo a la báscula. Consigo ir bajando, aunque a veces me da el ansia y me doy un atracón en la misma puerta de la nevera. No importa: vomitar para mí, no es ya ningún secreto.
Ay, sí, dentro de poco conseguiré mi objetivo. Ana y Mía son mis mejores amigas. Con ellas, gracias a ellas, soy realmente feliz.

------ooo000ooo-----

El problema de la Anorexia y la Bulimia es cada vez más frecuente entre los jóvenes de nuestra sociedad -Ana y Mía es la forma coloquial de referirse a estas patologías; empezaron a ser utilizados por adolescentes con el objetivo de que nadie supiera de qué hablaban-. Antes lo sufrían básicamente las niñas, pero, cada día con más frecuencia, aparecen chicos con estas enfermedades.
El origen del problema: resumido de forma harto simple, es un trastorno de la percepción real del cuerpo; se siente la necesidad patológica de alcanzar un peso imposible, porque ese peso le proporcionará la imagen que cree desear. Imagen que es incompatible, en muchos casos, con la salud y con la vida y que no es la primera vez que se lleva penosamente a una persona a la tumba. Esa obsesión que cada día observamos en el mundo de la moda y de los espectáculos por tener un cuerpo 10, por ser perfecto. Esa obsesión que nos inculcan por alcanzar la belleza, obsesión motivada por un dogma que lleva a pensar que lo feo, o no guapo, es grotesco y repugnante. Esa idea machacona que los modistos nos inculcan en cada pasarela de que las personas delgadas de talla 38 o menos es lo único tolerable y elegante, todo ello, insisto, es lo que facilita el que estas enfermedades estén cada día arrasando más vidas y la salud de personas jóvenes, adolescentes e, incluso, niños.
Yo tengo 43 años, soy adulta, supuestamente madura y centrada y tengo sobrepeso. He de reconocer que me cuesta mucho trabajo no dejarme arrastrar por la promesa de dietas milagro falaces y de productos adelgazantes estúpidos que me prometen hacerme perder cuatro tallas en un mes. Esa obsesión por esconder el michelín, por aligerar nuestros cuerpos para estar bellos, porque lo gordo es horripilante...
En fin.
Si a mí, mujer adulta y madura, me cuesta contenerme y no dejarme arrastrar por esos cantos de sirena, qué no hará un adolescente inmaduro y ansioso por gustar a los demás, por encontrar su sitio.
El único motor que debería impulsarnos a perder peso en personas como yo, con sobrepeso u obesidad, es el objetivo único de estar sano y evitar ciertas enfermedades crónicas. Los gorditos también tenemos nuestro corazón y podemos ser simpáticos y guays, dicharacheros y amigables. A las chicas con sobrepeso también nos puede quedar bien un bikini o un vestido ajustado o unos leggins. El mundo no es sólo de los guapos y perfectos.
O no debería serlo.
Y, por ahora, nada más.


Safe Creative #1009147331397

sábado, 4 de septiembre de 2010

Memoria de mi enfermera XV: "Olvidados"

Me llamo María y tengo cuarenta años. Desde hace quince cuido de mis padres, que sufren diversas manifestaciones de demencia senil. Estudié Derecho y conseguí un buen trabajo en un despacho de abogados, pero cuando mis padres necesitaron de mi ayuda al caer enfermos tuve que solicitar media jornada en la oficina. Aguanté un par de años, pero acabaron por despedirme con escusas manidas. Por supuesto en sus proyectos no encajaba una abogada que cada dos días debía faltar para llevar a uno de sus progenitores al médico o porque uno de ellos estaba enfermo.
Mis padres, Francisco y Pepa, no tienen hermanos. No tengo ningún otro familiar que me ayude a llevar la carga de su cuidado. Les dedico mis veinticuatro horas del día. Por el día debo asearlos y darles de comer. Mi madre tiene un Alzheimer muy avanzado y su rígido cuerpo está cubierto de heridas, úlceras que durante años conseguí evitar haciéndole cambios posturales cada dos horas, incluso por la noche. Pero hace poco estuvo ingresada por una neumonía durante dos semanas y en el hospital no fueron tan escrupulosos ni concienzudos como yo. Su desgastado cuerpo no tardó en acusar las horas de inmovilidad sobre varios puntos de su anatomía y ahora sufre escaras en los talones, en los glúteos y codos. Yo se los curo a diario y cada dos días viene una enfermera a supervisar el cuidado. Cuando llega el momento de cambiar los apósitos mi madre grita de una forma desgarradora y mientras pongo gasas y ungüentos no puedo contener las lágrimas; no soporto que sufra de esa forma. Mi padre sufre una demencia por multiinfartos cerebrales, desencadenados por su mal cuidada diabetes durante años y agravada por una Hipertensión Arterial. Llora constantemente, noche y día. No tiene consuelo. Hace tres años dejó de comer y ahora tiene puesta una sonda de gastrostomía que me permite mantenerlo bien alimentado e hidratado. A veces se la arranca de cuajo erosionándose el estoma de entrada en el abdomen, por lo que los primeros meses hube de sujetarle las manos a la silla o la cama, aterrada porque se hiciera daño. Con el tiempo he aprendido a poner la sonda yo misma, por lo que ya no lo sujeto. Mi corazón se partía en mil pedazos cuando lo escuchaba aullar de rabia mientras agitaba las manos en las muñequeras de venda que le amarraban, intentando soltarse. No podía tenerlo así, por lo que aprendí a poner las sondas yo misma para no tener que llamar a los enfermeros cada dos por tres. También yo le cuido su diabetes, le hago las glucemias y calculo la dosis de insulina. Con lo años se aprende de todo.
Por las mañanas me levanto a las siete y tardo entre tres y cuatro horas en tenerlos aseados, desayunados, levantados y listos para pasar la mañana. Después hago la casa y la comida. A veces mi vecina les echa un ojo mientras voy a comprar, al banco o al médico, pero por lo general la compra la pido por teléfono. Tras la comida les echo un rato la siesta y a las seis está nuevamente levantados. Les leo un libro o los saco a la terraza para que vean a la gente pasar y tomen un poco el sol. Si llueve les pongo una película en el vídeo, pero no puedo sacarlos a la calle. No puedo sacar a los dos al mismo tiempo, dado que los dos van en silla de ruedas.
Tras la cena, los acuesto. Generalmente, a mi madre debo cambiarle los apósitos de las heridas y a ambos les debo asear antes de ponerles un pañal limpio, ya que se hacen sus necesidades encima. Yo ceno con ellos y cuando los acuesto, alrededor de las diez de la noche, caigo rendida en el sofá. Todos los días antes de las once suelo estar en la cama.
No tengo vida social. La persona con la que más hablo es mi vecina, pero mi vida es poco interesante y las conversaciones no suelen durar mucho. He perdido a todos los amigos que un día tuve. Creo que muchos piensan que he cambiado de país o que incluso me he muerto, porque desde hace unos diez años ni ellos saben de mí ni yo de ellos. Al principio me llamaban pero un día el teléfono dejó de sonar, aburridos, supongo, porque siempre me negara a salir. Quizá nunca les expliqué que la cuestión no era que no me apeteciera, sino que tenía que cuidar de mi padres y no podía. No tuve nunca pareja y tampoco he tenido oportunidad de conocer a alguien que tuviera posibilidades de serlo. Estoy enterrada en vida, en mi propia casa.
Vivimos con la pensión que le quedó a mi padre tras cuarenta años como funcionario. Cuando ellos falten, que sé que no falta mucho, no sé qué será de mí. Con mi edad y con mi falta de experiencia no creo que nadie me contrate a no ser que me dedique a trabajar en casas o como cajera.
Solicité una ayuda cuando por fin se aprobó la Ley de la Dependencia, pero tengo la mala suerte de vivir en una comunidad autónoma en la que esta gestión no se lleva a cabo y me veo sola, sin ayuda, sin posibilidad de mejorar. He solicitado una ayuda a mi Ayuntamiento a través de los Servicios Sociales; no pido mucho: alguien que me eche una mano o se quede con mis padres algún día para ir a dar una vuelta o al cine, una vez al mes aunque sea. Pero me lo han denegado porque la pensión de mi padre es generosa, según ellos, y me paso del mínimo.
Mi juventud se ha ido definitivamente. He dejado de mirarme al espejo, porque no reconozco al rostro envejecido que me mira desde el otro lado, con el cabello greñoso y lleno de canas, con ese rictus de tristeza afeando una cara que un día fue atractiva, llena de ilusión y joven. Últimamente tomo pastillas para dormir porque la pena me hacía llorar durante horas y me veía incapaz de conciliar el sueño. Angustia, lo llamó el médico y me recetó las pastillas.
Quiero a mis padres y los querré siempre. Pero muchas veces me pregunto cuando llegará el día en que Dios, ese dios en el que ya no creo, se los lleve con él. A veces, mi madre me mira como si me reconociera. Sólo es cuestión de un segundo o dos, pero me mira con tanta ternura con tanto amor como cuando era ella. Entonces la beso, la beso una y mil veces entre lágrimas de arrepentimiento por haber tenido pensamientos tan egoístas.
Vivo encerrada en la prisión de la vida dependiente de mi padres. Vivo Olvidada.

-----oooo0000oooo-----

Una vez más pongo voz a los que sufren sin que la mayoría de la gente sepa ni siquiera que existen. Esto ocurre con más frecuencia de lo que muchos se piensan. Y es totalmente verdad.
Piénsenlo un instante, sólo un instante... ¿Qué sentirían si uno de ustedes fuera María?
Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1009047238970

lunes, 23 de agosto de 2010

Memoria de mi enfermera XIV: "El Bueno, el Feo y el Malo"

Acaban de darme el alta en el hospital. Mi nombre da igual, podría llamarme José o María o Gerardo, quizá Angustias o Lorenzo... ¡Qué más da! El caso es que he pasado un largo periodo de ingreso en un hospital por una grave enfermedad o quizá para recibir un trasplante o por una grave dolencia cardiaca que ha requerido una intervención quirúrgica. Eso, estoy convencido, da absolutamente lo mismo. Para cada uno de nosotros nuestra dolencia es la importante, la grave, la penosa, la que produce angustia y dolor... sencillamente porque es la nuestra, la que nosotros sufrimos.
Cuando una persona ingresa en un hospital se aúnan en su espíritu dos temores: el temor derivado del propio mal que le aqueja, de su gravedad, de su incierto pronóstico y posibilidades de tratamiento y cura, así como de los medios que se pondrán en marcha para darle solución; si será preciso o no pasar por quirófano, o quizá recibir radioterapia o quimio, esos dos grandes monstruos. Creo que ustedes me entienden. Estas cosas aterrorizan, sobre todo a los que somos profanos en el tema, a los que de medicina no sabemos casi nada, no por falta de capacidad sino de ganas. Porque a pocos les interesa las cuestiones relativas a la salud, hasta que es la propia la que se ve afectada por un grave padecer. Pocos valoran su maravilloso estatus de «sano» hasta que su organismo es atacado por un mal de nombre impronunciable para el común de los mortales.
Otro de los temores que sufrimos cuando ingresamos en un hospital es el relativo a las personas que se ocuparán de cuidarnos, de tratarnos. Supongo que es habitual, y no sólo a mí me pasa, que todos procuramos pensar que el equipo médico que nos atiende es el mejor, el más capaz, el que mas conocimientos tiene, el que más pericia muestra en diagnosticar, en intervenir, en tratar. Que los profesionales de enfermería y los auxiliares que llevan a cabo su labor en nuestra planta son los más capaces, los que mejor saben qué es necesario en cada momento, qué lo más oportuno. Los que mejor detectan en sus inicios cualquier malestar o complicación, lo que de forma más diligente actúan cuando la situación pinta mal. Los más entregados a su labor y a nuestras necesidades. Para ellos debemos de existir sólo nosotros.
Sí, eso es lo que nuestro cerebro busca para convencerse de que estamos en las mejores manos, de que nuestro mal va a ser combatido con las mejores herramientas, con el mejor equipo humano que pueda existir en la Sanidad de nuestro país.
Ingresamos.
Firmamos varios papeles confiando nuestro destino a ese personal, a los recursos de ese hospital
Y rezamos para que nuestra enfermedad tenga posibilidades de ser atajada definitivamente y poder regresar a nuestra casa, a nuestro hogar, a ese lugar del que nunca deberíamos haber salido.
¡Ah, ya sé lo que se están preguntando! ¿Quién es el Bueno, quién es el Feo y quién, el Malo?
¡Claro, claro, es cierto, eso no lo he indicado! Discúlpenme, tengo la cabeza...
  • El Bueno es lo que predomina en nuestros hospitales: un equipo médico y una plantilla de enfermería, auxiliares, técnicos y celadores que trabajan de forma capaz, diligente y científica, de resultas de lo cual nosotros sabemos que hacen lo posible -y, a veces, lo imposible- por tratar nuestro mal, tenga cura o no, el pronóstico sea bueno o no. El Bueno es lo que todos buscamos, lo que queremos, lo que en realidad predomina en nuestros hospitales, lo que caracteriza el trabajo cotidiano de la mayoría de plantas, servicios, unidades y secciones de nuestro centros hospitalarios. El Bueno conforma esa sensación inefable, imposible de describir y muy grata, de que se ha hecho siempre y en todo momento lo mejor para nuestra situación, recuperemos o no la salud, se tenga un final feliz o el resultado haya sido la muerte. Porque a veces las personas van a morir al hospital; entonces la muerte no es un fracaso si no algo esperado, cuyo tránsito se allana muchas veces en las camas de los hospitales, no sólo para los pacientes sino para sus familias, siendo ése el verdadero éxito.
  • El Feo. La Fea, más bien, es la enfermedad. Esa desagradable compañera de viaje que, a veces, nos obliga a tomarle las manos, se empeña en caminar a nuestro lado y se alimenta de nuestra vida, nuestra ilusión, nuestras fuerzas, agostándolas, hundiéndolas. Obligándonos a mirarla a la cara, a afrontar sus facciones, a pasar nuestra vista por sus duros rasgos, por sus arrugas, sus verrugas, su desagradable rostro. Pero sólo, sólo cuando se la mira directamente a los ojos y no se huye su mirada podemos empezar a dominarla. ¿Echarla de nuestro lado, espantarla, apartarla? Sí, quizá es posible, pero se volverá a esconder en un recodo del camino y más pronto o más tarde volverá a acariciar nuestros dedos, los asirá con fuerza para no abandonarnos jamás. Sólo por ella visitamos los hospitales. Ella es la que, por su abrazo agobiante, nos obliga a ponernos en manos ajenas. Y, demasiadas veces, les pedimos a los médicos a los enfermeros, a todos los que allí trabajan, que nos curen. No, no sólo pedimos; muchas veces exigimos que nos vuelvan a llevar al otro lado de la barrera, a la zona de la Salud, aunque eso sea imposible, aunque el resultado sea sólo el fin. Aunque nos hayan explicado que eso no es científicamente posible.
  • El Malo, se lo pueden imaginar, supone esas veces en las que los médicos, los enfermeros, los auxiliares, los celadores, los técnicos... juntos o por separado, no hacen lo correcto para que nuestro mal se cure o para que nuestra situación llegue a buen puerto. Supone esas veces en las que la negligencia de todos o alguno de ellos, añadida a un corporativismo mal entendido fuera de los muros de sus castillos-fortaleza que son las cuatro paredes del hospital, conllevan consecuencias a veces irremediables para nuestra salud. Sí, a la mente de todos acuden, de sopetón, muchos de esos casos, sonados, con gran repercusión mediática, en los que el saber que alguien ha muerto como consecuencia de una mala práctica nos pone la piel de gallina y nos hace rezar en silencio para que nunca nos pase nada así. Esas cosas pasan... y creo que seguirán pasando. El ser humano comete errores aunque se esfuerce con todas sus fuerzas en no equivocarse. Por eso creo que esto siempre seguirá pasando.
Sí, este es el resultado de un duelo mortal entre lo que nos obliga, lo que deseamos y lo que, por desgracia, a veces sucede. En ocasiones gana el Malo, cierto, pero casi siempre gana el Bueno. Hay mucho bueno, mucho. Pero no se ve. Hacer bien el trabajo no es noticia casi nunca. Se da por hecho que esa es la obligación de los que trabajan en los hospitales. Y es verdad. La gente, las personas, entran y salen de los hospitales a diario con un trabajo bien hecho en sus cuerpos, en sus espíritus, en los sobres de sus radiografías, de sus analíticas, resumido en sus informes, en los puntos de sutura de su piel, en el marcapasos que les da una nueva oportunidad de que su vida pueda tener una cierta ¿normalidad? aún con el pesar de estar enfermo.
Sí, casi siempre el resultado es el Bueno.
Pero muchas personas sólo se fijan cuando gana el Malo.
Mi nombre es Auxiliadora o Joaquín, quizá Alberto o Mara... A todos nos gustaría estar siempre sanos. Pero no puede ser, en nuestro camino nos cruzamos con la parte Fea de la vida. Acabo de salir del hospital tras sufrir una grave isquemia cerebral o un fracaso renal, quizá una apendicitis o una diabetes descompensada y todo me ha ido...

----ooo000ooo----

Es una entrada poco lustrosa. Sí. Lo sé.
He hablado por boca de un paciente para que nadie crea que pretendo dirigir a quién lo lea hacia un juicio de valor que me haga afín sus opiniones.
Sé, soy consciente porque trabajo en esto, que muchas personas consideran que no se hace todo lo que se podría hacer. Que los profesionales de la salud nos dejamos llevar por la desidia, por el desinterés, por la rutina y que no nos esforzamos lo suficiente en hacer nuestro trabajo.
Eso pasa a veces, claro que sí. Pero los casos malos son tan pocos con respecto a los miles de casos en los que los profesionales de la salud echan el resto por hacer un buen trabajo, el mejor trabajo, que no es justo que se juzgue la labor de todos por la falta de profesionalidad de unos cuantos.
No soy corporativista. Lo que está mal, está mal, lo haga quien lo haga.
Y yo rompo mi lanza, la mía, por todos los que se esfuerzan cada día por ser mejores, por esos profesionales de la salud que trabajan en turnos imposibles, muchas veces sin medios materiales ni humanos, que estudian durante toda su vida para estar al día, que sonríen a sus pacientes aunque estén al borde de la extenuación, que dedican minutos que no tienen en un agobiante horario a escuchar... y no sólo en hospitales, sino en centros de salud, residencias, ambulatorios, centros de Urgencias, centros de diagnóstico, clínicas.
Rompo mi lanza sólo por ellos. Que son muchísimos. Muchísimos.
Y, por ahora, nada más.

Safe Creative #1008237124642