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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Memorias de mi enfermera I: "No le doy más de dos meses..."

Image courtesy of stockimages at FreeDigitalPhotos.net
Hace muchos años, cuando yo trabajaba en uno de los antiguos consultorios de la seguridad social haciendo recetas —¡qué cosas!— viví una situación parecida a ésta...:
María acompañó a su padre anciano al médico. El anciano, cuyo nombre era Germán, llevaba más de seis meses con una molestia en el pecho, tosía mucho, se ahogaba cuando daba unos pasos...«Eso será del tabaco» comentaba Germán, insistente, machacón, al tiempo que un ataque de tos le hacía restallar el aliento como un látigo y le congestionaba el rostro hasta conferirle a su rostro el mismo aspecto y tono de una granada. María insistió hasta la desesperación y, por fin, el anciano consintió en ir con su hija al médico, más para que se callara de una vez que para otra cosa. Él no estaba en absoluto preocupado.
El médico le observó con ojo crítico y, con elocuentes gestos que decían mucho de su profesionalidad, fue explorando cada palmo de su cuerpo, escuchando cada ruido de su ignoto organismo, palpando cada bulto, cada hueco.
—Hay que hacer unas pruebas—, afirmó el médico al tiempo que rellenaba decenas de papeles con letra ilegible, una especie de sentencia de algo desagradable que estaba por llegar.
Germán soportó estoicamente cada una de las pruebas, simples unas, crueles hasta rozar el maquiavelismo de la Inquisición, otras. Soportó el dolor, la incomodidad, pero lloró como un niño amargas lágrimas de vergüenza cuando le obligaron a quedarse en cueros en presencia de una enfermera joven, «apenas una adolescente —calculó erróneamente el anciano—». La enfermera que le miraba como se mira a los tontos y que le hablaba varios tonos demasiado alto, al considerar en su escala de valoración personal que todos los viejos son sordos; esa enfermera que, además, se tomaba la familiaridad insultante, según Germán, de tutearlo y de llamarle «abuelo».
—Mi nombre es Germán—, se atrevió a murmurar el anciano con un nudo en la garganta.
—Lo sé, lo sé —decía la enfermera con gesto de repente serio—, no te preocupes, abuelo, que aquí no nos solemos equivocar. He anotado tus datos correctamente— Y sin borrar ni un sólo segundo la profesional sonrisa de su bonito rostro, la joven enfermera abandonó con paso, quizá, demasiado brioso la sala de exploración. Siempre escuece que se dude de la infalibilidad del sistema o del profesional.
Fue un conjunto de malas experiencias para el anciano, por ello, a la hora de recoger los resultados, Germán se negó a acompañar a su hija María al médico.
—¡Ve tú sola, hija! No creo que el médico deba hacerme nada más. No hay hueco de mi cuerpo que no hayan observado con un tubo. ¡Hoy no voy! entérate bien y me explicas después.
Armada de paciencia y refunfuñando por lo bajo, María fue a la consulta. Cuando se sentó frente al médico y éste observó con ceñudo gesto los resultados de las pruebas, lo supo todo. Algo iba mal.
—Voy a serle sincero, María —afirmó el médico como si otra cosa fuera posible—. Su padre tiene un tumor muy avanzado con metástasis en otras partes de su cuerpo...
Ya no se podía hacer nada por curar a Germán. Sólo aplicar una serie de medidas destinadas a paliar los efectos del avance inexorable de su cáncer y evitar que sufriera.
María comenzó a llorar desconsolada. El médico, incómodo y con el corazón encogido, osó acercar su mano sobre su escritorio de la consulta y, por un segundo, sólo uno, apretó el brazo de la doliente mujer. Un instante sólo para dar un consuelo que estaba muy lejos de poder proporcionar.
—¿Cuánto le queda, doctor?
—Es difícil de calcular —dijo el médico con su gesto más científico—. No le doy más de dos meses... a lo sumo, tres.
—Le pido una sola cosa —dijo María cuando se sonó los mocos y controló el hipo—: no le diga nada a mi padre. Si él se entera de que tiene... ¡eso!... —nuevos sollozos, más mocos, menos hipo-, ¡se muere, doctor, mi padre se muere! Sea como sea, él no debe de saber nada, ¡nada!
El médico fijó su preocupada mirada en María y con gesto grave, asintió.
A Germán le llevaron a una consulta del hospital para tratarle su mal que fue diagnosticado para él como: malestar de pecho. Pero Germán supo que algo no era correcto cuando entró en una sala donde rezaba "ONCOLOGÍA". Ese mismo día, cuando regresó a casa, buscó una enciclopedia entre los libros de estudiar de sus nietos y en ella buscó el significado de la ostentosa palabra. Cuando entendió lo que significaba lo que realmente padecía, un nudo mortal se le agarró a la garganta impidiéndole respirar.
—Me muero— susurró.
Aún con el libro entre las manos, se sentó en una silla y meditó:
—Mi hija me ha engañado —se dijo—. El médico me ha engañado.
Sin decirle ni una palabra a su hija, en la que ya no confiaba, llamó al centro de salud para pedir cita. Al día siguiente, a primera hora, su médico le recibiría.
Cuando la puerta de la consulta se abrió y Germán entró, el médico se sorprendió cuando éste le espetó:
—¿Es mortal lo que padezco?
—Sí —respondió el médico, algo confundido- quizá sólo le queden unos meses.
—¡Usted y mi hija me han negado el derecho a entender mi mal, a luchar por mis últimos meses de vida, a dejar mis cosas resueltas antes de abandonar esta vida! ¡Usted y mi hija me han tratado como si ya estuviera muerto...!
(todos los personajes son inventados, aunque el caso fue real)
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Hoy día quiero pensar que esta situación ya no se da, quiero creer que a los pacientes se les da el beneficio de la duda de querer o no saber qué mal sufren cuando se trata de una enfermedad terminal.¿Y cómo podría el médico saber se preguntarán algunos de ustedes si Germán quería o no quería saber qué mal le aquejaba? Cierto, no es una situación fácil. Pero lo que no se puede cuestionar nunca es que el médico siempre debe hablar con el paciente, conversar con el paciente, entender al paciente... informar al paciente, no a la familia. Si un paciente es dueño de su mente, de sus actos, de sus decisiones, ningún familiar,, por muy directo que sea puede apoderarse de la información y "filtrarla" a su antojo.
Todos somos mucho más fuertes de lo que creemos cuando nuestra vida está en juego. Nadie tiene el derecho de evitarnos informaciones y decisiones transcendentales para nuestro futuro.
Y, por ahora, nada más.
editado el 9 diciembre 2014

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ayer la conocí...

Sé que ella prefiere que no la nombre, que nadie sepa de su persona. Creo que cuando lea estas palabras que pugnan por salir de mis dedos se sentirá azorada y no sabrá muy bien hacia donde mirar. Pero quiero compartirlo. Pocos sois los que me leéis aún, pero me da igual. Muchos procedéis de donde yo y no tengo la menor duda de que la conocéis.
Ayer tuve el placer de conocer en persona a Mariluz Herrero.
Como yo, como Diego Castro, como otros muchos escritores llenos de ilusión por poder tener voz, por dar a conocer sus escritos aunque las editoriales nos ignoren, Mariluz Herrero publicó en Bubok sus novelas policíacas. Y allí nos conocimos. He de añadir que fue ella la que dio el primer paso, no voy a apropiarme de un mérito que no me corresponde. Empezamos a mensajearnos y la conversación surgió con la mayor naturalidad, como si la conociera de toda la vida. Tenemos orígenes diferentes pero muchas cosas en común.
Entonces decidí leer sus novelas. Empecé por Para Charlie... y terminé por La Burundanga, ambas con un número de descargas, junto a su otra novela, Bajas presiones, que dejan pálido al más optimista de Bubok.
El género por el que se decanta Mariluz Herrero es la novela negra. Con un lenguaje sencillo que engancha desde el principio, Mariluz crea unas tramas creíbles, inquietantes, que te enredan y te hacen participar casi sin darte cuenta, al introducirte en el ambiente más cotidiano que uno se pueda imaginar. Los personajes se sientan en la salita de estar de cualquier casa de cualquier ciudadano y te explican cuales son sus dudas, cuales sus sospechas, sus temores, y te detallan cuales van a ser sus siguientes pasos, mientras comen, toman café y fuman.
Sé que muchos han leído estas novelas como las he leído yo. Y que gusta.
Al leerla conocía sus escritos, conocía su papel como escritora.
Y ayer conocí a Mariluz en persona.
Ella tuvo la deferencia de acercarse a mi ciudad, un viaje en coche de no menos de dos horas y media desde donde vive. Pasamos una estupenda tarde, ella con su marido, un hombre estupendo, simpático, conversador; yo con mi marido y mis hijos pequeños, dos torbellinos difíciles de soportar si uno no está suficientemente entrenado o sedado.
Fue una experiencia estupenda que se me quedó corta, que me supo a poco.
Ahora ya le pongo rostro a esas palabras, a esos simpáticos comentarios, a esas generosas alabanzas a mi sencillo quehacer. Por supuesto, la siguiente visita será la mía a su bonita ciudad.
Quería compartir la maravillosa tarde que pasé ayer en una compañía inmejorable.
Espero que lo limitado de mis palabras hayan sido capaces de emular en vuestra imaginación, aunque sea una escueta idea, de lo que mi espíritu me dicta. Ayer conocí, por fin, a Mariluz Herrero. Y me encantó.
Creo que como escritora Mariluz Herrero tiene mucho que decir, pero eso ya es otra cuestión que espero poder tratar algún otro día en este mi humilde blog con suficiente amplitud... ¡y con su permiso!
Podéis encontrarla con el seudónimo de Irlanda Herrero en:
http://www.librovirtual.org/autor.php?autor=Irlanda%20Herrero
http://irlandaherrero.bubok.com/
Y, por ahora, nada más.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Prescripción Enfermera

Sé que este es un espacio en el que me manifiesto como la escritora que pretendo ser; otra cuestión es si lo consigo. Pero no puedo evitar, ni en verdad lo deseo, el dejar patente un hito en la Historia de la Enfermería que para muchos sonará a hueco por lo desconocido.
La Prescripción Enfermera.
Hasta ahora, en nuestro país, sólo podían prescribir los médicos y los dentistas. Los profesionales de enfermería actuábamos gracias a un semi-vacío legal que posibilitaba que todas las actuaciones que llevábamos a diario en la práctica no supusieran una ilegalidad. Hablo de cosas tan cotidianas como de dar un paracetamol en una fiebre, de administrar una vacuna del tétanos tras curar una herida infectada, de administrar oxígeno a un paciente que se asfixia o, incluso, de aplicar una crema tópica ante una herida por presión, heridas que solemos curar los enfermeros muchas veces en la soledad de una visita domiciliaria, a diario, en un número que se puede contar por millones.
Tras la Ley del Medicamento los enfermeros cometíamos un delito cada vez que llevábamos a cabo todas y cada una de esas actuaciones y cientos más que sería muy cansino detallar en este mi humilde lugar de expresión. Una y otra vez se pretendió por parte de los colegios de Enfermería dar cobertura legal a esta horrible situación, pero muchos médicos -por fortuna no todos, pero sí los que tienen el poder para ello-, lo frenaban una y otra vez, evitando que el Estado generara una ley de acompañamiento adecuada a dicha ley.
La Junta de Andalucía fue de las primeras que se atrevió a entender y reconocer la capacidad legal y formativa que tiene la enfermería española para prescribir... como de hecho lleva haciendo durante décadas. Pero la Medicina le tenía miedo a las palabras y la normativa autonómica fue, parecía que, irremediablemente frenada y la normativa andaluza quedó sin efecto.
Ayer, por fin, el Congreso de los Diputados aprobó, de forma definitiva, la Prescripción Enfermera que da cobertura legal y legalidad a las acciones y tareas que miles de profesionales de enfermería llevan a cabo en España. 342 votos a favor y 1 abstención lo permitieron.
Creo que nos debemos felicitar por ello. Todos. Porque es un gran logro para los Profesionales de Enfermería españoles, esos que son reclamados con frecuencia en otros países como Italia, Reino Unido, Portugal u Holanda por su extraordinaria formación y capacitación.
Como pasa con todo en este país, tienen que venir de otros lugares para que la enfermería sea reconocida en su justa medida, valorada y remunerada como merece... pero eso ya es otro tema, que quizá algún día trataré.
Y, por ahora, nada más.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Quedarse en blanco...

Estar sentado frente a una hoja en blanco. Pensar en qué escribir que sea ingenioso, atractivo, que enganche al lector. Tienes a los personajes expectantes, mirándote de frente, esperando tus instrucciones. Pero no. Ninguna idea coherente o luminosa te llega por los canales de la voluntad y dejas vagar tu mente y pones la radio. Suena un acorde y otro y una hermosa voz desgrana la bella canción.
Te sabes la canción.
La tarareas y cierras los ojos en los acordes finales.
Hermosas palabras las de...
¡Caray! No, no, debo centrarme en mi historia, en mi escrito. Debo llevar a mis personajes por derroteros tales que ningún lector pueda dejar de leer y mis incondicionales -¿yo tengo incondicionales?- se digan con la sorpresa pintada en el rostro: «¡qué razón tiene, yo me suelo sentir así cuando...!»
¡Uy! Serrat, fantástico poeta de voz evocadora, qué bien lo definía... «No hago otra cosa que pensar en ti...» Todo lo que yo diga, todo lo que yo escriba sonará a plagio, a frase leída en otro lugar, a robo de ideas... No, no debo seguir por aquí.
Pero, es que ¡me he quedado en blanco! Miro la hoja virtual que es la pantalla de mi ordenador y no sé qué poner. Dejé a mi personaje mirando a través de la cristalera del hotel, observando un nevado paisaje al tiempo que meditaba detenidamente en cómo decirle a su esposa...
Nada es original. Todo está escrito ya. Puedo seguir mi historia, pero...
¡Me he quedado en blanco!
¿Cuánto tiempo me durará ésto? ¿Existe alguna medicina que me acorte este pesar? Que me digan cuál es que la tomo, la tomo ahora mismo. Aunque la verdad, hablando un poco de todo, no estoy demasiado de acuerdo con el hedonismo de estos tiempos que nos impulsa a tomar drogas, sustancias de variado tipo y origen cuyo fin último es evitarnos cualquier tipo de sufrimiento, cualquier forma de padecer. Yo creo que sufrir no es malo cuando nos permite entendernos a nosotros mismos un poco mejor, cuando permite que midamos nuestras fuerzas y conozcamos cuales son nuestras posibilidades reales...
¡Pero qué estoy diciendo! Ahora estoy sufriendo mi folio en blanco y sufro lo indecible y quiero no sufrir. Quiero que mi personaje se mueva de esa cristalera, regrese junto a su esposa y... ¿y qué?
Lo intentaré, lo haré.
A ver, a ver... Lanzo los dedos por el teclado como una loca, marcando caracteres a la velocidad de la luz, sin importarme que una vez y otra un irritante subrayado rojo me grite que tengo errores, ¡ya los corregiré!
Mi mente fluye, las ideas corren como el agua embalsada de un río de montaña que por fin ha encontrado un resquicio por el que continuar su camino hacia el valle de sus deseos. Los personajes ya no me miran expectantes.
Y la hoja deja de ser blanca.
Sonrío de oreja a oreja, pero no soy consciente de ello.
¿Os ha pasado alguna vez?

El título me ha afectado tanto que he tardado seis días en escribir esta entrada, que aparecía clara y diáfana en mi cabeza pero que no salía, no salía...
Y por ahora nada más.

martes, 15 de diciembre de 2009

"La maldición de la casa sellada"

Me gustaría hablar de alguien que para mí es un contador de historias nato. Quizá, incluso, podría llamarle un cronista, término que utilizo con el más total y absoluto de los respetos.
Se llama Diego Castro Sánchez.
Le conocí en www.Bubok.es, lugar al que acudimos los que deseamos que nuestras obras se publiquen, pero que sabemos que las editoriales no nos quieren. Allí tuve el gusto y el placer de leer sus relatos, ambientados en lugares lejanos, en paisajes a veces exóticos que describe como si los conociera de primera mano. Me gustó desde el principio esa capacidad de contar, de transmitir sensaciones, de hacer creer al lector que se encuentra en esos lugares recónditos, mirando por sus ojos, sintiendo por sus manos.
En su blog nos permite leer por entregas su historia ambientada en la época de los visigodos en la Península Ibérica, "La maldición de la casa sellada". Me recuerda, si se me permite la comparación alejada de cualquier otra connotación que no sea la literaria, a las historias de aventuras que leía de pequeña en los cómics del Capitán Trueno, El guerrero del antifaz... Me parece fabulosa esta serie que nos hace llegar por entregas como las antiguas historias de aventuras, ambientada en una época para algunos fría y oscura, inmersos en luchas por el poder, en aventuras de nobles e infieles, con la religión como transfondo social y cultural. Emoción sin límites.
Os invito a que lo leais y lo disfrutéis.
Tras esta emocionante historia se encuentra un hombre estupendo, simpático y sencillo, humilde, andaluz de pro, que me encanta haber podido conocer... aunque sea de forma virtual. Un escritor, Diego Castro.
Y por ahora nada más.
Podeis leer todo lo que ha escrito hasta ahora en:
http://enriqueviii.obolog.com/maldicion-casa-sellada-346666
http://pelagio.bubok.com/
http://www.librovirtual.org/autor.php?autor=AUT0070

domingo, 13 de diciembre de 2009

Hablan de mí, escriben de mí...

http://plataformaautoresnoveles.blogspot.com/
http://lasorianita24.blogspot.com/2009/12/lola-montalvo.html

Quiero compartir algo que me llena de orgullo. Poco voy a decir porque resultaría en cierto sentido vanidoso. Conocí a una interesante persona en Internet, a Silvia Ochoa. Hizo una referencia a mis escritos y me invitó a participar en un foro de autores noveles. Acepté. Me pidió unos datos sobre mí y mi obra... Hoy encuentro que ha escrito una referencia sobre mí que me llena de emoción, utilizando lo que yo misma escribí.
Gracias.

martes, 1 de diciembre de 2009

1 Navidad, 1 Niño, 1 Libro


http://www.librovirtual.org/librosolidario.php

En este blog me propuse, siempre desde la más absoluta modestia, hablar sobre libros. Ahora os quiero presentar la fantástica idea que, para esta Navidad, ha surgido de www.LibroVirtual.org.
Dentro de una Campaña Solidaria, se ha reunido a decenas de escritores, dibujantes, diseñadores que han puesto su arte al servicio de una buena causa. De forma total y absolutamente altruista, estos artistas -algunos apenas unos niños-, han realizado una creación, relato, poema, dibujo... para conformar este libro; otros profesionales del mundo de la redacción o de la edición han puesto su trabajo a disposición de esta idea solidaria, para que el libro pueda ser una realidad, como ahora lo es. Los beneficios resultado de su venta, difusión o donación serán destinados en su totalidad a una ONG cuya actividad fundamental esté dedicada a los niños.
Creo que es una bella idea.
En muchas partes del mundo hay niños que sufren de forma cotidiana hambre, abusos, violencia, guerras, injusticia... Eso no nos puede dejar en absoluto indiferentes. En unas fechas tan señaladas en las que la gente se desea paz y amor y gasta fortunas comprando regalos que no siempre son bien recibidos, creo que no es mucho pedir que se colabore en esta campaña.
Se trata, en definitiva, de un libro que es una pequeña joya, una obra de arte no sólo por lo que contiene, sino por lo que representa.
Cómpralo, regalalo, recomiéndalo, habla de él. O, si lo prefieres, haz una donación para este fin.
Muchos niños que no tienen nada y dependen de nuestra ayuda, te lo agradecerán.